Independizarse es una palabra que suena mejor de lo que se siente. Lo hice con mis padres, sí, pero el proceso no es tan claro como parece cuando lo decís en voz alta. No sé si fue una decisión valiente o simplemente algo que vengo necesitando desde hace tiempo. Hay personas que se van sin mirar atrás, otras que no lo necesitan, y algunas que lo harían apenas puedan. Yo todavía no sé en qué lugar estoy
Estoy en la carrera de arquitectura. Supongo que porque es la que más me hizo sentido entre las opciones que hay en esta universidad. La arquitectura me hace ver más allá de los pasillos vacíos y silenciosos de la facultad: los detalles, los espacios verdes, las mesas donde me siento a estudiar. Pensé que estaba estancada en la etapa del no saber qué me llama la atención, pero reflexionar, buscando conocerme, sirvió durante todo el tiempo que estuve sentada afuera de casa para no aguantar los momentos incómodos adentro.
Donde vivo tampoco es la gran cosa para puntos de vista ajenos, pero es MI casa. Puedo ser quien soy aquí sin drama y prejuicios de mi familia, aunque... lo alquile, eso no quita el valor de lo que significa para mí este espacio privado.
Las llaves las siento livianas de vez en cuando porque recuerdo que son mías, no de otra persona. Pero también pesadas porque me recuerda que a veces me estreso pensando si el salario de mi empleo en la cafetería puede cubrir el alquiler. Es el peso de independizarse muy temprano de mamá y papá por el ambiente que crearon.
El lunes tuve la primera clase a las 9 de la mañana, en la otra que tenía antes faltó la profesora. Afortunadamente no tengo que llevar muchos libros encima mío ahora, recién empezando la carrera, por lo que tengo liviano los días hasta ahora. Estoy tratando de memorizar bien mis clases, evitando así confusiones a futuro.
Rosa es el nombre que me aprendí primero del lado de los estudiantes, porque los profesores se presentan las primeras clases si no se llegan a olvidar de ese paso. Rápidamente se hizo mi amiga, buscando compañía universitaria en la misma carrera al igual que yo, pero en mi caso de manera indirecta. Es bastante animada, casi siempre optimista con cada experiencia de su vida en lo que me contó desde que nos conocimos, hace apenas 2 semanas. Ella es una compañera en la que quiero confiar que será mi nueva buena amiga.
Dicho día ella ya estaba en el aula, esperando a que llegue 10 min antes que la profesora como buena costumbre mía. Estaba sentada al lado de la ventana, con el celular a mano y la mochila colgando en el respaldo de su silla. Levantó la cabeza y sus ojos verdes se descubrieron de ese flequillo largo que tiene y brilla con tonos rojizos bajo el sol.
—¡Eh, Michelle! —Me saludó contenta, siempre con su sonrisa simpática y suave. —Hola, ¿cómo estás? —Murmuró apenas llegué al asiento al lado suyo en esa aula, tomando asiento y acomodando la mochila detrás mío mientras ella dejaba el celular apagado sobre la mesa.
—Hola, Rosa. Pues, bien, por suerte. ¿Y tú? —Le di una suave sonrisa, casi tímida por su espontáneo saludo. Siempre me hizo pensar que de dónde sacará ese ánimo para hacer sentir cómodas y bienvenidas a las personas hablando ella primero, como si fuera la anfitriona del lugar y diera el saludo a sus invitados.
—Pues bien. ¿Desayunaste? Tengo pan de chocolate de sobra en la mochila. —Mencionó volteándose a su mochila detrás suya, mirándome con atención si es que aceptaba. —No me preguntes por qué tengo eso en la mochila, jeje... —Murmuró como regaño, una suave risa ingenua salía de sus finos labios, sacando finalmente por decisión propia la bolsa de dicha comida.
—¿Y eso? —me estaba riendo, tomando la bolsa que tiró sobre la mesa y viendo su interior. —Gracias. No había desayunado porque me cae mal si lo hago antes de salir de casa. Pero acá tranquila supongo que no me caerá feo. —Con una sonrisa retiré dos de estos para volver a atar la bolsa y devolvérsela.
—De nada. Es más porque yo no suelo desayunar demasiado, y bueno... Obviamente va a sobrar y sería una lástima. —Comentó mientras guardaba la comida y al mismo sacaba sus útiles de apunte. —Las compré en la esquina de por acá, y fue por recomendación de una abuelita que siempre encuentro en la parada que hay al frente. —explicó apoyando su brazo sobre el respaldo de la silla, mirando la ventana con una expresión neutral pero a la vez suave.
La miré con una sonrisa genuina, de reojo, mientras daba un mordisco. —A mí no se me acercan las abuelitas ni por ahí.— Con la boca llena, desvié irónicamente la mirada a la superficie de la mesa, masticando.
Rosa se rió a carcajadas un poco más. Si habría gente aquí dentro sentiría un poco de vergüenza por su espontánea reacción, pero también ternura. —¡No comas con la boca llena, asquerosa! —Me había regañado mientras sonreía y se columpiaba en el asiento, un poco más como si fuera un columpio de circo y ella fuera el mono. —Quizás no te hablan porque no te conocen, nada más. Tampoco es tan malo.
De repente entraron 3 alumnos, casi al mismo tiempo. No nos habíamos dado cuenta de que ya faltaban como 6 minutos para que la clase empiece. ¿En qué momento pasa tan rápido el tiempo? Cuando te das cuenta de esto es sorpresivo de cómo nos olvidamos que existe la hora en lindos momentos como el anterior.
—Buenos días. —Nos saludamos todos, yo desviando la mirada a otro lado luego de que ingresen y tomen asiento en sus lugares, acomodando sus cosas. Al poco tiempo empezaron a entrar más alumnos, y parecía como que si habían organizado un grupo para ingresar todos juntos al aula, porque no venía casi nunca un alumno solo al interior del aula. Al rato ingresó la profesora, y se presentó como debe de ser, y así todos nos centramos en ella.
Después de la clase las dos caminamos juntas, por esos pasillos que ahora no estaban tan vacíos como en otros momentos.
—¿Qué tenemos ahora? —Rosa miraba el piso, caminando a mi lado.