Paralelo

Capítulo 18: Lo que la abuela sabe

"Los ancianos guardan el fuego. Los jóvenes deben aprender a no quemarse con él."
— Proverbio africano

La abuela de Leandro se llamaba Celia.

Tenía setenta y cuatro años, una mata de pelo blanco que nunca se peinaba igual dos días seguidos, y una mirada que hacía sentir a la gente que le estaba leyendo el correo.

Elian la había conocido hacía años.

Siempre le había parecido… distinta.

No de forma extraña.

De forma… mayor.

Como si ella ya hubiera vivido cosas que otros apenas estaban empezando a entender.

Leandro los llevó a su casa una tarde.

Sin aviso.

—Abuela, Elian quiere hablar contigo.

Celia levantó la vista de su mecedora.

Miró a Elian.

—Lo sé —dijo.

Elian frunció el ceño.

—¿Lo sabe?

—Desde que llegaron al zaguán —dijo Leandro en voz baja—. No preguntes.

Entraron.

La casa olía a canela y a algo más.

Algo que Elian no podía nombrar.

Celia sirvió café sin preguntar si querían.

—Siéntense.

No era una sugerencia.

—Usted me conoce —dijo Elian después de un momento.

Celia lo miró.

—Conozco lo que llevas.

Pausa.

—No es lo mismo.

—¿Qué llevo?

La anciana tomó su taza.

—Más de una vida.

Silencio.

Leandro miraba al suelo.

Ya había tenido esta conversación antes.

Sabía que lo mejor era no interrumpir.

—¿Eso es malo? —preguntó Elian.

—Ni bueno ni malo —respondió Celia—. Peligroso.

—¿Por qué?

—Porque lo que llevas… también otros lo huelen.

Elian se quedó inmóvil.

—Hay cosas —continuó ella— que han existido siempre.

Entre un mundo y otro.

En los bordes.

Tomó un sorbo de café.

—No son malas porque quieran serlo.

Son malas porque necesitan lo que tú tienes.

—¿Qué tengo yo?

Celia lo miró directamente.

—Paso.

La palabra cayó sola.

Sin explicación.

Sin adorno.

—¿Paso…?

—Tú eres una puerta, muchacho.

Pausa.

—La pregunta no es si te van a tocar.

Pausa.

—La pregunta es quién decides dejar entrar.

Elian no respondió.

No podía.

Celia dejó la taza.

—¿Ha intentado controlar cuándo ocurre?

—Estoy aprendiendo —dijo él.

—Bien.

Pausa.

—Aprenda más rápido.

Se levantó de la mecedora con más agilidad de la que esperaban.

Fue hacia un mueble en el rincón.

Abrió un cajón.

Sacó algo.

Lo puso sobre la mesa frente a Elian.

Era una piedra.

Negra.

Pequeña.

Perfectamente redonda.

—¿Qué es esto? —preguntó.

—Un ancla —dijo Celia—.

Cuando sienta que se pierde…

que no sabe dónde está…

que algo lo jala desde adentro…

Pausa.

—agárrela.

Elian la miró.

Luego a ella.

—¿Y eso funciona?

Celia sonrió por primera vez.

—No sé.

Pausa.

—Pero dale algo concreto al cuerpo…

y el cuerpo recuerda que existe.

Elian tomó la piedra.

Fría.

Pesada para su tamaño.

—Gracias —dijo.

Celia asintió.

—Y cuídese del que se parece a usted pero no le mira los ojos.

Elian frunció el ceño.

Quiso preguntar más.

Pero Celia ya había vuelto a su mecedora.

La conversación había terminado.

Salieron a la calle diez minutos después.

El sol estaba bajando.

—¿De dónde sabe esas cosas tu abuela? —preguntó Elian.

Leandro caminó un paso antes de responder.

—No sé.

Pausa.

—Pero nunca se equivoca.

Elian apretó la piedra en su mano.

Fría.

Real.

Concreta.

Y en algún lugar muy distante…

algo sintió el movimiento.

Como una brújula que cambia de norte.

Y se orientó.




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