La cafetería a la que Sebastian la había invitado no quedaba lejos, así que fueron a pie.
Apenas él se enteró de que Abigail andaba sin la carreola de Jacob, se ofreció a llevarlo. Ella aceptó porque, para ser sincera, estaba un poco cansada.
Había ido hasta su viejo departamento, que llevaba unas semanas en desuso, para limpiarlo un poco y luego había decidido bajar a comprar algo no muy lejos. Una cosa había llevado a la otra y, cuando quiso darse cuenta, ya había recorrido varias manzanas con Jacob en brazos.
No volvería a hacerlo.
Era una promesa consigo misma.
Era equivalente a ir al supermercado y no tomar un cesto porque “solo voy a llevar unas pocas cosas”. Eso jamás salía bien. Después terminaba haciendo malabares con los brazos llenos y preguntándose en qué momento había tomado una decisión tan cuestionable.
Por suerte, Sebastian parecía haber detectado su cansancio antes de que ella tuviera que admitirlo.
Al entrar en la cafetería, buscaron una mesa. Una mesera se acercó enseguida para ofrecerles una silla para Jacob y, una vez que estuvieron acomodados, les tomó el pedido.
Abigail nunca había ido a aquel lugar, pero ya estaba fascinada.
Le habían ofrecido puré de manzana o banana para Jacob.
Aquello era prácticamente un servicio de lujo para una madre con un bebé.
Cuando la mesera se fue, Abigail miró primero a Sebastian y luego a Charlotte, que había quedado sentada frente a ella.
Era tímida. Abigail era amiga de la hermana de Sebastian y Florence le había comentado ligeramente sobre su situación. No conocía todos los detalles, pero entendía perfectamente que no podía ir de prisa con una niña que estaba atravesando tantos cambios.
Así que decidió acercarse poco a poco.
No esperaba ganársela de inmediato. Solo quería que Charlotte supiera que no tenía nada que temer de ella.
—Me encantan tus coletas, Charlotte —la halagó con dulzura.
Charlotte miró a Sebastian.
Él le obsequió una sonrisa tranquila, animándola a responder.
—¿No le vas a contar quién te las hizo?
Charlotte sonrió.
—Me las hizo mi papá.
Abigail se llevó una mano al pecho.
—Tu papá es muy bueno haciendo peinados.
—Tuvo que desarmar una coleta un montón de veces —comentó Charlotte, mirando a Sebastian de reojo, como si temiera que la regañara.
Sebastian rio, luego se inclinó hacia ella y le besó la sien.
—Pobre Charlie —dijo después, mirando a Abigail—. Es una santa. Se sienta y espera pacientemente a que yo consiga hacerle algo decente en el cabello.
Jacob soltó una carcajada inesperada.
Abigail lo miró cuando comenzó a balbucear. Siempre hacía eso cuando escuchaba conversaciones, como si quisiera participar aunque todavía no tuviera suficientes palabras para hacerlo.
Iba a ser un niño parlanchín.
Probablemente ya lo era. Solo que todavía hablaba un idioma que nadie más conocía.
—¿Qué dice? —preguntó Charlotte, curiosa.
—No sé —confesó Abigail—, pero creo que le caes bien porque quiere conversar contigo.
Charlotte esbozó una sonrisa tímida.
—Es que no le entiendo.
—Hay que enseñarle a hablar —explicó Sebastian—. Por ejemplo, puedes enseñarle a decir tu nombre.
Charlotte abrió ligeramente los ojos y miró a Jacob.
—¿Puedes decir Charlotte?
Jacob balbuceó y la señaló.
Charlotte frunció el ceño.
—No puede —sentenció, preocupada.
Abigail tuvo que contener una sonrisa.
—Le lleva tiempo aprender. Por ejemplo, tuve que repetirle muchas veces “mamá” para que lo dijera.
Charlotte pareció analizar aquello durante unos segundos. Luego volvió a mirar a Jacob.
—¿Puedes decir mamá?
Jacob respondió con otro sonido ininteligible.
—Mamá —dijo Abigail, inclinándose un poco hacia él—. Di mamá.
Jacob pareció librar una pequeña batalla contra su propia lengua.
—Ma-ma.
Charlotte rio entusiasmada.
—¡Qué lindo!
Sebastian también se rio.
—Yo creo que, si le insistes un poco más, va a aprender a decir Charlotte.
Charlotte miró a Abigail.
—¿Me puedo sentar a su lado?
Abigail asintió sin dudarlo.
—Claro. Cambiemos.
Ambas se pusieron de pie y cambiaron de lugar.
Jacob siguió el movimiento con los ojos, muy atento, pero cuando Charlotte comenzó a hablarle pareció olvidarse del resto del mundo.