Abigail salió del trabajo a la hora del almuerzo. Sorprendentemente, Patrick se había comunicado con ella para comer juntos y, de paso, pasar un rato con Jacob.
No era exactamente la clase de encuentro que ella imaginaba entre un padre y su hijo, pero al menos era algo.
Así que caminó hasta el restaurante.
Patrick había asegurado que no podía ir a buscarla. No le molestaba caminar, pero esos pequeños detalles le importaban.
Si ella tuviera un auto y él no, pasaría a buscarlo sin problemas si estuviera con Jacob. No querría que su hijo pasara frío caminando por la calle.
Pero, en fin, Patrick no pensaba en esas cosas.
En realidad, Abigail empezaba a sospechar que no pensaba en demasiadas cosas que no tuvieran relación con él mismo.
Después del divorcio, había comenzado a ver cosas que antes no había podido o no había querido ver. Patrick solo tenía en mente el dinero. Los negocios eran su vida y siempre habían estado por delante de ella y de Jacob.
Cuando llegó al restaurante, se sentó en una mesa y esperó unos diez minutos hasta que Patrick apareció.
Abigail lo observó mientras tomaba asiento frente a ella.
¿En qué momento había estado tan enamorada de él?
Ahora lo miraba y no sentía absolutamente nada.
—Hola —saludó Patrick sin despegar la vista del teléfono—. ¿Ya ordenaste?
—Hola, Patrick.
Abigail esperó a que la mirara, aunque aquello no sucedió.
—No, todavía no ordené.
Finalmente, Patrick dejó el teléfono sobre la mesa y dirigió la mirada hacia Jacob.
—Hola, bebé —le tomó una mano y la estrechó suavemente.
Jacob lo observó con atención, aunque no le regaló ninguna de sus espléndidas sonrisas.
—Ayer salimos a pasear —comentó Abigail, intentando sacar conversación.
Patrick la miró brevemente y asintió, como si el dato fuera completamente irrelevante. Luego tomó el menú, lo observó durante unos cinco segundos y levantó la mano para llamar a una mesera.
Abigail miró rápidamente las opciones y optó por pasta.
Después de que la mesera se marchara con sus pedidos, Patrick volvió a mirarla.
—Deberías comer mejor.
Abigail frunció ligeramente el ceño.
—¿A qué te refieres?
—No has perdido el peso que ganaste durante el embarazo.
Abigail abrió ligeramente la boca y volvió a cerrarla.
Aquello la había tomado completamente desprevenida.
—No te lo había querido decir antes, pero creo que después de un año es momento de que vayas poniéndote en forma —continuó Patrick—. Lo digo porque me preocupa tu salud.
—Mi salud está muy bien —replicó ella—. Mi cuerpo cambió, sí. Pero ya no tengo veinte años y tuve un hijo.
—Está bien, no te enojes.
Patrick levantó ambas manos en un gesto apaciguador.
—Piensa en algún deporte, al menos. Yo comencé a ir al gimnasio.
Abigail levantó ambas cejas.
—Qué bueno. Podría considerarlo, pero tengo un bebé que cuidar.
—Contrata una niñera —dijo él, encogiéndose de hombros—. Te doy suficiente dinero.
—Ya sabes que preferiría contratar una cuando ya no pueda llevarlo al trabajo —le recordó—. Creo que será pronto, porque empieza a ser más inquieto y no voy a poder concentrarme si estoy pendiente de que no se lastime.
—Entonces empieza a buscar.
Abigail pensó durante un segundo en pedirle que se hiciera cargo de encontrar una niñera, pero algo en su interior le dijo que no iba a ser capaz de escoger a la adecuada.
—Tú podrías llevarlo al trabajo contigo —sugirió—. Dos veces por semana, por ejemplo. Así se verían a menudo.
—No puedo estar pendiente de él, si le pasa algo, te enojarás conmigo.
Abigail lo miró incrédula.
—Yo trabajo y estoy pendiente de él, Patrick —le hizo ver, como si aquello no fuera lo más evidente del mundo—. Creo que no me estás ayudando como prometiste.
—Yo te ofrecí quedarte en casa, pero tú quisiste ir a trabajar.
—Porque ese no era el acuerdo —le recordó—. El trato era que yo iba a seguir trabajando después de ser madre porque ambos íbamos a cuidar de Jacob. Ya sabes que siempre me gustó tener mi independencia económica.
Patrick se encogió de hombros.
—Lo hubieses pensado mejor antes de ser madre.
—Ambos tomamos la decisión.
—Sí, y luego te volviste insoportable en el proceso —reclamó con descaro—. Y terminamos divorciados.
—¿Insoportable?
—Sí. Estabas de mal humor, triste, te volviste fría...
Abigail lo miró fijamente.