Paraíso Podrido

Prólogo

Terra Nova, la ciudad de los humanos. La gran metrópolis en medio del desierto de Vitanovus. El gran trozo gris de concreto con altos edificios que puede apreciarse desde largas distancias, incluso, a veces, fuera del mismo desierto.

El nuevo hogar de los humanos, lejos de ser lo mejor para ellos, parece ser una prisión bien pensada por las bestias sagradas. Es un lugar de tonos muertos, calles frías, solitarias e inseguras, listas para devorar a aquellos a quienes acoge. Nadie en la ciudad se encuentra por completo a salvo, no sólo de los terrores que puede ocultar el mundo, sino también de la misma humanidad, que parece tener una fascinación por el auto consumirse, el predarse tanto como pueda.

El peor enemigo de un ser humano, siempre ha sido, y nunca dejará de ser, otro de su misma especie, otro homo sapiens.

El invierno se hace sentir ya en las largas avenidas del lugar; el viento helado golpea fuerte las esquinas, inunda los pasillos y callejones, arrastra a cualquier despojo de calor que se halle andando en medio del mar sólido y grisáceo; los humanos parecen tener un toque de queda involuntario, predicho, hablado y hecho rumor entre la gente. Por ello, nadie parece estar a cierta hora en la calle, sólo quienes lo necesitan o los que buscan hacer algo peligroso. Con el frío, esto es todavía más raro de ver, a un humano andando por las heladas aceras solitarias de la ciudad.

Un hombre de unos veintitantos años transitaba por las oscuras calles, con ambas manos dentro de los bolsillos de su pantalón, cuyo semblante demostraba lo mucho que sufría por el viento y por su falta de prendas para cubrir el terrible clima que le apretaba la piel y le robaba el calor.

–¡Buenas noches! –gritaba el hombre enfrente de un edificio de la zona Oceanía del reino humano. Aquí la mayoría de los rascacielos tienen recepción, por lo que la luz de estos está encendida a todas horas y hay gente que puede salir a verte si llamas a la puerta por si no tienes llave de la estructura.

–¿Sí, dígame? –dijo un hombre al salir de la recepción, bastante abrigado.

–Perdone que le moleste, pero estoy pidiendo una ayuda para mi esposa… Está enferma y necesita tratamiento. ¿Podría darme lo que tenga a la mano? Si no, ¿podría correr la voz en el edificio, a ver si hay almas gentiles que puedan ayudarme? –explicó el desconocido, cosa que provocó al guardia torcer la boca de desagrado y lastima.

–Lo siento, pero dudo que alguien vaya a bajar y yo no tengo nada conmigo. Una disculpa.

–No se preocupe. Muchas gracias. –Una vez dicho eso, el hombre bajó las escaleras del edificio y pasó al siguiente, repetida la acción para probar suerte.

Pronto, un joven que iba corriendo llegaría hasta un edificio sin recepción, cuyos pasos alarmaron al sujeto que estaba pidiendo dinero.

–¡Ay! ¡Me asustaste! ¡Ja, ja, ja! –confesó el desconocido al ver que se trataba de un muchacho de unos dieciséis años que estaba llegando a casa.

–¡Perdone! No fue mi intención. Buenas noches –mencionó el chico y procedió a abrir la puerta del edificio.

–¡Disculpa! Perdona que te moleste, pero, ¿no tendrás alguna ayuda que puedas darme? Mi esposa está enferma y no tenemos para sus medicamentos.

–¡Oh! Puede ser que tenga algo en mi departamento. Déjeme ir a buscar. –En ese momento, el chico se dio cuenta que el hombre llevaba poca ropa que le cubriera el frío, así como la incomodidad de éste al estar expuesto a la intemperie. –¿No gusta pasar dentro? Hace mucho frío –propuso el joven, a lo que el mayor sonrió nervioso, vio el oscuro pasillo detrás de la puerta y se negó.

–No, está bien. Gracias, aquí espero.

–¿Seguro?

–Sí, está bien.

–Al menos puedo ofrecerle un vaso de agua, si quiere.

–Sí, agua estaría bien. Gracias –El chico cerró la puerta detrás, caminó hasta su hogar que estaba por fortuna en el primer piso y sirvió en un vaso de plástico un poco de agua del grifo, a la vez que tomaba doce monedas de Terra Nova u «oros» como algunos los llamaban y los llevaba junto con el líquido hasta el portón de la estructura, en donde todavía estaba el sujeto.

–Aquí tiene. Es lo que pude encontrar. Y su agua. –El desconocido tomó el dinero y el vaso, bebió parte del contenido y de repente pareció ponerse muy serio, a lo que se acercó al joven, no sin antes mirar a los lados–. ¿Seguro que no quiere pasar? Está feo el clima.

–Ya sé que intentas hacer –dijo en voz baja el hombre, amenazante–. No andes haciendo eso. Yo te estoy pidiendo una ayuda, ¡eh! Yo soy un comandante de las fuerzas especiales de MoA. Los inquisidores rojos, andan aquí cerca varios escuadrones, vigilando. Puedo hacer que vengan aquí y te agarren a palos si quiero, pero da gracias al Creador que no lo haré, que tienes un día más de vida.

–Y-yo, perdón, es que hace frío… Gracias, Creador. Sólo trataba de ser amable, perdón –consiguió decir el chico con su corazón acelerado por el creciente miedo que el tipo le ocasionó.

–No vuelvas a hacer eso. Quería una ayuda, nada más. Si vuelves a hacer pendejadas no la vas a contar. –En ese momento, el sujeto regresó el vaso y el chico lo tomó, asustado, procedido por el hombre a retirarse sin mirar atrás, a la par que el joven cerraba la puerta con candado y se iba a su hogar a hacer lo mismo en su entrada.

Aquel humano vio el dinero que le dieron y chistó, para luego ir hacia el siguiente edificio, aunque una voz lo detuvo.

–¿Qué pasa, «comandante»? –preguntó una voz femenina desde uno de los callejones cercanos–. ¿Acaso MoA ya no da seguros de vida a sus filas altas? ¿Qué rango hay que tener para que hagan que su esposa imaginaria sane? –La mujer salió del callejón, revelada ante el sujeto, quien la vio con deseo y le sonrió.

–No te burles, preciosa. No es mentira. Soy un comandante de los inquisidores rojos.

–Eso es lo interesante –mencionó la mujer con una oscura sonrisa–. A pesar de tus mentiras, conoces a los inquisidores. Algo debes saber y me muero por que me lo cantes, imbécil.




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