Paralaje de Skiller

focu ranni

Es curiosa la forma en que el destino te atrapa: no llega con trompetas, sino con el peso de la seda sobre los hombros.

Siempre imaginé que este momento sería una mancha borrosa en un horizonte lejano, algo de lo que podría seguir huyendo mientras quedara combustible en mis tanques. Pero el tiempo es un acreedor paciente. Y hoy, ha venido a cobrar.

Camino por el pasillo central del Templo de Mitri. El mármol blanco está tan pulido que parece que camino sobre un lago congelado que amenaza con romperse bajo mis botas. El silencio de la corte de Mundu no es respeto; es una presión física, un vacío de aire que te comprime los pulmones. Llevo el traje ceremonial: una túnica negra que parece absorber la luz, bordada con hilos de oro que se sienten como alambres de espino, y esa capa verde esmeralda que pesa más que mi propia conciencia.

La sangre real. Qué forma tan poética de llamar a una herencia de genocidios y protocolos.

A mi espalda, escucho el hipo ahogado de mis hermanos. Pobres idiotas. Sus ojos brillan con una mezcla de envidia y devoción, creyendo que hoy me convierto en un dios. No entienden que no voy hacia un trono, sino hacia una guillotina de oro.

—Paso firme, Skiller —susurra una voz en mi mente, la de mi instructor de esgrima. Pero mi paso no es firme; es el de un condenado.

Las gradas son un mar de rostros: nobles con pelucas empolvadas que ocultan mentes podridas, guerreros con cicatrices que cuentan historias de lunas conquistadas y ciudadanos que esperan un milagro o un espectáculo. Afuera, el planeta entero contiene el aliento.

Llego al final del trayecto.

La estatua de la Diosa Mitri se alza diez metros sobre mí. Su rostro de piedra, carente de pupilas, parece juzgar la debilidad de mis rodillas. A sus pies, el Gran Muncipior parece más un cadáver que un hombre. Sus dedos, que parecen sarmientos secos, sostienen la Corona de Jade Solar. La reliquia vibra; el metal vivo de las gemas verdes pulsa con un ritmo biológico, como si la corona misma tuviera hambre de una cabeza que devorar.

Detrás de él, sentado en el trono de obsidiana, está mi padre. El Rey Clumsy. El hombre que doblegó siete lunas pero no pudo nunca domar su propio hastío. No necesito mirarlo para saber que su mirada es un recordatorio: «Yo también odié esto, y ahora te toca a ti heredar mi odio».

El Muncipior alza los brazos. Su voz raspa el aire como papel de lija.

—Desde el amanecer de las eras, la Diosa Mitri guía a nuestra estirpe. Desde la primera piedra hasta la última estrella, la corona elige a quien ha de servir…

Servir. Una palabra hermosa para esconder la servidumbre. El sermón se convierte en un zumbido blanco en mis oídos. Siento el sudor bajando por mi nuca. Mis dedos tiemblan, no por el peso del destino, sino por la adrenalina del motor que ruge en mi imaginación.

El anciano eleva la corona. El jade brilla con una intensidad cegadora, lista para cerrarse sobre mis sienes.

—Skiller Babimon Luturex, heredero de Mundu, hijo del Conquistador... ¿Aceptas el deber sagrado de portar el peso del mundo sobre tu alma?

El tiempo se detiene. Puedo ver una mota de polvo flotando entre la corona y mi frente.

—No.

La palabra no es un grito. Es un susurro, pero en ese silencio sepulcral suena como un disparo. El Muncipior se queda paralizado, con los brazos en alto, como si lo hubieran convertido en piedra.

—¿Qué... has dicho, muchacho? —balbucea, su máscara de solemnidad agrietándose.

—He dicho que no —repito, esta vez con una sonrisa que se siente como una cicatriz abriéndose—. He dicho que Mundu necesita un rey, pero yo solo necesito aire.

Antes de que alguien pueda reaccionar, mi mano se dispara. Atapo la corona de jade en el aire. Es fría, pesada y huele a antigüedad podrida. La miro un segundo, apreciando la belleza de lo que estoy a punto de destruir, y simplemente abro los dedos.

El estruendo del jade chocando contra el mármol es la música más dulce que he escuchado nunca. La corona no solo cae; se fractura. Una de las gemas vivas sale disparada, rebotando por las escaleras como una canica sin valor.

El templo estalla. El sonido es un caos de indignación, gritos de horror y el rugido de mi padre al ponerse en pie.

—¡Skiller! —su voz hace vibrar las vigas del techo—. ¡¿Qué locura es esta?!

—Se llama jubilación anticipada, padre —respondo, dándome la vuelta.

—¡Guardias! ¡Encadenadlo! —brama el Rey, su rostro pasando del rojo al púrpura.

Pero el plan ya está en marcha. Cuento los segundos. Tres. Dos. Uno.

¡BUM!

El vitral de la Diosa, una obra de arte de cientos de años, estalla hacia dentro. No es un accidente; es una demolición estética. Miles de fragmentos de cristal de colores llueven sobre la nobleza, cortando capas y rompiendo la compostura de la corte. Y en medio de la tormenta de luz, aparece ella.

Mi moto cósmica, una Valkiria modificada, entra en barrena controlada, quemando el aire con su motor de plasma. El ruido es un insulto a la santidad del templo, un rugido de libertad ilegal.

Salto. No es un movimiento elegante de príncipe, es el brinco desesperado de un fugitivo. Caigo sobre el cuero gastado del asiento y mis manos encuentran los controles como si fueran una extensión de mis propios brazos.

Del compartimento de carga asoma Guppy, mi mascota de las lunas de azufre. Sus ojos azules están desorbitados, pero sus garras se clavan con fuerza en el salpicadero.

—¡Sujétate, pequeña pesadilla! —le grito sobre el estrépito de las alarmas.

—¡Fuego! ¡Derribadlo! —grita el capitán de la guardia, pero sus hombres dudan. No es fácil disparar al hombre que hace cinco segundos iba a ser su rey.

Activo los motores de aire gravitacional al máximo. El empuje es tan violento que la onda de choque lanza al Gran Muncipior al suelo y limpia de alfombras el pasillo central.




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