Sebastian salió de la consulta médica con el corazón contento.
Hacía seis meses que iban de chequeo en chequeo porque Charlotte necesitaba mucha ayuda. No solo estaba excesivamente delgada, sino que nunca había tenido una revisión con el dentista ni con ningún otro profesional de la salud.
Sebastian se había hecho cargo de todo.
Al principio, mientras buscaban familiares de Charlotte, se había ofrecido como hogar de acogida porque era la única persona en quien ella confiaba lo suficiente como para sentirse segura. Pero cuando finalmente le informaron que no había ningún pariente de sangre apto para hacerse cargo de ella, Sebastian había tomado, posiblemente, la decisión más importante de su vida.
Adoptarla.
Lo habló con la trabajadora social, pero también con Charlotte. Y cuando ella sonrió ampliamente al escuchar que podía quedarse a vivir con él, supo que había hecho lo correcto.
Ahora solo estaban a la espera de la sentencia final que permitiría que Charlotte se convirtiera legalmente en una Montgomery. Mientras tanto, ellos dos ya eran padre e hija en todo lo que realmente importaba.
—¿Sabes cómo vamos a celebrar esto? —preguntó Sebastian mientras tomaba su mano.
Charlotte lo miró con expresión esperanzada.
—¿Cómo?
—Con un libro para colorear. ¿No querías uno nuevo?
Charlotte soltó una carcajada.
—¡Sí! Es que el otro ya no tiene más dibujos.
Sebastian asintió con absoluta seriedad.
—Es que pintas mucho. Como una artista.
—Es divertido.
—Eso dicen todos los grandes artistas.
Charlotte volvió a reír.
Sebastian se agachó frente a ella para acomodarle bien la bufanda dentro del abrigo. Después le dio un beso en la mejilla, se puso de pie y volvió a tomarla de la mano.
—¿Quieres caminar un poco?
Charlotte asintió.
—Sí, me gusta caminar. Así veo todo mejor.
Sebastian la miró con una sonrisa antes de echar un vistazo a la calle para asegurarse de que podían cruzar.
Charlotte era curiosa, como cualquier niño de su edad. La diferencia era que había pasado cinco años encerrada en una casa donde apenas le permitían salir unos minutos.
Ahora, en cambio, iba al colegio, salía a pasear y poco a poco empezaba a conocer a su nueva familia.
Por el momento, ya le había presentado a su hermana Florence, a su cuñado Lev y a su sobrina Anya.
Eso había sido un verdadero acierto.
Al principio, Charlotte hablaba poco, pero enfrentarse a una niña tan parlanchina y ocurrente como Anya había resultado ser una terapia de choque bastante efectiva. No había tardado demasiado en soltarse.
También había conocido por videollamada a sus nuevos abuelos. Los padres de Sebastian vivían en Australia, pero pronto viajarían a Inglaterra para conocer (y, con toda seguridad, consentir sin medida) en persona a la nueva princesa de la familia.
Charlotte todavía miraba con cierta desconfianza a quienes no conocía, pero era normal. Sus padres biológicos le habían fallado y recuperar la confianza después de algo así no era cuestión de unas cuantas semanas.
Sebastian lo entendía.
Además, no tenía ninguna intención de apresurarla.
—Papá.
La voz de Charlotte lo sacó de sus pensamientos.
Sebastian la miró de inmediato.
Todavía había algo dentro de él que se derretía cada vez que la escuchaba llamarlo así.
—¿Sí, princesa?
—Si no te enojas, podemos ir a comer sándwich delicioso.
—¿Sándwich delicioso? —repitió él, conteniendo la risa.
Ella asintió con solemnidad.
—Sí, en el lugar que está cerca del parque.
—¿Quién soy yo para decirle que no a mi princesa?
Charlotte sonrió.
Sebastian la levantó en brazos y ella soltó una carcajada mientras se aferraba a su cuello.
—Eres el mejor papá del mundo.
Sebastian sintió que el corazón se le hacía gigante dentro del pecho.
—Y tú eres la mejor hija del mundo.
Siguieron andando así unos minutos más. Sebastian sabía que Charlotte ya tenía edad suficiente para caminar por sí sola, pero a veces simplemente le gustaba cargarla un poco.
La dejó nuevamente en la acera cuando llegaron a la librería.
Charlotte volvió a aferrarse a su mano.
Ella casi nunca lo soltaba y, cuando lo hacía, se aseguraba de poder verlo en todo momento.
Se dirigieron directamente a la sección infantil y Sebastian empezó a mostrarle algunos libros.
—El que tú puedas pagar, papá —dijo Charlotte.