Paralelo

Capítulo 20: El monje

"El silencio no está vacío. Está lleno de respuestas."
— Anónimo

Ocurrió sin que lo buscara.

—

Esa noche…

sin ritual.

Sin intención.

—

Solo Elian acostado en la oscuridad.

Los ojos abiertos.

La piedra de Celia entre sus dedos.

—

—

Y el zumbido.

—

—

Llegó suave esta vez.

—

No como una explosión.

Como una marea.

—

Lenta.

Inevitable.

—

—

Cerró los ojos.

—

Y dejó que llegara.

—

—

—

La luz fue diferente.

—

No blanca.

No artificial.

—

Natural.

Gris.

—

Frío limpio.

—

—

Montañas.

—

Enormes.

Silenciosas.

Cubiertas de nieve en los picos.

—

Un templo pequeño al costado de una roca.

—

Y frente a él…

sentado sobre una piedra plana…

—

el monje.

—

—

Sus ojos estaban cerrados.

—

La ropa simple.

El viento moviéndole el cabello.

—

Y a su alrededor…

tres piedras pequeñas flotando en círculo.

Despacio.

Perfectamente.

—

—

Elian no habló.

—

No quería romper nada.

—

—

El monje abrió los ojos.

—

Los mismos ojos.

Su rostro.

—

Pero distintos.

—

Quietos.

—

Como un lago sin viento.

—

—

—Tardaste —dijo.

—

Su voz era tranquila.

Sin reproche.

Solo un dato.

—

—Lo sé —respondió Elian.

—

—No lo sabes.

Dices que lo sabes.

—

—

Elian no respondió.

—

—

El monje bajó la mirada a sus manos.

—

Las piedras seguían girando.

—

—¿Lo sientes? —preguntó.

—

—¿Qué?

—

—Lo que hay entre tú y ellas.

—

—

Elian miró las piedras.

—

—No.

—

—Miente menos.

—

—

Elian frunció el ceño.

—

—¿Cómo sabes que miento?

—

—Porque somos el mismo.

—

—

Silencio.

—

—

El monje extendió una mano hacia él.

—

—Siéntate.

—

—

Elian se sentó frente a él en la roca fría.

—

—

—Cierra los ojos.

—

—

Los cerró.

—

—

—Ahora olvida dónde estás.

—

—

Elian intentó.

—

—

—No intentes.

Olvida.

—

—

La diferencia… era enorme.

—

Y sin embargo.

—

Funcionó.

—

—

Algo cambió.

—

No vio nada.

No escuchó nada.

—

Pero sintió algo.

—

Como si el aire tuviera peso.

Como si pudiera…

tocarlo.

—

—

—¿Lo sientes ahora? —preguntó el monje.

—

—Sí —murmuró Elian.

—

—

—Eso es lo que hay entre todo.

—

Pausa.

—

—Aprende a sentirlo primero.

Moverlo viene después.

—

—

—¿Cuánto tiempo tardaste tú?

—

El monje abrió los ojos.

—

—Años.

—

—

Elian abrió los suyos.

—

—No tenemos años.

—

—Lo sé.

—

El monje lo miró.

—

—Por eso tienes que hacer en semanas lo que yo hice en años.

—

—¿Y eso es posible?

—

—No lo sé.

—

Pausa.

—

—Pero tú eres el punto de convergencia.

—

Pausa.

—

—Y eso cambia las reglas.

—

—

Las piedras seguían girando.

—

Una de ellas se detuvo.

—

Y lentamente…

se acercó a Elian.

—

—

—

Él no la movió.

No conscientemente.

—

Pero tampoco la alejó.

—

—

—Bien —dijo el monje.

—

—

Y por primera vez…

algo en el pecho de Elian no fue miedo.

—

Fue algo parecido a…

posibilidad.




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