"Los ancianos guardan el fuego. Los jóvenes deben aprender a no quemarse con él."
— Proverbio africano
La abuela de Leandro se llamaba Celia.
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Tenía setenta y cuatro años, una mata de pelo blanco que nunca se peinaba igual dos días seguidos, y una mirada que hacía sentir a la gente que le estaba leyendo el correo.
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Elian la había conocido hacía años.
Siempre le había parecido… distinta.
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No de forma extraña.
De forma… mayor.
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Como si ella ya hubiera vivido cosas que otros apenas estaban empezando a entender.
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Leandro los llevó a su casa una tarde.
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Sin aviso.
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—Abuela, Elian quiere hablar contigo.
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Celia levantó la vista de su mecedora.
Miró a Elian.
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—Lo sé —dijo.
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Elian frunció el ceño.
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—¿Lo sabe?
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—Desde que llegaron al zaguán —dijo Leandro en voz baja—. No preguntes.
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Entraron.
—
La casa olía a canela y a algo más.
Algo que Elian no podía nombrar.
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Celia sirvió café sin preguntar si querían.
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—Siéntense.
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No era una sugerencia.
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—Usted me conoce —dijo Elian después de un momento.
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Celia lo miró.
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—Conozco lo que llevas.
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Pausa.
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—No es lo mismo.
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—¿Qué llevo?
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La anciana tomó su taza.
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—Más de una vida.
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Silencio.
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—
Leandro miraba al suelo.
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Ya había tenido esta conversación antes.
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Sabía que lo mejor era no interrumpir.
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—¿Eso es malo? —preguntó Elian.
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—Ni bueno ni malo —respondió Celia—. Peligroso.
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—¿Por qué?
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—Porque lo que llevas… también otros lo huelen.
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—
Elian se quedó inmóvil.
—
—
—Hay cosas —continuó ella— que han existido siempre.
Entre un mundo y otro.
En los bordes.
—
Tomó un sorbo de café.
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—No son malas porque quieran serlo.
Son malas porque necesitan lo que tú tienes.
—
—
—¿Qué tengo yo?
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Celia lo miró directamente.
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—Paso.
—
—
La palabra cayó sola.
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Sin explicación.
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Sin adorno.
—
—
—¿Paso…?
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—Tú eres una puerta, muchacho.
—
Pausa.
—
—La pregunta no es si te van a tocar.
—
Pausa.
—
—La pregunta es quién decides dejar entrar.
—
—
Elian no respondió.
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No podía.
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—
Celia dejó la taza.
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—¿Ha intentado controlar cuándo ocurre?
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—Estoy aprendiendo —dijo él.
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—Bien.
—
Pausa.
—
—Aprenda más rápido.
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—
Se levantó de la mecedora con más agilidad de la que esperaban.
—
Fue hacia un mueble en el rincón.
Abrió un cajón.
Sacó algo.
—
Lo puso sobre la mesa frente a Elian.
—
—
Era una piedra.
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Negra.
Pequeña.
Perfectamente redonda.
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—¿Qué es esto? —preguntó.
—
—Un ancla —dijo Celia—.
Cuando sienta que se pierde…
que no sabe dónde está…
que algo lo jala desde adentro…
—
Pausa.
—
—agárrela.
—
—
Elian la miró.
Luego a ella.
—
—¿Y eso funciona?
—
Celia sonrió por primera vez.
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—No sé.
—
Pausa.
—
—Pero dale algo concreto al cuerpo…
y el cuerpo recuerda que existe.
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—
Elian tomó la piedra.
—
Fría.
Pesada para su tamaño.
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—
—Gracias —dijo.
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Celia asintió.
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—Y cuídese del que se parece a usted pero no le mira los ojos.
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—
Elian frunció el ceño.
—
Quiso preguntar más.
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Pero Celia ya había vuelto a su mecedora.
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La conversación había terminado.
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Salieron a la calle diez minutos después.
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El sol estaba bajando.
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—¿De dónde sabe esas cosas tu abuela? —preguntó Elian.
—
Leandro caminó un paso antes de responder.
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—No sé.
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Pausa.
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—Pero nunca se equivoca.
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—
Elian apretó la piedra en su mano.
—
Fría.
Real.
—
Concreta.
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—
Y en algún lugar muy distante…
algo sintió el movimiento.
—
Como una brújula que cambia de norte.
—
Y se orientó.
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Editado: 06.04.2026