Paralelo

Capítulo 12: La lógica del caos

“No es que sea tan inteligente, es que permanezco más tiempo con los problemas.”
— Albert Einstein

El olor a café fue lo primero.

Antes de abrir los ojos.

Antes de pensar.

Antes de recordar.

Leandro respiró profundo… aún acostado.

Y sonrió levemente.

—La vieja ya está despierta… —murmuró para sí.

Se levantó despacio.

El cuerpo aún pesado.

Pero la mente… activa.

Demasiado activa.

—

Al salir de la habitación, el sonido de la sartén confirmó lo evidente.

Su abuela ya estaba en la cocina.

Como siempre.

—

—Llegas tarde —dijo ella sin girarse.

Leandro se apoyó en el marco de la puerta.

—Son las siete…

—Exacto —respondió ella—
ya deberías haber resuelto dos problemas existenciales y uno financiero.

Leandro soltó una risa.

—Dame cinco minutos y empiezo.

—

Ella giró finalmente.

Cabello recogido.

Mirada firme.

Y esa expresión… mitad cariño, mitad desafío.

—Siéntate.

—

La mesa estaba servida.

Tostadas.

Omelet.

Café.

Exactamente como le gustaba.

—

Leandro tomó asiento.

—Abuela… tú me malcrías demasiado.

—No —respondió ella—
yo invierto en mantenerte funcional.

—

Leandro tomó un sorbo de café.

Cerró los ojos un segundo.

—Ok… esto sí es vida.

—

Silencio cómodo.

—

—Y bien… —dijo ella—
¿todo salió bien anoche?

Leandro levantó la mirada.

La observó.

—¿A qué te refieres?

Ella alzó una ceja.

—A que llegaste a las tres de la mañana…
con cara de haber visto algo que no entra en ninguna categoría lógica.

Pausa.

—Y no es la primera vez.

—

Leandro bajó la mirada al plato.

—Fue… una noche larga.

—

—Interesante forma de decirlo —respondió ella.

Tomó su taza.

—¿Tiene nombre?

Leandro la miró.

—¿El qué?

—El problema.

—

Silencio.

—

Leandro sonrió ligeramente.

—Eres imposible.

—Y tú evasivo —respondió ella—
mal combo.

—

Intentó desviar.

—¿Y tú qué…? ¿cómo dormiste?

Ella lo miró fijamente.

—Mal intento.

—

Leandro suspiró.

Se pasó una mano por el rostro.

—No sé por dónde empezar…

—

Ella se recostó en la silla.

—Empieza por lo que no tiene sentido.

Siempre es lo más interesante.

—

Silencio.

Un segundo.

Dos.

—

Y entonces…

Leandro habló.

—

Le contó todo.

El banco.

La criatura.

La oscuridad.

Las luces.

La voz.

—

No omitió nada.

—

Cuando terminó…

La cocina quedó en silencio.

—

Su abuela tomó un sorbo de café.

Con calma.

—

—Fantástico —dijo finalmente.

Leandro parpadeó.

—¿Perdón?

—Abrumador… —añadió—
pero fantástico.

Pausa.

—Si no fueras mi nieto…

lo miró directamente.

—no te creería ni una palabra.

—

Leandro soltó una pequeña risa.

—Eso es justo lo que esperaba.

—

Ella apoyó la taza.

—Pero vamos a analizar lo que sucedió.

Se inclinó ligeramente hacia adelante.

—Dejando de lado… esa entidad tan… creativa.

—

Leandro asintió.

—

—Lo que realmente me llama la atención… —continuó ella—
es la voz.

—

Leandro se quedó quieto.

—

—No era la criatura —dijo él.

—Exacto.

—

Ella juntó las manos.

—Eso no era un efecto secundario.

Era origen.

—

Leandro frunció el ceño.

—¿Origen…?

—Control —corrigió ella—
o algo muy cercano a eso.

—

Silencio.

—

—Ese tipo de manifestación… —continuó—
no actúa por sí sola.

—Responde.

—

Leandro la miró.

Más serio ahora.

—

—Y si responde… —añadió ella—
entonces alguien o algo está detrás.

—

—Y quiere a Elian… —dijo Leandro en voz baja.

—

Ella asintió lentamente.

—Entonces lo que tiene Elian…

hizo una pausa.

—es valioso.

Muy valioso.

—

El reloj marcó un leve tic.

El café aún humeaba.

—

—¿Qué crees que sea…? —preguntó Leandro.

—

Ella negó con la cabeza.

—Aún no lo sé.

Pero sé algo.

—

Leandro esperó.

—

—Nada con ese nivel de complejidad… es casualidad.

—

Silencio.

—

Ella se recostó nuevamente.

Lo observó.

—

—Por cierto…

cambió el tono.

—¿Y la muchacha?

—

Leandro parpadeó.

—¿Cuál muchacha?

—

Ella sonrió con esa ironía afilada.

—La que aparece… desaparece…
y curiosamente coincide con tus “salidas sin explicación”.

—

Leandro negó.

—Es… complicado.

—

—No —respondió ella—
eso es exactamente lo contrario.

—

Leandro se apoyó en la mesa.

—Nos llevamos bien.

No hay presión.

No hay etiquetas.

—

—Ah… —dijo ella—
relación sin definición.

Clásico mecanismo de evasión emocional.

—

Leandro la miró.

—¿Tú estudiaste psicología en secreto o qué?

—

Ella tomó otro sorbo de café.

—No.

Solo observo.

—

Pausa.

—

—¿Te gusta? —preguntó ella.

—

Leandro dudó un segundo.

—Sí.

—

—Entonces no lo compliques.

—

Silencio.

—

Volvió al tema.

Naturalmente.

—

—Regresando a lo importante…

—

Leandro asintió.

—

Ella entrelazó los dedos.

Pensativa.

—

—Si esa voz controla…

si puede manifestarse a través de otra entidad…

si puede afectarlo sin estar presente…

—

Hizo una pausa.

Lo miró directo.

—

—Entonces no lo está buscando desde afuera.




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