Puntualmente, Sebastian y Charlotte pasaron por su casa para recogerla a ella y a Jacob.
Abigail, por supuesto, agradeció el gesto. No cualquiera se tomaba tantas molestias.
Patrick, por ejemplo, no lo hacía.
Para colmo, cuando entró en la casa, descubrió que Sebastian había preparado un pequeño espacio frente al televisor, rodeado de muchos almohadones y mantas mullidas, para que Jacob estuviera cómodo y seguro.
—Charlotte quiere ver una película con Jacob y se nos ocurrió hacer esto —explicó él.
Abigail sonrió.
—Creo que le gusta.
No es que su hijo se hubiese hecho de rogar. Apenas le quitó el abrigo, salió gateando hasta llegar a su lugar asignado.
—Vamos a ver La Sirenita —dijo Charlotte con una sonrisa—. Así papá y tú pueden cocinar.
—Excelente —respondió Abigail—. Si Jacob se pone inquieto y quiere irse a otra parte, me llamas. ¿De acuerdo?
Charlotte asintió obedientemente.
—De acuerdo.
Abigail le sonrió y se agachó, abriendo los brazos. Charlotte se lanzó hacia ella con una risita.
Su relación había avanzado tan rápido que los abrazos se habían vuelto completamente normales en cuestión de dos días.
—No nos habíamos podido saludar bien.
—Es que es difícil en el auto —respondió Charlotte.
Abigail asintió con absoluta seriedad.
—Mucho.
—La película está por comenzar —anunció Sebastian con el control remoto en la mano.
—¿Me ayudas con mis zapatillas? —preguntó Charlotte.
—Claro.
Abigail la ayudó a quitarse las zapatillas mientras Sebastian apagaba la luz y encendía solo una lámpara.
Cuando Charlotte se acomodó, Abigail se aseguró de que Jacob quedara a su lado. No tuvo que hacer demasiado esfuerzo; pronto quedó hipnotizado por los movimientos en el televisor.
Mentiría si dijera que no estaba tentada a quedarse con ellos. El ambiente era demasiado acogedor. Sin embargo, siguió a Sebastian hasta la cocina porque quería ayudarlo.
—Puedes quedarte con ellos —dijo él, como si le hubiese leído la mente.
—No, descuida —negó con la cabeza—. ¿En qué te ayudo?
—En nada. Solo siéntate y cuéntame qué tal tu día —señaló una silla estratégicamente ubicada.
—¿De verdad?
—Sí. Tú nos recibiste a Charlie y a mí en tu casa con todas las atenciones y ahora haré lo mismo —respondió con naturalidad.
Abigail sonrió y tomó asiento.
—Qué considerado.
Sebastian le devolvió la sonrisa y luego comenzó a condimentar un trozo de carne.
—Haré pollo y vegetales hervidos para Jacob —explicó—. Con los vegetales le haré un puré. ¿Te parece bien?
—Sí, claro —asintió de inmediato—. Si quieres, yo puedo cocinarle a él.
—Quieta ahí —la señaló con el salero en la mano.
Abigail levantó las manos y empezó a reír.
—Está bien.
Sebastian sonrió, satisfecho.
—Para nosotros y Charlotte haré carne asada con papas rústicas. ¿Te gusta?
—Sí. No me esperaba tanta variedad en el menú —admitió con una sonrisa cómplice.
Sebastian levantó el mentón, orgulloso.
—Y eso que aún no viste el postre.
—Me siento en un restaurante de primera —bromeó—. ¿Te gusta cocinar?
—Sí. Mi problema a la hora de cocinar es pensar qué hacer. Luego lo disfruto.
—Es difícil pensar algo distinto cada día —concedió—. Cuando crecí entendí por qué mi abuela a menudo cocinaba las mismas recetas.
Sebastian levantó la mirada un momento y, tras unos segundos de titubeo, preguntó:
—¿Puedo saber qué le pasó?
—La verdad es que fue un poco la edad —respondió—. Pescó una neumonía que superó, pero después de eso no volvió a ser la misma. Obviamente, yo me aseguraba de llevarla a todos los chequeos necesarios y compraba cada medicina que necesitaba. Fueron varios años así, con altas y bajas, hasta que volvió a enfermar. Neumonía otra vez, y no pudo salir de ella.
Sebastian la observó con tristeza, como si de verdad pudiera ponerse en su lugar.
—No llegó a conocer a Jacob.
—No, falleció cuando yo estaba embarazada —sonrió a medias—. Creo que se fue cuando estuvo segura de que yo iba a poder salir adelante. Porque, sin Jacob en camino, creo que me habría lanzado a la cama y quién sabe qué habría sido de mí.
Sebastian le regaló una sonrisa tierna.
—Yo también lo creo.
—Aunque seguro no contaba con el hecho de que Patrick me iba a pedir el divorcio poco después —hizo una mueca incómoda.