Al día siguiente, Abigail se sorprendió al recibir una invitación de Sebastian para ir al parque.
Obviamente aceptó. El día estaba apenas soleado, pero, teniendo en cuenta el clima habitual, aquello podía considerarse una victoria.
Así que alistó a Jacob y lo dejó en la cama mientras ella terminaba de arreglarse. Cuando estuvo lista, comenzó a revisar el bolso.
Pañales, toallitas húmedas, biberón y toda la artillería necesaria para salir con un bebé.
Abigail suspiró al contemplar todo aquello.
—Necesitamos un auto, bebé —dijo mirándolo—. Cada vez que salimos parece que nos mudamos.
Jacob le regaló una sonrisa que la derritió al instante.
Abigail cerró el bolso, se acercó a él y lo alzó en brazos.
—Qué sonrisa más hermosa tienes —le besó la mejilla y él rio—. ¿Vamos a pasear?
Jacob balbuceó algo que ella decidió interpretar como un “sí”.
—¡Vas a ver a Charlie! —lo animó—. Y a Sebastian también.
Jacob volvió a hablar en su propio idioma y Abigail rio.
Cuando se divorció, él apenas tenía unos meses de vida y ella estaba asustada.
Habían sido días terriblemente oscuros, en los que la única luz brillante que le daba fuerzas para seguir era Jacob. Gracias a él se había levantado de la cama todos los días y había superado poco a poco la tristeza.
Ahora, lo divertido era que Jacob hablaba.
Todavía no se le entendía demasiado, pero insistía en responder cada vez que ella le comentaba algo, y eso la hacía todavía más feliz porque la casa había empezado a cobrar vida.
Abigail era partidaria de que un hogar debía ser un poco escandaloso.
Y, con un bebé aprendiendo a hablar, estaba consiguiendo exactamente eso.
Se colgó el bolso de un hombro, metió el teléfono en el bolsillo trasero del pantalón y comenzó a bajar las escaleras.
Cuando iba a mitad del camino, sonó el timbre.
—Ya llegaron —le dijo a Jacob con una sonrisa.
Él también sonrió, como si hubiese entendido perfectamente.
Abigail caminó hasta la puerta y la abrió.
Sebastian y Charlotte estaban allí, tomados de la mano y sonriendo.
—Buenas tardes —saludó él—. ¿A dónde van tan bonitos ustedes dos?
Abigail rio.
—Nos han invitado a una cita por el parque —luego extendió la mano hacia Charlotte—. Hola, princesa. Me encanta tu bufanda.
Charlotte sonrió y, para su sorpresa, en lugar de tomarle la mano, se lanzó a abrazarla.
A Abigail se le encogió el corazón.
Se agachó un poco para corresponder al abrazo, aunque no resultó precisamente sencillo con Jacob en un brazo y el bolso en el otro.
—Me la regaló la tía Florence —explicó Charlotte.
—Qué increíble. Voy a tener que preguntarle dónde la compró, porque ahora necesito una igual.
Charlotte soltó una risita y luego agitó la mano hacia Jacob.
—¡Hola!
—¡Oa! —respondió él.
—¡Sí pudiste! —celebró Charlotte—. ¡Dijiste hola!
Abigail los miró divertida.
—Déjame llevar el bolso —dijo Sebastian de pronto.
—No es necesario.
—Lo es, a menos que quieras conseguir un dolor de espalda de los buenos.
Abigail terminó cediendo entre risas.
—¿Y a ti no te va a doler la espalda después?
—No. Cargo cosas más pesadas.
Abigail lo miró con interés, pero antes de que pudiera preguntar qué clase de cosas pesadas cargaba, Charlotte intervino.
—Mi papá tiene mucha fuerza porque hace ejercicio todos los días.
—¿Sí? —preguntó Abigail.
Charlotte asintió.
—Sí. Se cuelga de un palo en la pared y sube y baja —explicó con entusiasmo—. Yo siempre le hago compañía, pero no puedo tocar nada porque soy pequeña y me puedo lastimar.
Abigail tuvo que contener una sonrisa.
—Qué increíble que es tu papá.
—Es el mejor.
Sebastian se aclaró la garganta suavemente y miró a Jacob.
—Hola, amiguito —abrió los brazos—. ¿Dejamos que tu mamá busque la carriola?
Jacob no lo dudó. Se fue con él enseguida.
Abigail negó con la cabeza, divertida.
Aquel niño tenía muy claros sus afectos.
—¿Podemos poner en el auto el asiento para él? —preguntó.
—Sí, claro. Lleva todo lo que creas necesario.
Abigail asintió.
—Bien, no tardo.
—Yo voy a dejar el bolso en el auto —dijo Sebastian—. Princesa, ¿te quedas con Abigail?