Una de las partes favoritas de Sebastian de ser papá era la noche.
La parte en la que podía arropar a Charlotte y ajustar tanto el edredón a su cuerpo que apenas pudiera moverse.
—¿Más ajustado? —preguntó.
—Así está bien —respondió ella con una risita.
Sebastian le sonrió.
Quizá era porque había sido testigo de cómo dormía sobre un colchón viejo y delgado en el suelo, sin mucho más que una manta fina. Tal vez por eso disfrutaba tanto de aquel ritual nocturno.
Le había comprado a Charlotte una cama bonita, con un colchón grueso, varios juegos de sábanas para poder cambiarlas con frecuencia y suficientes almohadas mullidas como para construir un pequeño fuerte. Además, tenía un hermoso edredón abrigado y mantas más delgadas para los días menos fríos.
Su habitación ya no era un lugar sucio y descuidado. Ahora era un espacio lleno de color, con estanterías donde había muñecas, juegos y libros, además de una pared cubierta de fotografías que habían tomado durante esos seis meses juntos.
—¿Lista para dormir, princesa?
Charlotte asintió.
—¿Te quieres quedar hasta que me duerma?
—Claro.
Sebastian se sentó al borde de la cama y comenzó a acariciarle el cabello.
—¿Te divertiste hoy?
—Sí —respondió ella después de un bostezo—. Abigail es buena y Jacob es divertido.
Sebastian sonrió.
—Cuando tú tengas ganas, podemos visitarlos.
—¿De verdad?
—Sí. Así podrías enseñarle algunas palabras a Jacob.
Charlotte soltó una risita adormilada. Ya tenía los ojos cerrados.
—Le voy a enseñar mi nombre y luego a pedir agua —murmuró—. Porque aba no es una palabra.
Sebastian rio por lo bajo.
—Eso tendrás que explicárselo a él.
Charlotte ya no respondió.
Sebastian tampoco dijo nada más. Solo continuó acariciándole la cabeza porque había descubierto que aquel gesto la relajaba y, después de unos minutos, siempre terminaba completamente rendida.
Cuando notó que su respiración se había vuelto tranquila y regular, se puso de pie y esperó un momento.
Charlotte no reaccionó.
Sebastian salió de la habitación dejando la puerta abierta.
Al entrar en su propio dormitorio hizo lo mismo.
Todavía no había forma de que pudiera cerrarlas. En ocasiones Charlotte despertaba por culpa de alguna pesadilla y las puertas cerradas parecían desesperarla todavía más.
No estaba preocupado.
Había demasiados avances como para exigirle otros.
Su psicóloga aseguraba que iban por buen camino y Sebastian podía verlo por sí mismo. Charlotte hablaba cada vez más, se había adaptado bien al colegio y su salud mejoraba día a día.
Para él, eso era suficiente.
Encendió el televisor y bajó el volumen. Se había acostumbrado a leer los subtítulos para no hacer demasiado ruido.
Después se metió en la cama y revisó las alarmas en el teléfono.
Como al día siguiente era sábado, Charlotte y él se permitían dormir una hora más.
Una pequeña ventaja de no tener que madrugar para ir al colegio ni al trabajo.
Antes de dejar el teléfono sobre la mesa de noche, buscó a Abigail entre sus contactos.
¿Sería extraño enviarle un mensaje a esa hora?
Probablemente.
Decidió dejarlo para el día siguiente y abrió Instagram en su lugar.
No había pasado ni un minuto cuando apareció una historia de Abigail.
Sebastian entró para verla y sonrió al encontrar una fotografía de Jacob riendo tanto que tenía los ojos casi cerrados.
Reaccionó con un corazón.
Unos segundos después, ella le dio Me gusta a su reacción.
Sebastian miró la pantalla.
Entonces volvió a plantearse hablarle.
Justo en ese momento, como si estuvieran conectados de alguna manera extraña, su nombre apareció en la pantalla.
Abigail: ¿Puedo llamarte?
Sebastian frunció el ceño.
La sola pregunta consiguió preocuparlo, así que la llamó sin pensarlo dos veces.
—Perdón por la hora —dijo ella apenas respondió.
—¿Estás bien?
Abigail soltó un suspiro cansado.
—No. Y ya sé que nos hemos visto un par de veces, pero me siento desbordada.
Sebastian se incorporó y apoyó la espalda contra el respaldo de la cama.
—¿Qué pasa?
—Vino el papá de Jacob y peleamos.