Paraíso Podrido

Último logro: Paraíso podrido

Un extraño viento se sintió en las cercanías de la Catedral de los santos. Los guardias, que apenas habían entrado para cambiar de turno, así como los clérigos de adentro y los inquisidores rojos que se preparaban para salir, sintieron esa extraña brisa, destrozada la entrada principal del lugar gracias a una esfera de nuxon gigante que envió a volar a la mayoría de los presentes.

–¡Nos invaden! ¡Joseph nos invade! –gritaron los soldados y las alarmas fueron sonadas, arribados los clérigos de inmediato, notado que dentro saltó Emmitt, cambiados sus ojos por unos instantes a un color carmesí, lo cual los usuarios de magia vieron, desmayados al instante por la poderosa hipnosis que el chico de lentes había creado.

Furiosos, los guardias fueron a por el chico, apartados por varias balas de aura que disparó Declan, puesto por enfrente de Emmitt para defenderlo, listo para seguir proyectando ataques.

En ese momento Jarm se hizo presente junto con Ashanti, ambos preparados para enfrentar a los invasores con muchos más refuerzos, justo cuando entró Joseph a escena, con el nuxon negro puesto sobre su cuerpo.

–¿No vas a entender? ¡Ya ríndete! –gritó Jarm, frustrado y apuntándolo con sus pistolas.

–¡Ja! ¡Yo nunca me rindo, niño tonto! –Hecha esa declaración, el de cabello bicolor frunció el ceño, preparado para pelear.

–Eso ya lo veremos. –Cuando el hombre estuvo a punto de disparar, Albert entró al sitio, puesto por enfrente de Joseph, impresionados los presentes por la acción, apuntados con las armas de los guardias, temerosos de lo que pudiera ocurrir.

–Con permiso. ¡Prisión de angustia! –exclamó el de negro, lanzadas decenas de dagas carmesí, una para cada enemigo presente.

–¡Cuidado! –gritó Ashanti, tratadas de ser evadidos o detenidos los proyectiles, pero aquellos no tenían la intención de dañar a los presentes, pues en la cercanía de sus objetivos se volvieron cadenas que atraparon a cada uno de los enemigos y los obligaron a caer al suelo, vueltos sus ojos en un color rojo sangre, cegados.

–¡Qué demonios! ¿Qué es esto? ¿Desde cuándo puede hacer esto? ¡Ashanti! –gritaba Jarm, frustrado, a la par que su compañera yacía en el suelo, tranquila.

–Arctoicheio, padre de todo, escucha mi plegaría… –comenzó a decir la mujer, apresurados todos en avanzar.

–No me sabía esa.

–Yo también tengo trucos nuevos –respondió Albert a Joseph, mientras se reunían con Declan y Emmitt para avanzar llegar hasta un salón que parecía ser un simple santuario.

Ahí, Joseph miró hacia el suelo con sus ojos blancos y notó que había actividad, por lo que cambió por completo al nuxon negro e hizo a los demás a un lado, separados todos un par de metros de él.

–¡Aléjense! ¡Están abajo! –El moreno juntó ambos puños, los levantó tanto como pudo y dio un poderoso golpe al suelo, lo que terminó por abrirlo, dirigidos los invasores al hoyo, encontrado que, en efecto, los inquisidores rojos se hallaban ahí, ocultos.

–¡Cruz de odio! –gritó Albert y cegó a los presentes, tomado uno por Emmitt para verlo directo a los ojos, con su cabeza tomada en ambas manos y colocada cerca de la suya.

–¿Dónde están? ¡Dímelo! –mencionó Emmitt mientras sus ojos se volvían rojos, encantado el sujeto y con una voz de borracho habló.

–Abajo. En las estatuas.

–¿Qué tan abajo? –preguntó Emmitt de nuevo, molesto.

–Dos pisos.

–¡Ya escuché! ¡Atrás! –Una vez más, Joseph golpeó el suelo hasta que llegaron a la habitación que buscaban, resguardada por altos mandos de clérigos que, sin muchos problemas, Joseph despechó con su nuxon blanco, clavados en la pared con sus nudilleras y puestos a dormir con la cooperación de Albert y Emmitt.

–¡Vaya! Ese par da miedo –expresó Declan del dúo ya mencionado, notadas las estatuas de antiguos santos, puestas en sus manos diversas esferas con magia dentro.

–Imposible… Estos ídolos ya no existen. ¿Qué significa eso?

–¿En realidad importa? –preguntó una voz desde el piso anterior, notado por todos que se trataba de Letanía.

–Por fin llegaste. ¡Los encontramos! Por favor, revisa que sean auténticos.

–¡Oh! Sí que lo son. Puedo escuchar las voces de las víctimas desde ellos. Las memorias olvidadas y el grabado de magia de cada uno de los malditos que ayudaron a cometer actos asquerosos. La cantidad de aura que tienen es justo la que necesito –confesó el sujeto, alegre, extrañados todos de eso.

–¿Qué? ¿A qué te refieres? –preguntó Joseph, confundido.

–¡Rayos! –Albert rápido desenfundó su espada y se preparó para combatir en contra del sujeto, detenido por su amigo.

–¡No! ¿Qué haces?¡Está de nuestro lado!

–Ya hemos visto suficientes películas y vivido numerosas escenas así. Está por traicionarnos –explicó Albert, preparado para atacar.

–¿Traicionarlos? ¿De qué hablas? Yo no trabajé con ustedes, pero sí debo agradecerles. –Sin previo aviso, Albert lanzó un mar de dagas al sujeto, deshecha su figura en neblina negra, notado por todos que los orbes mágicos ya no estaban. Ninguno de ellos. –¡Por fin! Todos serán liberados de esta pesadilla. –Se escuchó en toda la iglesia, asustado Joseph por ello.

–¡Mierda! Piensa usar el aura de los orbes para descifrar la arcana de glifos y así encontrar a cada víctima de un tajo.

–¿Por qué querría eso? –preguntó Emmitt, consternado.

–Los va a matar a todos –concluyó Albert, molesto–. El bastardo cree que nada cambiará, por eso hará una masacre para que lo escuchen. ¡Tenemos que detenerlo! –En eso, el suelo empezó a temblar, notado por todos que un poderoso nuxon blanco rodeó a Joseph, el cual estaba lleno de una ira incontrolable.

–¡LETANÍA! –gritó el moreno, dado un brinco por él que lo catapultó fuera de la catedral, levantado un montón de polvo alrededor.

–¡Tenemos que salir de aquí! –gritó Albert, apurados los invasores por escapar.




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