Unos meses atrás, era probable que Sebastian se hubiese acostado sin cenar después de un domingo tan ajetreado.
Solo se habría asegurado de desayunar algo contundente al día siguiente y listo. Pero ahora no podía saltarse comidas.
Charlotte no podía hacerlo y él tampoco quería que lo hiciera, sobre todo cuando una de las metas que tenían era que siguiera recuperando peso.
Así que, después de llevar a Abigail y a Jacob a casa, Sebastian y Charlotte regresaron a la suya dónde ya estaba salteando unos vegetales que pondría sobre arroz.
Simple, saludable y delicioso.
Era una receta que alguno de sus primos había encontrado en internet y que había compartido con el resto. Sebastian e incluso su hermana la habían adoptado rápidamente después de convertirse en padres.
Florence tampoco llevaba siendo madre tanto tiempo. Aunque, un año después, podía decirse con toda seguridad que lo hacía excelente.
—¡Princesa! —llamó Sebastian mientras buscaba los platos.
Pasaron unos segundos y Charlotte apareció en la puerta de la cocina, frotándose los ojos.
—Creo que me dormí.
Sebastian no pudo evitar reír. Se acercó a ella, la abrazó y le besó la cabeza.
—Ya vamos a cenar.
Ella asintió con pereza.
—Tengo hambre.
—Excelente. Entonces ve a lavarte las manos y siéntate a la mesa.
Charlotte volvió a asentir, bostezó y se marchó.
Esas eran secuelas de un paseo divertido.
Sebastian sonrió.
¿Cómo estaría Abigail?
Habían hecho una buena caminata después de pasar un rato en los juegos. Jacob probablemente estaba mucho mejor que ellos porque se habían asegurado de sacar la carriola del maletero antes de empezar a andar y, en algún momento, lo habían visto plácidamente dormido.
Sebastian llevó todo a la mesa: los dos platos con comida, dos vasos, una botella de agua, servilletas y cubiertos.
Cuando estaba terminando, Charlotte ya estaba sentándose a la mesa, mirando la cena con curiosidad.
—¿Qué es?
—Arroz con vegetales —explicó—. Ah, y a último momento le puse un poco de la carne asada que sobró del mediodía.
Charlotte lo miró, le sonrió y, sin ninguna clase de reclamo, probó la comida.
Sebastian sabía que no iba a quejarse.
Jamás lo hacía.
Le había llevado al menos un mes descubrir que no le gustaba el pepino. Nada grave, pero ella lo había ocultado porque, lógicamente, no había querido que él se enojara.
Era algo comprensible en una niña que había crecido rodeada de situaciones violentas y había aprendido a evitar cualquier conflicto.
Porque en un hogar como aquel, quejarse de un poco de pepino podía ser suficiente para desatar una pelea.
—¿Te gusta? —preguntó Sebastian.
Charlotte asintió. Luego tragó y respondió:
—Tú siempre me das comida buena.
Sebastian sonrió y sirvió agua para ambos antes de empezar a comer.
—Si algo no te gusta, puedes apartarlo en el plato.
Charlotte negó con absoluta seguridad.
—No. Aquí todo me gusta.
Comió un poco más.
Sebastian la observó durante un momento.
Moría de ganas de que pronto llevara su apellido, pero sabía que podían pasar unos cuantos meses más antes de que finalmente fueran reconocidos legalmente como padre e hija.
—¿Te gustó el paseo de hoy?
Los ojos de Charlotte se iluminaron.
—¡Sí! Abigail me cae muy bien.
Sebastian sonrió.
—¿Muy?
—Muy mucho —soltó una risita antes de llenarse la boca de comida.
Sebastian también rio.
—Qué bueno, porque he estado pensando que deberías empezar a conocer a más personas.
Charlotte se puso ligeramente más seria.
—¿Por qué?
—Porque pronto será Navidad y me encantaría que pudieras conocer a mis primos y a sus hijos —explicó.
También estaban sus tíos, por supuesto, pero sus primos llevaban ventaja por tener niños que seguramente harían más sencilla la adaptación de Charlotte.
—¿Y si no me quieren?
Sebastian dejó el tenedor por un momento.
—Sería imposible, porque es muy fácil quererte. Yo te amo.
Charlotte esbozó una sonrisa amplia.
—Yo también.
Sebastian le devolvió la sonrisa.
—Mi familia es grande y ruidosa, pero es porque tienen mucho amor para dar.
—¿Qué tan grande?