Pasajeros

Capítulo 43

—¿Estamos hablando de nuestra Allori? —preguntó Scott.

—¿Allori, Allori?

—Tienes que estar bromeando, Owen —se rió James—. Allori está con Blackwood. Lo hemos leído en los reportes que Max logra robar. Además… ¿cómo es posible que ella sepa algo del Triángulo, si cuando Dianne hizo contacto con ella, tuvo que…?

—Allori era perfecta borrando rastros —respondió Owen—, y sabe más del Triángulo de lo que he llegado a sospechar. Además, creo que Ben también sabe de qué tantos conocimientos posee Allori sobre la Isla. Creo que borró su verdadera posición para hacernos creer que estaba con Blackwood. Así no podríamos rescatarla.

—Es un maldito genio, otra vez —susurró Cooper.

—¿Y qué es lo que planeaba al estar con nosotros? —farfulló James.

—Sospechaba que algo no estaba bien con ella —Max se levantó del suelo, al igual que los demás Pasajeros—; seguirnos de ese modo, arriesgando su vida, sólo para descubrir que estaba pasando… ¡ella ya sabía qué estaba ocurriendo! 

—Ahora nadie es quién dice ser —farfulló Scott—. ¿Qué sigue? ¿Qué Owen sea el presidente?

—¡Aquí las bromas las hago yo! —le atajó Max.

—Chicos, chicos, atentos —Owen tronó los dedos para atraer la atención de todos los Pasajeros—. Escúchenme bien. Tenemos que actuar rápido. 

Pero, ¿qué podían hacer? Se les estaban agotando las opciones, y el tiempo. Ben les había limitado todas las salidas posibles y ahora sólo quedaba esperar. Si Allori era quién Owen decía que era, entonces podría ayudarlos con ese asunto. Tenían tres días para infiltrarse en la MI6, contactar a Ben, evitar un desastre y así salvar el Triángulo y a la existencia misma. 

—¿Qué tienes en mente? —preguntó Scott.

—Dividirnos —respondió Owen al instante—. Ben debe entender que James es el más interesado en rescatar a Dianne. 

—¿Y acaso no lo está? —preguntó Scott nuevamente, con una amplia sonrisa.

—Cállate —se bufó James.

—¿Vieron cómo quiso golpear a Ben? —añadió Cooper—. Sólo pensaba en tener a Dianne otra vez entre sus brazos.

Él y Scott rieron.

—¿Te tienen que congelar para que le digas que la amas, como Han Solo a Leia? —inquirió Max.

—Contrólalos, Owen —le pidió James.

—Espera, creo que yo también tengo un comentario del tema…

—¡OWEN! —James, casi en una carcajada, le dio una palmada en la espalda—. Tenemos el tiempo contado.

—Bien, bien; necesitamos separarnos. Creo que llevaré conmigo a Miranda. Ella conoce las instalaciones.

—No poseo una tarjeta de entrada —murmuró ella.

—Olvidas a quién tienen en el equipo —dijo Max, sentándose en el suelo de nuevo y tomando su computadora—, en un par de horas tendré dos identificaciones perfectas para poder entrar sin problemas. 

—Que sean tres —pidió Scott—, voy con ustedes. 

—No acepto a nadie más en esta encrucijada —dijo Owen—. James, debes llamar a Ben y poner el lugar para el encuentro.

—¿En serio creen que nos dará a Dianne si le damos la fecha? Es obvio que no —terció James, frunciendo el ceño—. No podemos mentirle, puesto que lo sabrá. Puede leer nuestros pensamientos. Lo único que podemos hacer es… 

—No hay nada que podamos hacer, viejo —lo interrumpió Cooper—, no se me ocurre gran cosa.

—¿Y si lo matamos como al Señor Smith en Matrix? —preguntó Max.

—No estamos en la Matrix —le atajó Miranda—. Es el mundo real. Necesitamos un plan más inteligente. 

Owen alzó una de las manos.

—Dejen que saquemos a Allori de la cárcel y después podremos responder a esa inquietud. James —se dirigió directamente al Pasajero—. Habla con Ben, haz la cita para el día en el que el Triángulo se abre.

—¿Para qué? 

—Dudo que el propósito en ustedes sea sólo en detener a Ben. Deben acudir al Triángulo. Deben entrar a la Isla. 

 

 

Owen bajó de la Jeep y se recargó sobre la puerta mientras se hincaba. Era el momento. 

—Estamos a salvo —Miranda bajó del otro lado de la camioneta y tuvo que dar toda la vuelta para así poder ver al hombre—, ¿por qué haces eso?

—Hay que prepararse para el peligro.

—Lo único que vamos a ocasionar es que nos maten —dijo Scott, en la parte trasera del vehículo, y dando un brinco para aterrizar en la acera. 

Estaban del otro lado de la calle, justo frente al edificio central del servicio secreto ingles, que constaba de varios pisos, así como de más de una entrada. Un muro de concreto rodeaba el recinto, y en cada acceso había dos o más agentes de seguridad. Iba a ser complicado el paso. 




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