Pasillos

Capítulo 5

Clase de Dibujo Técnico. ¿Por qué siempre se me tienen que romper las esquinas de las hojas a causa de la cinta de papel mal pegada en el tablero?

Rosa me había estado prestando varias hojas cada vez que una se me dañaba, mirándome de reojo y diciéndome que inhale y exhale para seguir con mis intentos. No parece costarle mucho, aunque sea espontánea sabe manejarse emocionalmente muy bien.

—Maldita hoja. —murmuré a su costado, rompiendo la hoja por quinta vez en la clase.

—Michelle, tranquila. Si te dejas llevar por tus emociones es más fácil actuar por medio de la frustración... —Rosa me miró dejando de mover el lápiz, solo moviendo la cabeza hacia un lado pero para mirarme.

—Es fácil para ti decirlo porque tú sabes cómo manejarte.

—Ya sé, pero yo también fui como tú —mencionó entregándome otra hoja, mientras yo mantenía la mano ya levantada esperando para agarrarla—. Pero si mantienes eso en mente y pones tu voluntad para cambiar por tu bien vas a lograrlo, o eso quiero creer...

Todo lo mencionó con una sonrisa, para luego volver su atención al tablero bajo ella, siguiendo con su plano perfecto y paciente. Yo seguí con el plano, aplicando las palabras que Rosa me había comentado. La clase había terminado para luego de unos minutos, y fuimos casi las últimas en salir del salón.

Nos dirigimos al kiosco del primer piso, buscando algo para calmar el hambre que empezaba a presentarse. Ella se compró un turrón y yo un alfajor, agregando algún agua saborizada y un paquete de galletes. Posterior a eso nos dirigimos al exterior y nos sentamos un rato en una de las mesas solitarias de por allí.

—No sé qué voy a hacer con lo de la máquina... —Me crucé de brazos sobre la mesa, acunando mi mentón entre ellos y mirando a lo lejos.

—Michelle, deja de mencionar a cada rato ese tema. Te va a hacer mal pensarlo tanto. Concéntrate en otra cosa. —Estaba abriendo la botella para darle un trago.

La miré de reojo, suspirando por la nariz y volviendo mi mirada al horizonte.

—Dices eso porque no es tu problema diario. —Usé la firmeza de mi voz para decirlo, y eso causó que Rosa gire de repente la cabeza hacia mí, con el turrón a medio abrir.

—¿Disculpa?

—Sí, porque si fuera también tu quilombo estaríamos hablando de eso todos los días para encontrar una solución. Pero como es MI problema ni siquiera te interesa al parecer. —No le dirigí la mirada por más de 3 segundos, pero no tuve problema en demostrar mi ceño fruncido.

—Michelle, ¿qué te pasa? —preguntó indignada, al parecer atacada, manteniendo el ceño igual que el mío. Ni siquiera se molestó en seguir abriendo el envoltorio.

—Y si es la verdad. Tú también estuviste ahí en la máquina. Ni siquiera te molestaste en defenderme frente a la rectora. —La señalé, sin molestarme en levantar el codo de la mesa.

—Fue TÚ idea sacudir esa máquina. Fuiste TÚ quien la averió.

—¡Hubieras reaccionado y haberme dicho que no haga eso! Seguro sabías del problema que podía surgir de ahí, pero, ¡noooo! Preferiste quedarte callada y mirar todo, simplemente acompañando.

—Michelle, no tengo que andar como si fuera tu madre detrás tuyo para ir viendo qué cosas buenas y malas haces. Además, ¡ni siquiera me dejaste hablar en la oficina! Tú te quisiste hacer cargo de todo.

Veía cómo apretaba el turrón en un puño, su otra mano aferrándose la botella de agua saborizada, sin dejar de mirarme.

—Pero al menos esperaba un poco de apoyo por parte tuya. No sé, alguna ayuda por salvarte el pellejo.

—¡Te dije que te iba a apoyar en todo!

—Sí, lo dijiste. Pero no me dijiste nada como para que me sirva de ayuda realmente en el tema.

—Tampoco está lindo que a casi todo el tiempo estés mencionando tu deuda. Sí, ya sé que estás endeudada. No tienes que recordármelo todo el tiempo. —Se había levantado de la mesa, aún de pie al lado de su asiento. Miró de reojo alrededor, pareciendo haber visto gente atenta a lo que pasaba, sin importar cuán lejos hubieran estado.

—Me voy. Si vas a andar atacándome de esa forma en vez de cerrar la boca comiendo tu alfajor y un poco de galletas mejor me muevo a otro lugar donde no me estén consumiendo la cabeza. —Las últimas palabras las había mencionado con más firmeza y fuerza, alejándose de la mesa con el turrón y la botella en brazos.

Mi cuerpo no respondía. Es más, me dolía por la tensión que había. No sabía adónde mirar luego de que ella haya desaparecido dentro del edificio. Miré de reojo a los que estaban entremetidos a la distancia, e hicieron un movimiento rápido para ocultarse e irse de la escena. Simplemente me quedé comiendo el alfajor y posterior a eso iban a seguir las galletas, mirando a la nada.

—¡Y esto es mío! —espetó Rosa apareciendo de repente a mi lado, tomando con fuerza las galletas que había comprado. Había desaparecido definitivamente dentro del edificio después de esto, y yo quedé sola en esa mesa, bajo la sombra de uno de los árboles más anchos del campus.

Empecé a contar cuántos granos en la baldosa tenía la mesa, a veces desconcentrándome por los grupos de estudiantes que pasaban por ahí. El movimiento de la naturaleza siguió a mi alrededor, el viento a veces enloquecido con ponerme el pelo en la cara, u olvidándome de que los pájaros arriba mío sobre las ramas de los árboles podían desechar sobre mí. La silla, a pesar de que yo estaba sobre ella, empezó a sentirse fría, como que si de sentarse sobre un asiento de mármol en invierno se tratase. Cuando me cansé de contar miré los bordes de la mesa y parecía más grande, más extendida, que me mareó. Parpadeé varias veces para enfocar mi mirada sobre ella, y la moví hacia el edificio del costado, el cual parecía más grande, más misterioso y desconocido. Un escalofrío me acarició la espalda, y realmente no sentía frío en ese día soleado. Decidí levantarme, sin fijarme la hora y los minutos pasados ahí, y me fui de ese espacio porque el sol empezó a golpearme la espalda gracias a que la sombra dejó de cuidarme.




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