Las dudas prevalecieron para Jean durante un tiempo, pero sin pruebas suficientes, se limitó a ignorar estas señales. Por su parte, Myers seguía con ese comportamiento tan confuso para ella, y cada vez, se volvía más intensa con sus abrazos y su actitud posesiva-afectiva. A fin de año, diciembre, las conversaciones que tenían carecían de sentido, buscaban excusas para verse durante los días de semana. Al estar en secundaria, en época de exámenes finales, tuvieron que reducir sus encuentros para estudiar y rendir las materias que les quedaban. Llegaron a prometerse salir con más frecuencia durante las vacaciones, pero para ello, deberían concentrarse en los estudios y no verse durante dos o tres semanas.
El contacto físico si bien había disminuido, el virtual prevalecía mantenía su vínculo. A pesar de ser mejores amigos, había ciertos temas que no tocaban por la incertidumbre, y el temor a ciertas respuestas. Ruby en sus momentos de tristeza, dejaba de contestar a Lacer, y por más que éste preguntase, no solía contarle. Al muchacho le preocupaba este comportamiento, no deseaba el malestar de aquellas personas que amaba, entonces, siempre buscaba formas de ayudarlos. Lo que él no sabía, que parte de sus tristezas, era por no verse durante esos días. Jean tenía mucho autocontrol ante situaciones donde debía postergar su satisfacción, por ello no se veía tan afectado por estar sin verse un par de semanas. Pero eso no significaba que fuese una tarea sencilla. El precio, fue mantenerse ocupado con cualquier tarea que hubiese en su hogar, lo cual lo desgasto tanto física, como mentalmente. Por el contrario, Ruby carecía de esa capacidad, y esta era la causa de su bajo estado de ánimo. Sin embargo, la contención para ella se repartió entre los estudios y su novio, donde también tenía que cumplir su responsabilidad como pareja. De atenderlo y pasar unos buenos momentos juntos.
Llegado el veintidós de diciembre, los exámenes terminaron, la escuela había cerrado, y se aproximaban las fiestas de fin de año. Aún el encuentro entre estos jóvenes no tendría lugar, puesto que Ruby tenía que ver a su pareja al terminar de rendir, ese era un pacto entre ellos. Jean aceptaba tal decisión, pues él tenía un rango inferior, el de “mejor amigo”. El contacto seguía siendo igual, virtual, sin cambios aparentes.
—Oye Jean, quería comentarte algo —escribió Myers.
—Claro, ¿Qué cosa? —La conversación ocupaba un lugar a las cuatro de la tarde, un viernes en plena siesta.
—La verdad es que mi novio estuvo muy celoso estos últimos días, me regaña y reclama por todo ahora. Es por eso que esta tarde, hablaré seriamente con él sobre muchas situaciones.
—Entiendo Ruby, suena algo muy difícil de charlar. Seguro los celos lo hacen enojar demasiado. —El joven yacía acostado en su cama descansando. Sintió un pequeño golpe de alegría, esta podría ser una oportunidad para él en caso de que terminaran.
—Lo será. Por eso, te pediré que no me mandes mensaje hasta que yo vuelva, de lo contrario, si él ve un mensaje tuyo, podría ponerse molesto y hacerme un berrinche o algo por el estilo. Entonces te quería avisar de esto por las dudas.
—Está bien, no hay drama. Espero puedan hacer las paces y que no terminen mal. —Intentó responder con madurez, para brindar el apoyo como el mejor amigo que era. Mientras ellos iban a salir, para no hacer larga la espera, acomodó su cabeza en la almohada para dormir. Aprovechó aquella oportunidad que nadie de su familia hacía ruido y ni un alma transitaba su barrio.
—Gracias, Jean. Hablamos más tarde.
Aquel último mensaje, fue enviado por Myers a las cuatro, veinte de esa tarde. El joven, desplazándose de un lado a otro, cambiando posiciones para dormir, se dio cuenta que sus pensamientos lo abrumaban, “¿qué tal si ésta es la oportunidad?”, “ojalá terminen”, “la amo, quiero ser su pareja”, “tiene que ser feliz, aunque no sea conmigo”; todas estas representaciones carcomían su mente. Luego de intentarlo varias veces, consiguió dormirse sin darse cuenta.
Despertó cerca de la seis de la tarde por mera casualidad, ya que se había olvidado de colocar una alarma. Al levantarse, abrió la ventana de su habitación para respirar algo de aire puro del exterior. El cielo estaba nublado, no había ruidos de vehículos o personas, solo un leve viento que apenas si sacudía las ramas de los árboles de enfrente de su casa. El joven contemplaba aquel escenario de película esperando el mensaje de Myers que seguía sin llegar. Aunque parecía sereno, algo por dentro le daba nervios. Evitando ese sentir, fue a prepararse una merienda en la cocina. Agarró la pava con el agua caliente, una taza con un saquito de té, azúcar, pan, y se sentó en la mesa a preparar todo lo que iba a comer.
Ya una vez lista la mesa, a media merienda, tomó el celular para colocar algo de música, y vio por la barra de notificaciones un mensaje de su querida amiga Myers. No podía leer el texto, ya que lo mandado por ella eran unos audios. Ya a primera instancia, esto le resulto raro a Lacer, puesto que no eran de mandarse audios, en especial Ruby, quien odiaba su voz por completo. Ante esa circunstancia, apuro el paso en lo que tomaba su merienda, para luego levantarse e irse a su pieza a escuchar el audio para que nadie más lo oyera.
Una vez sentado en su cama con la puerta puesta con llave, las celosías y ventanas cerradas, y en plena oscuridad, abrió el chat con ella. Con las manos temblorosas, apretó el botón de reproducir de aquellos audios.
—Escúchame bien, pedazo de tarado, no quiero que te acerques más a mi novia. De lo contrario, te voy a dar una buena cagada de la que no te vas a olvidar. —La voz era de un chico bastante molesto con Jean, lo cual significaba una cosa, esa persona, era su novio—. ¿Cómo es eso de que estarás con ella para siempre? ¿Quién demonios te crees que sos para decir eso? —Entre los gritos furiosos, de fondo se escuchó la voz de Myers gritando—. Basta, cállate, él es mi mejor amigo. —A medida que avanzaba el audio, Jean quedo atónito, confundido. Pudo sentir como el corazón se paralizaba y como le faltaba el aire—. Te juro que, si te encuentro con ella, no vas a vivir para contarlo. —Al acabar el primer audio, continuó con el siguiente—. ¡Te voy a romper la cara maldito infeliz de mierda!