“No hay nada más engañoso que un hecho evidente.”
— Arthur Conan Doyle
La mañana en casa de Leandro comenzaba casi siempre con el mismo ritual.
El aroma del café.
El sonido de una tostadora vieja.
Y la voz de su abuela comentando algo que inevitablemente terminaba en una discusión absurda… pero brillante.
Leandro entró a la cocina con el cabello todavía desordenado.
—Buenos días, abuela.
La mujer levantó la mirada desde el periódico.
—Depende.
Leandro arqueó una ceja.
—¿Depende de qué?
—De si vienes a desayunar o a debatir filosofía antes del café.
Leandro sonrió.
—Puedo hacer ambas cosas.
Ella dejó el periódico sobre la mesa.
—Eso sería ambicioso para alguien que aún no ha despertado del todo.
Leandro se sirvió café.
—Incorrecto. Mi cerebro funciona al máximo desde el primer sorbo.
La abuela lo observó con una sonrisa divertida.
—Eso explicaría por qué la cafetera trabaja más que tú.
Leandro se llevó una mano al pecho.
—Eso fue un ataque personal.
—Fue una observación científica.
Leandro se sentó frente a ella.
—Muy bien… hagamos una prueba de inteligencia.
Ella cruzó los brazos.
—Adelante.
—Si un programador tarda diez minutos en arreglar un error… ¿cuánto tarda en admitir que fue su culpa?
La abuela no dudó.
—Nunca.
Leandro se rió.
—Correcto.
—Y ahora mi turno.
Leandro levantó las manos.
—Acepto el desafío.
Ella tomó un sorbo de café.
—Si pasas todo el día frente a tres pantallas… ¿en qué momento vives la vida?
Leandro respondió sin pensar.
—Cuando las apago.
Ella sonrió con satisfacción.
—Bien contestado.
—Sabía que te gustaría.
La abuela volvió a abrir el periódico.
—¿Mucho trabajo hoy?
—Lo normal.
Leandro trabajaba desde casa como soporte de redes para una empresa tecnológica.
Oficialmente resolvía problemas de conexión, servidores y configuraciones de red.
Extraoficialmente… sabía encontrar información donde la mayoría ni siquiera sabía buscar.
Terminó su desayuno, tomó su laptop y caminó hacia su habitación.
Tres monitores encendieron la habitación con una luz azulada.
Se colocó los auriculares.
—Soporte técnico, buenos días.
Durante las siguientes horas solucionó problemas simples.
Contraseñas olvidadas.
Conexiones caídas.
Un router que alguien había desenchufado por accidente.
Nada fuera de lo normal.
Pero entre una llamada y otra, algo volvió a cruzar su mente.
El restaurante.
El incidente.
La forma en que Elian se había quedado inmóvil.
La sensación extraña que había llenado el lugar por un instante.
Leandro se quedó mirando la pantalla.
—Algo pasó ahí…
Giró ligeramente en su silla.
Recordó las cámaras.
El restaurante tenía cámaras de seguridad.
Se inclinó hacia el teclado.
—Tal vez quedó grabado.
Minutos después estaba rastreando la red del establecimiento.
No fue difícil.
El sistema era básico.
Encontró el servidor.
Accedió.
Archivos de video comenzaron a aparecer en la pantalla.
Buscó la fecha del incidente.
Reprodujo la grabación.
La cafetería aparecía tranquila.
Clientes entrando.
Mesas ocupadas.
Elian y él sentados en su mesa.
Leandro avanzó el video.
Llegó al momento exacto.
Elian hablando.
Luego…
Leandro frunció el ceño.
Retrocedió.
Reprodujo otra vez.
Algo no estaba bien.
Durante un instante…
Elian no estaba.
La cámara seguía grabando.
Las personas seguían moviéndose.
Pero Elian no aparecía en el cuadro.
Leandro pausó el video.
Retrocedió.
Lo reprodujo nuevamente.
Mismo resultado.
Una vez más.
Mismo resultado.
Se quedó mirando la pantalla.
—Eso… no puede ser.
Cerró la laptop lentamente.
Horas más tarde, durante su descanso de almuerzo, decidió ir al restaurante.
Quería ver las cámaras con sus propios ojos.
Entró al lugar con aparente normalidad.
Pidió un café.
Mientras esperaba, levantó la mirada discretamente.
Las cámaras estaban allí.
En las esquinas del techo.
Exactamente donde debían estar.
No eran cámaras defectuosas.
No parecían baratas.
Todo estaba en orden.
Leandro recorrió el lugar con la mirada.
Nada indicaba un fallo en el sistema.
Nada explicaba lo que había visto en la grabación.
Terminó su café y regresó a casa.
Durante la tarde hizo algunas llamadas.
Contactó a dos amigos que sabían mucho más que él sobre redes y sistemas.
No les dio demasiados detalles.
Solo describió el fenómeno de forma general.
—¿Un salto entre cuadros? —preguntó uno de ellos.
—Sí.
Hubo silencio al otro lado de la línea.
—Eso no pasa.
—¿Seguro?
—A menos que el video esté manipulado.
Leandro miró su pantalla.
—No lo está.
—Entonces algo está mal en tu análisis.
—Tal vez.
Pero en el fondo sabía que no era así.
Al caer la tarde tomó su teléfono.
Buscó un contacto.
Tessa.
Ella respondió después de unos segundos.
—¿Leandro?
—Necesito mostrarte algo.
—¿Qué cosa?
—Es mejor que lo veas.
Hubo una pausa.
—¿Dónde?
—La cafetería de la esquina.
—Está bien.
Media hora después estaban sentados frente a frente.
—¿Cómo estás? —preguntó Tessa.
—Bien… sobreviviendo —respondió Leandro.
Tessa sonrió levemente.
—¿Y tu abuela?
Leandro soltó una pequeña risa.
—Bien… más insoportable que nunca.
Tessa levantó una ceja.
—Eso suena a que está perfectamente.
—Exacto. Sigue convencida de que es más inteligente que todo el mundo.
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mundos paralelos, versiones de si mismo, poderes multiversales
Editado: 06.04.2026