La cama me estuvo haciendo ojitos.
Me costó levantarme a la hora de siempre. ¿Quién me mandó a anotarme a una carrera? Afortunadamente anoche no terminó tan mal en comparación de lo que ocurrió a la mañana.
Salí de casa después de higienizarme y vestirme, con los auriculares puestos camino directo a la universidad. No estaré atenta en oídos, pero sí en vista a mi alrededor; no terminar atropellada por casualidad...
Pasando por la avenida me topé con Rosa. Estaba dentro de la panadería famosa de ahí, donde ella a veces compra cuando viene por esta dirección a la universidad. La vi hablando con una de las abuelitas que siempre están en la tiendita a la esquina de por ahí donde estudiamos.
—Rosa, hola —Apenas me acerqué a ella la llamé con una voz más aguda de lo habitual —. ¿Qué haces aquí?
—Holaaaa, Michelle. Venía a comprar algo de paso por acá y me encontré a doña Elvira, a quien siempre encuentro en donde siempre compro para los desayunos, ¿viste? —Apenas se volteó y me reconoció con la voz sonrió, tomando la mano de la señora con ambas de las suyas.
—Hola, doña Elvira. Un gusto verla por aquí. —Asentí con la cabeza y las comisuras de mi boca hacia arriba, viendo como hacía el mismo gesto que yo.
—Buenas, hijita. El gusto es mío.
Rosa nos miró a las dos como orgullosa de nuestro encuentro.
—Bueno, doña Elvira, nos tenemos que ir a la facultad. La veo después. —Se despidieron con un beso en la mejilla y yo hice lo mismo, siguiendo a Rosa camino a la universidad.
—¿Cómo dormiste?
—Pues, bien, por suerte. Ayer a la noche no fue tan pesado el trabajo, gracias a Dios.
—Bien ahí entonces. Yo ayer tuve que rectificar un papel viejo que tenía un error. Todo un embole. Para colmo después tenía que estar sacando una partida de nacimiento para otro trámite... —Me había rodado los ojos. Se le re notó frustrada con el tema con solo comentarlo por encima.
—No me imagino... bueno, yo por suerte ahora no tengo que estar haciendo esos papeles —Agradecí internamente por eso, hasta que se me detuvo el corazón en un pequeño salto —. Ay, no... me acordé de lo del tema de la máquina esa...
—Uy, es verdad... —comentó apenada, mirando como me tocaba la frente con la mano.
—Bueno, no quiero pensar ahora en eso... Se lo dejo a mi yo del futuro.
Por fin llegamos a la facultad después de la corta caminata desde el encuentro con doña Elvira. Rosa se tuvo que desviar para presentar papeles pendientes a Alumnado según ella, y yo me dirigí a la zona de los casilleros. Quién lo diría, casilleros para los alumnos en esta universidad. Pensaba que solo habían en Estados Unidos o algo así.
Me saqué el auricular del oído. El otro lo tenía libre ya que le había prestado mi auricular a Rosa en el camino. Analicé mis horarios de clase y me acomodé con los libros, ya con los auriculares guardados y los oídos libres, escuchando el alrededor. Sin querer empecé a centrarme más en lo que la gente decía. Murmullos por todos lados, conversaciones mezcladas y casi sin poder descifrarse al menos una. Cerré la puerta y caminé hacia el baño, teniendo que pasar todo el largo del pasillo hasta allá.
No sé si fui yo o qué, pero sentía ojos sobre mí, palabras referidas a mi persona, y hasta la mención de la palabra "máquina". ¿Estaban hablando del embole de ayer? ¿Cómo fue que "TODOS" se enteraron o se iban enterando? El pasillo en ese momento no estaba lleno. Al contrario, estaba vacío: solo Rosa, el hombre ese y yo.
Ingresé a los baños, abrazando mis libros y con la cabeza levemente hacia abajo, queriendo entrar a mi mundo e ignorar a los que estaban en el pasillo. Miré mi reflejo, arreglándome el pelo con los dedos después de dejar las cosas a un lado encima del lavamanos. ¿Por qué todos estaban actuando así ahí afuera?
Salió una chica de uno de los cubículos, y otras ingresaron al baño, hablando entre sí. Tomé mis cosas para darles espacio, deseando no haberme separado de Rosa. Se acercaron todas al lavamanos y, mientras unas se miraban al espejo, otras se lavaban las manos. Antes de salir una me había dirigido la palabra.
—Oye, ¿tú eres la de la máquina de ayer?
¿Qué? ¿La máquina de ayer? ¿Cómo sabe eso esta rubia si estábamos solos en el pasillo ese?
—¿Disculpa? —Apropósito le hice una mala cara, ladeando un poco la cabeza mientras intercalaba mi mirada entre ella y su grupo de amigas.
—¡Sííí! La chica que averió la máquina expendedora y la llevaron a la oficina de Patricia. —Todo lo estuvo comentando con una sonrisa. No sé si se estaba burlando o qué, pero se cruzaba de brazos o ponía las manos en las caderas. Otra cosa no hacía.
—Discúlpame, pero eso no debe de ser tu problema, con todo respeto.
Simplemente me fui apenas terminé de hablar, para que no le de tiempo de reaccionar y menos de dirigirme la palabra nuevamente.
No podía ser posible. ¿Cómo se fueron enterando? Todavía no lo podía creer, y menos razonar bien en mi cabeza. Caminé directo hacia donde sabía que Rosa estaría posiblemente, y sí estaba de manera afortunada. Me acerqué a ella, abrazando mis libros y la mochila colgando en mi espalda. Estaba hablando con la señora del Alumnado por el tema de los papeles, y apenas esta se dirigió a chequear algo en su computadora Rosa me habló.
—Ya estoy por terminar acá, ¿sabes? —Lo comentó tan tranquila, ajena a lo que había pasado de camino al baño y dentro de ahí.
—Están todos raros ahí. Ya no quiero estar más por acá...
—¿Qué? ¿Por qué dices eso, Michelle? —Me miró con el ceño fruncido, volteando por completo su cuerpo hacia mí pero con las manos aún en la mesa improvisada de la ventana.
—No sé cómo todos saben lo que pasó ayer, y encima una chica en el baño me preguntó directamente si era yo la chica que descompuso la máquina...
—Sin vergüenza que es. ¿Cómo va a preguntar eso así directamente? —Se había molestado bastante, y no se molestó en ocultar la mala cara. La señora regresó a entregarle algo para que firme y lo hizo rápidamente, despidiéndose y caminando lentamente por el espacio hacia la sala donde íbamos a tener clases.