Paraíso Podrido

Quinto Intento: Acorralado

–¡Espera! ¿Por qué siempre parece que tienes prisa? –preguntó Declan al ver que su amigo lo dejaba solo en el pórtico del edificio.

–Tienes trabajo y yo debo organizar unas cosas. No deberíamos distraernos más –respondió Joseph, un poco serio.

–¡Ja! No me digas. Tengo información sobre la Princesa. –Aquello hizo que el hombre de gorra abriera los ojos de par en par, impresionado.

–¿Qué? ¿Cuándo? ¿Cómo? ¿Por qué?

–Tranquilo. Son rumores, para empezar. Pero creo que tú más que nadie sabe que la Princesa siempre está presente cuando son sólo «rumores».

–Nunca cuando está confirmado. Lo sé –replica el mayor ante la declaración.

–Dicen que vendrá a un antro a divertirse. Mañana, de hecho.

–¿Sólo eso? ¿Nada de negocios o algo?

–No, vendrá sola como siempre. Ya sabemos que no necesita a los demás Cinq bandits para pasar desapercibida. Además, se dice que está muy aburrida porque no ha pasado nada interesante en los siete reinos en los últimos meses.

–¿En que siete reinos ha estado metida? –reprochó Joseph un tanto molesto por ese comentario–. ¿Me ayudas a investigar?

–¡Por supuesto! ¡Imagínate que la encontremos! ¡Ser los que revelemos quién es la Princesa! ¡Seríamos unas leyendas! –contestó Declan, emocionado.

–Sí, sí. ¡Tranquilo! Te veo aquí mañana a las diez. ¿Qué te parece?

–Está bien. Recuerda que descanso al día siguiente y regresaremos a ver los archivos de la época de antes del tercer juicio.

–Sí, lo sé. No se me olvida. No voy a beber una sola cerveza.

–¡Muy bien! Es un trato –extendió Declan su mano y ésta fue tomada por Joseph, cerrado el acuerdo entre ambos humanos.

Joseph, emocionado, subió hasta su hogar y comenzó a acomodar sus cosas. Limpiar le despejaba la mente, le ayudaba a pensar mejor en qué debía hacer para conseguir sus objetivos de manera eficiente.

Él sabía que la Princesa era un asunto mayor entre los siete reinos. Conseguir su identidad no sólo le ganaría el favor de Terra Nova, sino de todos, incluida la Elite de fuego, pues ni siquiera Anne y Kotaru, quienes eran los mejores espías de la organización, consiguieron saber la apariencia de la Princesa. Sólo Anne logró hallar la guarida de los Cinq bandits, nada más.

La casa del moreno estaba impecable, y él mismo se notaba animado por lo que sucedería en unas horas, puesto ya era el día en el cual la Princesa aparecería en Terra Nova, en la zona «rosa» de la ciudad.

El de gorra, vestido con unas prendas un poco más acordes a la ocasión, salió de casa hasta el pórtico de su edificio, en donde se encontró a un Declan vestido con botines, una playera de red negra, con un chaleco por encima, junto a unos skinny jeans rotos y varios collares que lo hacían ver muy apuesto.

–¿Listo para la fiesta? –preguntó Joseph al ver a su cómplice.

–Nací listo, mi buen amigo. ¡Hacia D’vine! –Fue entonces que el moreno se detuvo, extrañado de lo que acababa de oír.

–¿Al D’vine? No creerás que la Princesa estará allá, ¿o sí?

–Pues es el antro LGBT más popular de Terra Nova. ¿Pensabas en otro?

Le faux.

–¿Qué? ¡Estás loco! Oye, no me mal intérpretes. Amo Le faux con toda mi alma. Es mi lugar favorito cuando quiero enfiestarme, pero no creo que su «señora majestad», la Princesa, frecuente un lugar de ese… «calibre» –señaló el joven, cosa que hizo reír a Joseph.

–La Princesa no quiere guardar apariencias. Viene a divertirse y nadie sabe quién es. Irá a Le faux.

–Yo no lo creo.

–¡Bien! Hagamos esto: Cada uno irá al antro donde cree que estará la Princesa. Veremos al final quien tenía la razón –propuso Joseph, lo que emocionó a Declan.

–¡Va! Te veo a las dos de la madrugada aquí para empezar a ver esos archivos.

–Por supuesto.

–Y no compartiré el crédito de descubrir a la Princesa si lo consigo.

–Ni yo contigo, terco. –Luego de eso, ambos se separaron. Joseph caminó hacia un conjunto de bares y cantinas de mala muerte que estaban en las orillas de la zona Europa, en lugar de ir al sur de la zona América donde se halla la zona rosa.

Ahí, en ese sitio, se hallaba el Le faux, un popular antro LGBT donde la fiesta parecía nunca acabar, y eso se debía a que era un establecimiento que jamás cerraba sus puertas. Se hallaba abierto a todas horas.

En el camino, justo cuando estaba a unas tres cuadras de llegar a su destino, el hombre vio a dos jóvenes que iban hacia él, vestidos de manera un tanto provocativa y bastante afeminados. Uno de ellos llevaba parte de su copete pintado de rojo y usaba gafas, el otro tenía pelo castaño y se notaba más joven que su acompañante, ambos con prendas que revelaban mucha piel del dorso, sobre todo.

–¡Vaya, vaya! Miren quien va ahí –dijo Joseph, alegre de ver a los chicos.

–¡Joseph! ¡Qué milagro que vienes para acá! Creímos que ya te habías vuelto una suricata que no sale de casa –dijo el que notaba más joven, feliz.

–¿Cómo estás, amistad? Te ves muy bien –respondió el otro, un poco más tranquilo y coqueto.

–Bien, todo bien. ¿Ustedes a donde van? Le faux queda en esa dirección, no de dónde vengo.

–Pues hoy nos toca celebrar e iremos al D’vine –explicó el chico menor.




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