Pasado

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El tiempo. 
Algo relativamente impredecible e imposible de cambiar, algo que se pierde muy fácilmente si no lo aprovechas de la mejor manera, y que si lo haces bien, solo te quedan los recuerdos de esos buenos momentos.

Si pudieras viajar en el, ¿qué harías?.

Lo sé, tu respuesta quizás sería algo así  como: “No lo sé, no haría nada, es imposible viajar en el tiempo” 
Tranquilo o tranquila, yo tenía el mismo pensamiento que tú. El viaje en el tiempo es completamente imposible.

Pero, ¿Si les dijera que lo imposible es tan solo un falso espejismo de la dificultad? ¿Y qué lo imposible es completamente posible si tan solo le pones un poco más de empeño?.

¿Si les dijera que es posible viajar en el tiempo? Estoy segura de que no me creerían. Si no fuera yo quien vivió esa experiencia en carne y hueso, nunca de los nunca jamases, lo habría creído.

Pero todo tiene una explicación, una historia. Y en ella, una gran revolución en la historia del ser humano.

Todo comenzó una mañana de abril.

Mis zapatos resonaban contra el suelo del gran edificio, las paredes tan pulcramente blancas le daban una cierta seriedad al lugar. La bata blanca llegaba hasta un poco más abajo de mis muslos, la traía desprendida, no me gustaba como quedaba prendida. Sentía que arruinaba el oufit, ¿Qué?¿Una científica no podía tener estilo? Pues no mi ciela, yo tenía, y de sobra. 
Ese día tenía puesto un suéter blanco, unas tallas más grandes de la mía, y un jean negro junto a unas deportivas blancas.

Las carpetas en mis brazos pesaban, pero no era nada que no podía sobrellevar.

Tenia una decisión puesta en mi cabeza, y con cada paso que me acercaba a nuestro laboratorio, esa decisión se incrementaba y consolidaba.

Yo iba a viajar.

Yo iba a probar la máquina.

¿Por qué? Simplemente porque esa máquina no funcionaría, porque por más tiempo, dinero y trabajo que hayamos invertido en ese proyecto, era científicamente imposible de que eso funcionara. Solo no entraba en la lógica de ningún ser humano.

Esta locura oficialmente inició hace unos cuatro años. Cuatro años buscando variables, trabajando día y noche.

¿Para qué trabajar tanto si de igual manera sabia que esto iba a ser un gran fracaso? Solo una persona: mi papá.

Alberto Aguilar, dueño de los laboratorios Aguilar. Él es la razón por lo que apoyé esta locura. Mi ejemplo a seguir, mi amigo, mi maestro, mi vida entera.

Mi papá desde siempre fue muy fantasioso, y plasmó toda esa imaginación en sus proyectos, y todos le salían perfectamente. Su deseo siempre había sido viajar en el tiempo, desde niño.

Esa idea solo había sido eso, una simple idea que quedó en lo más profundo de su memoria, hasta que murió mamá. Él entró en un estado de depresión. No comía, no salía, lloraba por todas las habitaciones de la casa, buscándola, intentando sentir su presencia, pero eso era imposible. Y yo cansada de verlo tan mal, no tuve la mejor idea de traer esa "idea" de vuelta a flote en su mente.

Y fue así que terminamos aquí.

Él con una ilusión y yo...

Bueno yo como una puta ilusionadora.

Debo admitir que me siento mal por eso. Pero no podía verlo mal, no podía ver como sufría por la muerte de mamá, así que le propuse empezar con ese proyecto. Empezar con lo imposible.

La idea de este proyecto es volver cuatro años y medio en el pasado, e intentar evitar el accidente que tanto nos ha quitado. Traer a mi mamá de vuelta.

Sabia que eso era imposible y que papá se decepcionaría muchísimo; pero al menos tendría la conciencia tranquila al saber que lo intentamos, y lo hicimos con todo lo que teníamos.

A mi lado pasaban personas con la misma bata blanca, yendo y viniendo apresuradamente. Algunos se detenían a saludar, otros solo agitaban la mano y otros tan solo asentían en forma de saludo.

Siempre con una sonrisa en mi rostro y la seguridad brotando de todo mi cuerpo. Sentir que tenía el control sobre todo, me hacía estar en verdadero control.

Al momento de la verdad, tenía que fingir entusiasmo, decepción, y luego ser fuerte y no dejar que mi papá se desmorone. Estar en control.

Crucé unos pasillos más, y llegué hasta la habitación a la cual me dirigía. Las puertas eléctricas se abrieron ante mi, y tuve una vista panorámica de todo el equipo. Estaban dándole los detalles finales a la máquina. La emoción, nerviosismo, e incertidumbre del saber si esto llegaría a funcionar se sentía claramente en el aire.

Y eso no mejoraba mi estado de ánimo.

Fui yo quien puso cuatro años a toda esta gente a trabajar en algo que no tenía ni la más mínima esperanza de funcionar, quién los ilusionó.

-Buenos días- hice notar mi presencia. Todos los presentes me miraron y sonrieron en cortesía.

-Es tarde- Lucas apareció en mi campo de visión. Estaba sin la bata, una camisa azul se ajustaba a su torso, y se veía algo así como...

Hermoso, precioso, caliente, sexy, como un Dios griego científico sexy.

Mordí instintivamente mi labio inferior. Él lo notó y sonrió.

-No las encontraba- hice referencia a las carpetas que traía en mis manos- Mi departamento está más liado que la vida de un tipo con cinco amantes. Algún día iré a acomodarlo.

-Deberías- me regala una sonrisa. Podría decir que me habría desarmado ahí mismo, pero casi. El condenado era atractivo, y lo sabía. Sus ojos color miel tenían un cierto brillo, uno que únicamente le aparecen cuando está muy emocionado.

-¿Ya llegó?- cambié de tema.

-Creo que está en la cafetería.

La puerta se abrió una vez más y vi la silueta de mi papá con un café en mano, y una sonrisa que se le extendía de un lado del rostro al otro. Nunca en tanto tiempo lo había visto así de feliz. Y parte de esa felicidad hizo que mi corazón se comprimiera.

-Papá, traje las carpetas que necesitabas- le hice saber.

-Gracias, Isi. En un segundo las reviso.




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