Papá llegó para rescatarme

~4~

Cuando sonó el timbre, Abigail miró a Jacob con una sonrisa.

—Llegaron Charlotte y Sebastian, bebé.

Jacob gateó hacia ella porque ya había aprendido que el timbre significaba visitas. Y las visitas, por lo general, incluían niños, porque todos sus amigos tenían hijos.

Abigail lo levantó en brazos y caminó hasta la entrada.

Al abrir la puerta, divisó a dos personas que parecían haber viajado directamente desde el Polo Norte.

—Pasen. Aquí pueden dejar sus abrigos —señaló el perchero—. La calefacción está encendida. Hace mucho frío, ¿verdad?

Sebastian la saludó con un abrazo ligero y luego le pellizcó suavemente la mejilla a Jacob con su mano todavía enguantada.

—Está helado, pero nos abrigamos bien.

Se quitó el abrigo, los guantes y la bufanda. Después ayudó a Charlotte con sus cosas y tomó a Jacob en brazos, quien parecía desesperado por ir con él.

Abigail lo miró incrédula.

La noche anterior, Jacob había estado bastante arisco con Patrick. En cambio, con Sebastian parecía haber decidido que era la mejor persona del mundo.

Debía ser su sonrisa simpática. O su energía. O quizá simplemente tenía algún extraño poder secreto sobre los bebés.

Abigail todavía estaba intentando resolver el misterio cuando se percató de que Charlotte se había quedado a un costado, quieta y callada.

Despacio, le extendió la mano.

—Hola, Charlie.

Charlotte miró su mano durante unos segundos, pero finalmente la tomó.

—Hola —respondió con timidez.

Abigail le sonrió.

—Un pajarito me contó que te gusta mucho el chocolate caliente.

Charlotte la miró con un poco más de interés.

—Sí, me gusta.

—Qué suerte, porque preparé un poco —le guiñó un ojo—. También hice galletas con chispas de chocolate.

—Esas también me gustan —soltó una risita y se acercó un poco más a ella.

Abigail sintió que acababa de ganar un poquito de su confianza.

El chocolate, al parecer, era un excelente negociador.

—¿Quieres ayudarme a servirlas? —preguntó con dulzura.

Charlotte miró a Sebastian como si necesitara su aprobación.

—Ve, princesa —la animó él—. Yo me quedo aquí cuidando a este pícaro.

Jacob soltó una carcajada traviesa desde sus brazos.

Abigail sonrió cuando Charlotte se acercó a ella y ambas emprendieron el camino hacia la cocina.

—Mira, aquí hay una bandeja llena de galletas. ¿Crees que puedas llevarla? Yo llevaré el chocolate.

Charlotte la miró con seguridad.

—Sí puedo.

—Excelente. Entonces vamos.

Caminaron juntas hacia la sala y dejaron la bandeja de galletas junto a la taza de chocolate caliente sobre la mesa de centro.

Sebastian había ubicado a Jacob sobre sus pies, de modo que cada vez que caminaba, lo hacían juntos. Jacob reía mientras Sebastian lo sostenía de las manos y avanzaba con exagerado cuidado.

Abigail observó la escena con una sonrisa antes de mirar a Charlotte.

—¿Me ayudas con el resto?

—Sí.

Charlotte volvió a tomarle la mano.

Abigail sintió que iba a derretirse de ternura si, a partir de ese momento, decidía tomarla de la mano para todo.

Juntas llevaron el té, la leche, el azúcar, las tazas, las cucharas y unas rodajas del budín de manzana que Abigail también había preparado.

Cuando todos estuvieron acomodándose, Abigail añadió a la mesa unas hojas y varios lápices de colores.

—Charlotte, cualquier cosa que necesites, puedes pedírmelo —le dijo cuando se sentó.

Charlotte sonrió mientras se acomodaba sobre el cojín que le había preparado para el suelo.

—Estoy bien así.

—Me alegra escuchar eso —sonrió y luego miró a Sebastian—. Tú también puedes pedir lo que sea.

—¿Más? —preguntó él, mirando la mesa con una expresión divertida—. Estoy seguro de que te pasaste toda la mañana horneando.

Abigail miró a los niños para comprobar que ya estuvieran entretenidos. Charlotte parecía estar explicándole a Jacob los nombres de los colores, así que se inclinó hacia Sebastian y bajó la voz.

—Cocino cuando necesito relajarme.

Él asintió como si aquello tuviera todo el sentido del mundo.

Antes de que Abigail pudiera servir el té, Sebastian tomó la iniciativa.

—¿Cómo te gusta?

Abigail parpadeó.

—Con un chorrito de leche y sin azúcar.

Sebastian se lo sirvió exactamente como se lo había pedido.




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