Paralise

Revolver Lake

A los diez años su madre Florent Handell le puso el alias de ricitos de miel, actualmente Clementine tiene dieciocho años, y tal cual a su edad su apodo evolucionó, se renombró a Miel.

No siempre es inocente, a veces disfruta mucho más la cerveza que el café. Dicen que los escritores son muy especiales respecto a todo, pero en especial a como viven sus días.

—¡Mucho gusto nueva Clementine Handell!—exclamó Clementine saltando en la cama casi borracha.

—No puedo creer que ya estes borracha, deja de saltar o te vas a caer—respondió su mejor amiga Beth Clarkson.

—¡Es que estoy muy feliz! Finalmente abrieron un taller en este lugar tan lunático. ¡Gracias Revolver Lake por hacer todo esto!

—Oye no me gusta que celebres un suicidio, conocí un amigo que se murió así, no me parece chistoso.

—Oh Beth, tú siempre tan dulce.

—No cabe duda de que eres muy diferente cuando estas borracha. Si tu madre supiera lo que dices te cambiaría ese apodo de Miel por el de… Perra sin sentimientos.

—Pues pinta a esta perra sin sentimientos—Clementine se congeló para que Beth la mirara.

Beth se dedica a pintar desde muy pequeña. Ganó muchos concursos, se parece un poco a Clementine respecto a su apariencia. Ella también es rubia y tiene un corazón noble. Pero a diferencia de Clementine, ella prefiere no tomar mucho.

—Adorable escritora cayendo en tres, dos, uno…

Clementine cayó en la cama y se quedó profundamente dormida. Beth agradeció a Dios que su mejor amiga no se haya caído encima de la botella de vidrio que tenía en la mano.

Al día siguiente…

—Mi pequeña Miel ¿Estás despierta? —preguntó una risueña Florent Handell desde la cocina, preparaba un rico desayuno, el olor se asomaba por toda la avenida.

—Si mamá—dijo Clementine en voz alta y con dificultad puesto que se estaba lavando los dientes, y además porque le dolía mucho la cabeza.

—Cariño, será mejor que te apures, no querrás llegar tarde—expresó Day Park, su padre, caminando por el baño de la casa.

—No te preocupes papá, soy escritora, y créeme que llegar tarde sería el mejor inicio. Es tan cliché, la vida es un maldito cliché.

—¿Y qué sigue?

—Encontrar el amor de mi vida. Descuida, tu niña seguirá siendo siempre Miel.

Ella dejó el cepilló en la repisa y cerró la puerta.  Entró a la bañera, donde se frotó de manera muy tranquila un jabón de fresas marca Frownie Baby por todo su cuerpo. Eran las siete de la mañana, faltaba solo media hora para que el taller de escritura comience, a pesar de eso Clementine se arreglaba como si fueran las seis de la mañana.

—Solo faltan cinco minutos Clementine, dudo mucho que lleguemos a tiempo—dijo su padre intentando encender su camioneta.

—¿Hueles es papáo? Es olor a escritora de romance—haciendo un gesto de respiración agradeble— Tranquilo, ya te dije, será el mejor inicio—dijo Clementine de la manera más relajada posible.

—El auto encendió, no me voy a matar por puntualidad.

—Seguro que nadie ha llegado todavía—respondió ella bajando la ventana del auto para sentir la brisa del aire.

El reloj marcaba las ocho, varios estudiantes rodeaban a la maestra del taller de escritura. Clementine interrumpió la clase, pero no pasó la gran vergüenza en su primer día.

Al menos me recordaran por mi gran olor a fresas que por mi impuntualidad. Creo que he sido la única que se ha bañado en este lugar.

—Toma asiento, nos estábamos presentando recién—expresó con dulzura la maestra Margaret Black.

Tomó asiento de la manera más delicada posible, como solo las escritoras de Romance saben hacerlo. Su mirada viajó por el rostro de todos sus compañeros hasta llegar a la del chico de cabellera larga y camisa blanca, Harrie Casas. Clementine fue tan notoria que él volteó al instante para ver a la chica que le estaba mirando. Su mirada no fue muy romántica, y sus gestos mucho menos.

Harrie levantó su mano para saludarla, sin embargo, segundos más tarde su mano se convirtió en un gesto obsceno.

Para el mundo ellos eran opuestos, pero para la Literatura ellos eran poesía.

La poca inocencia que le quedaba a Clementine hizo que ella levantara la mano para corresponder a su saludo. Cayó en la trampa de un irrespetuoso pero guapo joven. ¿Qué genero escribirá? Era la pregunta que se hacia a pesar de haberse llevado una mala primera impresión del chico de cabellera oscura.

—Tú, el de camisa blanca, continua—dijo Margaret pidiéndole a Harrie que se levantara.

—Me llamo Harrie Casas, soy de la ciudad de Madeforth. Estoy aquí por vacaciones, pero tarde o temprano voy a regresar a mi ciudad natal. Mis padres me dieron dinero para pagar una academia pre-universitaria pero he utilizado el dinero para estar aquí sentado con todos ustedes. ¿Se trata de seguir tus sueños no? Ellos quieren que sea un arquitecto, no saben que… De acuerdo, puede que llegue a construir un edificio y que no se destruya, o tal vez sí, pero no serán los ladrillos ni las paredes de una casa lo que se hará trizas. Ustedes entienden la metáfora—Harrie tomó asiento no sin antes terminar su corta presentación diciendo el género que escribía—. Lo estaba olvidando. Escribo Terror, es mi genero favorito. ¿Existe un libro de Terror donde la sangran no sea un recurso? Es algo que no me deja dormir por las noches.




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