Me incliné de golpe hacia adelante, en dirección al suelo, para salvar mi celular del impacto contra este. Mi corazón saltó contra mi pecho, parecía que me iba a dar un ataque en el momento. Mis manos recibieron una oleada de sudoración que se habrá sentido solamente por un segundo.
Salvé el celular y casi me voy hacia adelante debido a que no ubiqué bien mi pie para sostenerme. Cuando me estabilicé me volteé a mirar hacia donde había sentido ese aliento, con el celular mal agarrado entre mis dedos levemente golpeados y doloridos, pero salvado. Era una rubia, sonriendo, de pie en donde estaba después de lo que me pasó.
—Ey, ¿estás bien? —preguntó sonriente, pareciendo que se aguantaba una pequeña risa, con las manos sobre las caderas. Iván y los otros dos simplemente la miraron, y yo aún sentía mi corazón inquieto dentro de mí, pero relajándose de a poco. Simplemente le asentí, respirando por la boca.
—Esa no es forma de aparecerse —murmuró Iván con una sonrisa entre dientes, manteniendo su postura demasiado relajada—. Qué linda presentación te hiciste.
La chica simplemente se rio, saludando con gestos de mano entre las de Laura y Marco.
—Sabes que soy así. Ya es una costumbre.
—Deberías de dejar de inquietar un poco a las personas con esas mañas tuyas... —Laura reía, cruzándose de brazos mientras la miraba saludar a Iván, para que luego la joven se dirija a mí.
—Así que, tú debes ser Michelle, por lo que vi que escribías a mi número. —Extendió su mano hacia mí, buscando ese clásico saludo, guardando la otra libre en su bolsillo. No dejaba de sonreír. Era un poco rara.
—Sí, mucho gusto —comenté apenas extendí mi mano hacia ella, estrechándola con la suya—. ¿Y tú eres...?
—Jezabel. Mucho gusto. Soy de parte del Consejo Estudiantil. —Todo lo escupía de manera bastante animada. Se me hizo incómodo una actitud tan impulsiva y extrovertida, pero recordé que la gente puede ser así y no hay que juzgarlos.
—Tú necesitas aún a alguien para tu puesto libre de repartidor, ¿no? Porque yo quería ver si podía pedir para trabajar para ti. —Guardaba el celular por mientras, para evitar otro posible incidente.
—Me imagino que mi amigo Iván te contó —señaló al pelinegro mirándolo de reojo para luego volver a mirarme—. Pues, sí. ¡Pero no es nada pesado! Al contrario, quiero que sea bastante flexible para quien quiera ajustarse a este mini trabajo.
Me giré a mirar a Iván a ver qué hacía; Laura y Marco estaban con sus celulares y hablando un poco entre ellos. Él me miró con los brazos cruzados y una sonrisa.
—¿Ves? Te dije que no iba a ser pesado.
—Veo que te mencionó eso —comentó Jezabel mirándonos a ambos, ignorando a los otros dos detrás de ella—. Si quieres puedes aceptar el trabajo. Yo no tengo drama, eres bienvenida. Solo te digo que trabajas dándome una mano en tus horarios libres de la universidad y el trabajo. No hay un horario laboral súper fijo en esto.
Incliné mi cabeza hacia un lado de manera ligera desde que empezó a comentar ese detalle. Ni siquiera dudé en rechazarlo.
—Claro. Me gustaría tener este trabajo. —Después de un largo rato le sonreí.
—¡Joya! Entonces, ¿no tienes problema con empezar esta noche? ¿Tienes vehículo o manera de transportarte? Te puedo prestar una bici, eh. Siempre para tu comodidad. —Se inclinó hacia mí, como más tranquila a pesar de su notoria emoción.
—No tengo nada para esta tarde que tengo libre, supongo... —murmuré encogiéndome de hombros, pero mostrando una sonrisa mutua.
—¡Excelente! Entonces a las 16:15 te espero... en la esquina del café Fresita, frente a la comisaría. ¿Te parece? Así empezamos con lo que tengo pendiente en entrega —explicó rápidamente, para luego mirar a otro lado y presentarme la palma de su mano en una seña de no decir nada—. Aunque... no sé si ese horario y ubicación está bien, jeje...
Simplemente me reí, viendo como el sol se filtraba por la ventana y apenas golpeaba la altura de su mentón.
—Sí, tranquila. Estoy libre a ese horario, y vivo cerca de ahí. Así que voy a estar justo a esa hora.
—¡Bueno! Confío en ti, eh —señaló con su dedo hacia mí, sonriéndome pero a la vez tirándome una mirada de acusación simulada—. Bueno, Iván, venía a buscarte. Necesito hablar con vos sobre unas cosas del Consejo, unas que me dijo Patricia. ¿Te parece?
Iván asintió con la cabeza, de pie en el mismo lugar desde el principio.
—Claro. ¿Necesitas hablarlo en privado o no?
—Sí, en privado.
—Bueno —respondió suavemente, suspirando y mirando al suelo antes de volver su mirada hacia mí—. Discúlpame, Michelle. Otro día te recompenso el paseo turístico.
Simplemente bufé una risa, negando con la cabeza.
—No pasa nada, Iván. Otro día será.
Me sonrió y dirigió su mano hacia mi brazo, dándome una fuerte y rápida caricia que buscaba ser reconfortante. Se fue de allí con Jezabel a su lado, dejándome ahí dentro con Laura y Marco en la mesa, en sus propios mundos. No supe qué hacer en ese momento, sin dirigirles la palabra a los dos, así que me desvié disimuladamente hacia una estantería.
Agarré el primer libro que me llamó la atención, con un bordeado rojo y tapa negra, usando en la letra un tono dorado. "El arte de la manipulación" decía, pero solo acaricié el material con los dedos. Devolví el libro y tomé otro aleatoriamente, uno de color verde similar al lima. Tapa dura, de unos colores pastel combinables con el verde que mencioné, y de título "Alteraciones de la realidad". Me llamaron la atención para llevármelos a casa, pero no me animé a pedir aún permiso para eso.
Cuando iba a devolverlo a su lugar, Laura y Marco se levantaron en silencio de sus asientos y se dirigieron a la salida de la biblioteca, desapareciendo de mi vista. Quedé sola, pudiendo suspirar lo que me estuve guardando un poco.
Después de un buen rato haciendo mis cosas en solitario desde ese momento, en mi mundo, en la ausencia de Rosa.