Paraíso Podrido

Vigésimo intento: Arrepentimiento

Los miembros de MoA, expectantes, observaban el combate entre Annastasia y Joseph, listos para cualquier cosa que pudiera suceder de un segundo a otro.

Ashanti, al igual que Jarm, estaban en la entrada, listos en caso de que las cosas se salieran de control o todo aquello fuera sólo un engaño para perpetuar algo peor. Los miembros de esa facción no eran tontos y estaban preparados para lo que sea.

–¿No deberíamos intervenir? –preguntó Jarm con ambas armas en mano.

–No, Annastasia sabe las consecuencias de atacarnos o dejar que Joseph lo haga. Es mejor sólo observar por ahora –contestó la mujer, tranquila y sin perder la vista de la clérigo que admiraba.

–Yo creo que será mejor movernos –dijo la voz de un viejo, dirigida la mirada de los dos anteriores a él y hecha una reverencia por ambos.

–Gran sacerdote. No debería estar aquí. Es peligroso –sugirió Ashanti, a lo que el hombre les hizo una señal de tomar compostura.

–Jarm, avisa a las Shadow layers de esto –ordenó el viejo de túnicas largas y aparatosas.

–Sí, su pureza –Jarm, de inmediato, abandonó el lugar, alegre el anciano de ello.

–A Chibi le va a encantar saber que Annastasia está en la ciudad –comentó el hombre con una malévola risa, dirigidos sus ojos hacia el combate entre los miembros de la Elite de fuego.

De repente, mientras Joseph se encontraba sujeto en el aire por las cadenas, la tierra alrededor comenzó a temblar. Se notaba que el hombre estaba haciendo esfuerzo, mostraba los dientes y fruncía el ceño, a la par que Annastasia continuaba tranquila.

Un grito fue despedido del moreno, expandido el nuxon blanco a su alrededor y abriendo las cadenas, para luego el cuerpo de Joseph dejarse caer sin el nuxon blanco que continuaba atrapado y con su forma arriba.

–¡Imposible! –dijo Annastasia, impresionados los demás miembros de MoA al ver eso.

Joseph formó una albarda y se cubrió de nuxon negro, lanzada su arma a la mujer, repelida aquella con un sólo movimiento del báculo de la clérigo. No obstante, una enorme esfera de energía oscura iba detrás del ataque, cosa que Annastasia tuvo que golpear con su arma, sujeta ésta con ambas manos, mostrado que no fue fácil ponerle alto.

Por su parte, Joseph brincó alto, avistado por su líder en el cielo, creadas varias estacas de nuxon que se lanzaron hacia la mujer, abatidas aquellas por jabalinas de luz que se crearon alrededor de ella. La esfera gigante fue llenada de una poderosa luz dorada que terminó por deshacerla, lanzado Joseph hacia su amiga para golpearla con las nudilleras, evadido el embate y golpeado el hombre por una marea de lanzas luminosas que lo dejaron clavado en el suelo.

–Entiende, Joseph… –dijo Annastasia, un poco agitada.

–¡No! ¡Tú entiende! –dijo la voz del moreno tras la mujer, y al voltear a ver si estaba ahí, Joseph atinó un golpe a puño cerrado en el rostro de la clérigo, lanzada ésta al suelo gracias al embate.

El hombre cayó al piso y se lastimó, pues no tenía nada de nuxon encima, observado cómo su oponente, en el aire, retomó postura y cayó de pie, liberado el nuxon blanco de las cadenas gracias a la pérdida de concentración de Annastasia.

–Albert y tú me toman por un niño. ¿Creen que me hice pendejo todos estos años? ¡Ésta es la realidad! Claro que entrené, pero no les enseñé mis resultados por si pasaba esto. ¿No recuerdas lo que nos decía ella? –preguntaba Joseph, molesto, observado por su líder.

–«Las mejores cartas no se muestran hasta el final» –citó Annastasia, lanzada una marea de serpientes luminosas que salieron de su báculo y llenaron los alrededores por completo, sin oportunidad de escapar a dicho ataque.

La técnica fue tan agresiva que los clérigos de MoA levantaron un escudo para proteger la iglesia en caso de cualquier percance. Joseph vio el brillo, mas no se acobardó. Invocó su alabarda y estaba listo para recibir a las alimañas luminosas.

En un parpadeo, Annastasia fue atacada por el nuxon blanco de Joseph, el cual se había levantado a voluntad propia y trató de darle un puñetazo. No obstante, ahora la mujer alcanzó a defenderse al interponer su antebrazo más cercano.

La sombra blanca invocó su propia alabarda y comenzó a atacar a la mujer, cubiertos los movimientos por ésta gracias a la agilidad que posee con su propia arma, cuidado que Joseph no se le fuera encima a pesar de la poderosa técnica que le arrojó.

Por su parte, el hombre estaba destrozando a cuanta serpiente luminosa tuviera enfrente. Por desgracia, algunas ya le habían alcanzado a rozar brazos, piernas e incluso el dorso, quemadas dichas zonas por el intenso daño radiante que éstas despiden.

Los espectadores estaban confundidos. Tanta luz alrededor, gracias a las serpientes, no dejaban ver qué sucedía, aunque para Ashanti y el gran sacerdote eso no era problema.

Entiende, Annastasia –emitió otra voz parecida a la de Joseph, pero distorsionada, dirigida a la mujer el nuxon negro con las nudilleras, evadidos sus ataques y alcanzada por una patada del blanco, arrojada un par de metros lejos de ambos–. No siempre tienes la razón. Aprende a confiar en los demás –pidieron los clones de nuxon de Joseph al posicionarse para combatir en su contra.

–Si creyera cada cosa que me dijeran, entonces sería una crédula. ¡Dame pruebas, Joseph! ¿Qué tan difícil es? –gritó la mujer al arrojar lanzas hacia los clones, evadidas por ellos y corriendo cada uno por su lado hacia ella.

Están ahí dentro. ¡Confía en mí y entremos! ¡Entre los dos podemos! –gritaba el hombre por medio de su nuxon, escuchado eso por Ashanti.

–¡Prepárense para un posible ataque! –ordenó la sacerdotisa, listos los guardias, soldados y clérigos de MoA, retirado el gran sacerdote con una sonrisa confiada en su rostro.

–No puedo hacer eso. ¡Lo sabes bien! ¡Mira lo que le pasó a Gregory! –mencionó Annastasia, atacada por la derecha por el clon blanco, detenido con su alabarda, al mismo tiempo que el negro la iba a embestir por el otro lado, sujeto por cadenas de luz antes de lograrlo.




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