Vagando por el campus captaba el césped sano y bien cortado, queriendo perderme en él para olvidar todo lo que me había atormentado anteriormente. Me hace querer siempre estar ahí en medio del viento, donde te sientas para estudiar o merendar con tus pares y se sienten las hierbas sedosas, como si estuvieran hechas de peluche. Los caminos de piedra, ya sean artificiales o naturales, y elegidas una por una para la estética; siempre me hicieron sentir que estaba en una universidad de alto presupuesto o similar.
A los minutos de salir a vagar habíamos llegado al gimnasio, donde pudimos entender que se podían hacer 3 deportes en un mismo edificio: vóley, fútbol y basketball; y a la vez el piso de madera brillaba, como que si nunca se usó para jugar. Un grupo de chicas que al parecer dejaron de jugar un partido de este primer deporte estaban ocupando el espacio, a lo cual se estaban retirando. Algunas de ellas nos miraron de reojo a la distancia, sin embargo siguieron con lo suyo.
—Qué lindas que son esas chicas —susurró Rosa a mi lado, mirándolas con admiración en los ojos. Su boca se entreabrió en una sonrisa entre dientes, paralizada en medio de la puerta. —. Tienen un hermoso cuerpo. ¡Me encanta! Se nota que este deporte da frutos, eh.
Simplemente me había reído suavemente, sin saber qué decir. Nunca fui una persona que opinara de los cuerpos de los demás abiertamente —aunque sea de buena manera—, a lo cual preferí callarme.
—¿Seguimos paseando? —dije con una sonrisa forzada.
—Claro. No hay problema. —Rosa caminó primero hacia afuera, sin percatarse de mi incomodidad, y yo la seguí al segundo.
Al rato entramos a uno de los edificios. Caminamos despacio por los pasillos. En las paredes había cuadros de hace décadas, recuerdos de alumnos, trofeos exhibidos con orgullo. Me detuve a mirarlos: estaba empezando a conocer el lugar donde pasaría los próximos años.
A lo lejos nuestra atención fue llamada. Un grupo de estudiantes se hicieron presentes en el extenso pasaje, y por sus maneras de caminar daban una vibra que lograba hacer sentir que eran destacables: el consejo estudiantil. Rosa se quedó callada, analizando sus siluetas.
—¿Y esos?
—No sé. Ni siquiera me interesan. —Giré los ojos y seguí leyendo las paredes, con ella de pie a mi lado medio escondida para la vista de ellos.
Habían ingresado a tutoría. El grupo era de 5 estudiantes: 3 varones y 2 mujeres.
—No sabía que acá también existe eso del Consejo Estudiantil.
—Yo tampoco... —Mis ojos se mantuvieron entrecerrados hacia donde se habían metido, disociando por unos segundos. Regresé a la realidad con un sonido detrás mío: Rosa comprando en una máquina expendedora de snacks. Me causó un poco de gracia verla ahí de la nada esperando a que cayera el snack.
—¿Cuánto está? —Apenas llegué a su costado clavé los ojos en el mismo punto que ella dentro de la máquina. —Ah, acá vi el precio. Ignóralo.
Un carraspeo sonó posterior a eso, viniendo de Rosa, quien me estaba mirando de reojo con la comisura del labio levantada.
—¿Qué me apuestas a que los del Consejo Estudiantil no están bonitos? —agregó, inclinándose hacia mí y olvidando el envoltorio trabado dentro de la máquina.
—Pues, tienen su encanto creería yo.
—¡Nunca vi unos chicos tan lindos como esos!
—¡Cállate, no grites! —murmuré entre dientes, regañándola, abofeteando su brazo.
—Ay... Tampoco es para pegarme... —Formó un puchero y ojos de perrito, girando su mirar a la máquina. —Maldita porquería, no sale de la máquina.
Simplemente exhalé una suave risa, girando los ojos y mirando la extensión de lo que es el pasillo, sin movimiento. Aunque tenga buena iluminación no le quitaba el efecto de "abandonado" o... tétrico, misterioso.
—A ver que te ayudo. —Me acerqué a Rosa, apartando su cuerpo con un suave empuje.
Mis manos tomaron los costados de la máquina, empezando a inquietarla con vigor. El envoltorio no optó por colaborar, a lo que opté por aumentar mi fuerza.
Sin que las dos lo esperáramos, una voz bastante gruesa se presentó a lo lejos, haciéndonos voltear hacia esa dirección, deteniendo mis movimientos. Era un adulto partícipe de la universidad, correspondiente a la parte de tutoría. Mi cerebro reaccionó antes que mi cuerpo, por lo que mantuve mis manos en donde las tenía posicionadas, pero procesando la apariencia del hombre, conmocionada.
—¿Qué están haciendo? —espetó desde la distancia, acercándose a nosotras con pasos firmes y acusadores.
Rosa no sabía qué hacer, agitando las manos levemente en el aire, cerca de su pecho.
—¡No estamos haciendo nada malo, señor! ¡Disculpe la molestia! —persuadió avergonzada, o al menos lo intentó.
—¡Van a romper esa máquina! —gritó apenas llegó a donde estábamos, inspeccionando el vidrio y el interior. Yo sin darme cuenta averié la máquina: rallones en el vidrio y algunos resortes chuecos. Rosa y yo intercambiamos miradas perplejas detrás del hombre, inmóviles, sin saber qué hacer. —Van a tener que hablar con la rectora por esto. ¡Al rectorado! —declaró el hombre como orden. Un escalofrío nos acarició la espalda en compañía de un pequeño salto por su grito, sin hacer nada más que caminar hasta allá con los hombros encogidos y la mirada gacha, con los labios sellados y él detrás nuestra. No era muy lejos; estaba en el mismo pasillo donde acontecieron las cosas.
—Entren.
Hicimos caso sumiso, observando una decoración que integraba lo industrial y minimalista. En medio de la mesa, sentada, estaba la rectora, atendiendo papeleo de unas cuantas carpetas. Ni siquiera se molestó en mirarnos, concentrada en su mundo.
—Señora, le traigo a estas alumnas. Estuvieron en el pasillo actuando de mala manera. —comentó el canoso con los brazos cruzados detrás de sí mismo, a la vez detrás de nosotras, ya plantadas en las sillas frente de ella. De igual forma ni siquiera levantó la cabeza, ni detuvo su lapicera sobre las planillas.