“No es que sea tan inteligente, es que permanezco más tiempo con los problemas.”
— Albert Einstein
El olor a café fue lo primero.
Antes de abrir los ojos.
Antes de pensar.
Antes de recordar.
Leandro respiró profundo… aún acostado.
Y sonrió levemente.
—La vieja ya está despierta… —murmuró para sí.
Se levantó despacio.
El cuerpo aún pesado.
Pero la mente… activa.
Demasiado activa.
—
Al salir de la habitación, el sonido de la sartén confirmó lo evidente.
Su abuela ya estaba en la cocina.
Como siempre.
—
—Llegas tarde —dijo ella sin girarse.
Leandro se apoyó en el marco de la puerta.
—Son las siete…
—Exacto —respondió ella—
ya deberías haber resuelto dos problemas existenciales y uno financiero.
Leandro soltó una risa.
—Dame cinco minutos y empiezo.
—
Ella giró finalmente.
Cabello recogido.
Mirada firme.
Y esa expresión… mitad cariño, mitad desafío.
—Siéntate.
—
La mesa estaba servida.
Tostadas.
Omelet.
Café.
Exactamente como le gustaba.
—
Leandro tomó asiento.
—Abuela… tú me malcrías demasiado.
—No —respondió ella—
yo invierto en mantenerte funcional.
—
Leandro tomó un sorbo de café.
Cerró los ojos un segundo.
—Ok… esto sí es vida.
—
Silencio cómodo.
—
—Y bien… —dijo ella—
¿todo salió bien anoche?
Leandro levantó la mirada.
La observó.
—¿A qué te refieres?
Ella alzó una ceja.
—A que llegaste a las tres de la mañana…
con cara de haber visto algo que no entra en ninguna categoría lógica.
Pausa.
—Y no es la primera vez.
—
Leandro bajó la mirada al plato.
—Fue… una noche larga.
—
—Interesante forma de decirlo —respondió ella.
Tomó su taza.
—¿Tiene nombre?
Leandro la miró.
—¿El qué?
—El problema.
—
Silencio.
—
Leandro sonrió ligeramente.
—Eres imposible.
—Y tú evasivo —respondió ella—
mal combo.
—
Intentó desviar.
—¿Y tú qué…? ¿cómo dormiste?
Ella lo miró fijamente.
—Mal intento.
—
Leandro suspiró.
Se pasó una mano por el rostro.
—No sé por dónde empezar…
—
Ella se recostó en la silla.
—Empieza por lo que no tiene sentido.
Siempre es lo más interesante.
—
Silencio.
Un segundo.
Dos.
—
Y entonces…
Leandro habló.
—
Le contó todo.
El banco.
La criatura.
La oscuridad.
Las luces.
La voz.
—
No omitió nada.
—
Cuando terminó…
La cocina quedó en silencio.
—
Su abuela tomó un sorbo de café.
Con calma.
—
—Fantástico —dijo finalmente.
Leandro parpadeó.
—¿Perdón?
—Abrumador… —añadió—
pero fantástico.
Pausa.
—Si no fueras mi nieto…
lo miró directamente.
—no te creería ni una palabra.
—
Leandro soltó una pequeña risa.
—Eso es justo lo que esperaba.
—
Ella apoyó la taza.
—Pero vamos a analizar lo que sucedió.
Se inclinó ligeramente hacia adelante.
—Dejando de lado… esa entidad tan… creativa.
—
Leandro asintió.
—
—Lo que realmente me llama la atención… —continuó ella—
es la voz.
—
Leandro se quedó quieto.
—
—No era la criatura —dijo él.
—Exacto.
—
Ella juntó las manos.
—Eso no era un efecto secundario.
Era origen.
—
Leandro frunció el ceño.
—¿Origen…?
—Control —corrigió ella—
o algo muy cercano a eso.
—
Silencio.
—
—Ese tipo de manifestación… —continuó—
no actúa por sí sola.
—Responde.
—
Leandro la miró.
Más serio ahora.
—
—Y si responde… —añadió ella—
entonces alguien o algo está detrás.
—
—Y quiere a Elian… —dijo Leandro en voz baja.
—
Ella asintió lentamente.
—Entonces lo que tiene Elian…
hizo una pausa.
—es valioso.
Muy valioso.
—
El reloj marcó un leve tic.
El café aún humeaba.
—
—¿Qué crees que sea…? —preguntó Leandro.
—
Ella negó con la cabeza.
—Aún no lo sé.
Pero sé algo.
—
Leandro esperó.
—
—Nada con ese nivel de complejidad… es casualidad.
—
Silencio.
—
Ella se recostó nuevamente.
Lo observó.
—
—Por cierto…
cambió el tono.
—¿Y la muchacha?
—
Leandro parpadeó.
—¿Cuál muchacha?
—
Ella sonrió con esa ironía afilada.
—La que aparece… desaparece…
y curiosamente coincide con tus “salidas sin explicación”.
—
Leandro negó.
—Es… complicado.
—
—No —respondió ella—
eso es exactamente lo contrario.
—
Leandro se apoyó en la mesa.
—Nos llevamos bien.
No hay presión.
No hay etiquetas.
—
—Ah… —dijo ella—
relación sin definición.
Clásico mecanismo de evasión emocional.
—
Leandro la miró.
—¿Tú estudiaste psicología en secreto o qué?
—
Ella tomó otro sorbo de café.
—No.
Solo observo.
—
Pausa.
—
—¿Te gusta? —preguntó ella.
—
Leandro dudó un segundo.
—Sí.
—
—Entonces no lo compliques.
—
Silencio.
—
Volvió al tema.
Naturalmente.
—
—Regresando a lo importante…
—
Leandro asintió.
—
Ella entrelazó los dedos.
Pensativa.
—
—Si esa voz controla…
si puede manifestarse a través de otra entidad…
si puede afectarlo sin estar presente…
—
Hizo una pausa.
Lo miró directo.
—
—Entonces no lo está buscando desde afuera.
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mundos paralelos, versiones de si mismo, poderes multiversales
Editado: 06.04.2026