—¿Iván?
Casi suelto el paquete. Realmente era lo último que se me cruzó por la mente como para esperar a que me abriera la puerta.
Él apoyaba una mano en el marco de la puerta, mirándome con esa sonrisa tranquila de siempre.
—Ah, hola, Mich. Por fin llegas.
Parpadeé un par de veces, procesando lo que estaba viendo.
—¿Qué haces aquí?
Iván soltó una pequeña risa por la nariz, como si la pregunta fuera obvia.
—¿Aquí? —repitió, apoyando el hombro contra el marco—. Pues... vivo aquí.
Bajó la mirada hacia el paquete que tenía entre mis manos.
—Supongo que eso es para mí.
Me quedé mirándolo unos segundos más de lo necesario.
—Pensé que... —empecé, pero no terminé la frase. Iván levantó ligeramente las cejas.
—¿Qué?
Bajé la mirada hacia la etiqueta del paquete.
—La entrega era para Rosa.
Iván frunció el ceño, claramente confundido. Miró hacia el exterior de la casa y luego a lo largo de la calle, hasta detener la vista en una vivienda un poco más adelante. Levantó la mano señalándola.
—Allí es la casa de Rosa.
Volvió a mirarme.
—¿No recuerdas cuando se mudó?
Parpadeé un par de veces. Claro que lo recordaba. Rosa me había avisado hacía unos días.
Lo que no recordaba era haberle dicho eso a Iván, o que Rosa se lo haya dicho, por lo que sé.
—Ah, me habré olvidado, jeje... —murmuré rascándome la nuca y bajando la mirada al paquete en mi mano.
—Tranquila. Es normal que nos pase a todos.
—Ah... bueno. Gracias por decirme. —Me giré para salir en dirección a la casa señalada antes de que pudiera agregar algo más, escuchando a Iván quitándole importancia al infortunio momento con ese tono tranquilo suyo, para posteriormente cerrar la puerta detrás mía.
Mientras cruzaba la calle, no pude evitar pensar en lo mismo otra vez.
¿Cómo sabía Iván lo de la mudanza?
Llegué a la entrada. Toqué el timbre y allí finalmente suspiré como debía hacerlo. Ahí me abrió ella, lo que yo esperaba en la anterior casa. Su expresión neutral cambió a una confundida, manteniendo su mano en el marco de la puerta exactamente como lo había hecho Iván.
—¿Michelle?... ¿Qué haces aquí? —preguntó a la defensiva.
—Hola, te traigo un paquete. —Mencioné suavemente para no parecer lo poco intimidante y molesta que apenas parecía.
—¿Acaso trabajas de esto o algo así? —Tomó el paquete con el mismo ritmo de movimiento que usaba cuando todo parecía normal y bien entre nosotras, sin parecer que anteriormente nos peleamos.
—Sí, bueno... es un trabajo extra por el tema de la máquina. Dinero extra, ¿sabes? —Contesté con la confianza de siempre, evitando mirarla directamente.
Rosa apoyó el paquete contra su cadera.
—Ah. —Hubo un silencio incómodo entre nosotras, todo mientras ella abría el paquete frente a mí luego de rasgar la cinta. Metió la mano y era un cuchillo que hace unos días había mencionado que tenía en mente comprar para su cocina. Me había mencionado que era algo como... Kukri, si no me equivoco.
—Qué buena calidad... —murmuró, inclinando apenas la hoja para que la luz de la tarde brillara sobre el metal.
—Bueno... —murmuré finalmente—. No quería molestarte. Solo estaba haciendo la entrega.
Rosa frunció ligeramente el ceño, volviendo su mirada hacia mí para luego guardar el cuchillo nuevamente en el paquete.
—No es molestia. Solo... no esperaba verte. —Jugueteaba por mientras con una de las esquinas de la caja, esta estando apoyada en su cadera.
—Yo tampoco esperaba terminar aquí hoy. —Respondí con una pequeña risa nerviosa.
Rosa no respondió enseguida. Se quedó mirando el paquete entre sus manos unos segundos más, como si todavía estuviera evaluando el cuchillo dentro.
—Bueno... —murmuró finalmente—. Supongo que a veces las cosas pasan así.
Asentí apenas con la cabeza, sin saber muy bien qué más decir.
—En fin... creo que era la última entrega que tenía. —Comenté, señalando con un gesto distraído la bicicleta apoyada contra la vereda.
—Entonces te tocó terminar cerca de aquí.
—Sí... supongo que sí. —Me volteé, bajé los escalones de la entrada y caminé hacia la bicicleta.
—Michelle.
Volteé la cabeza hacia ella apenas dijo mi nombre, con las manos en los manubrios del vehículo.
—Gracias por traerlo.
Simplemente asentí con la cabeza y le sonreí, volviendo mi mirada hacia donde anteriormente estaba antes de retirarme del lugar, dejando a Rosa en la entrada de su casa y con el paquete en manos.
Subí a la bicicleta y empujé los pedales con un poco más de fuerza de lo necesario, alejándome de la casa de Rosa. La calle estaba tranquila, pero la conversación seguía repitiéndose en mi cabeza. No recordaba haberle contado a Iván lo de la mudanza. Tal vez Rosa se lo había dicho, aunque, que yo sepa, no son amigos o algo así. O tal vez simplemente me estaba complicando demasiado por algo sin importancia.
Miré la hora en el teléfono sujeto al manubrio de la bicicleta. Las entregas ya habían terminado por hoy. Aún tenía que pasar por la cafetería. Giré en la siguiente esquina y tomé la avenida que llevaba al centro. El aire de la tarde era más fresco ahora y el tráfico empezaba a aumentar.
Pedaleé durante unos minutos más, dejando atrás el barrio de Rosa. A medida que me acercaba al centro, el ruido de los autos y de la gente reemplazaba poco a poco el silencio de la calle anterior. Aun así, la duda seguía ahí, clavada en el fondo de mi cabeza.
Iván sabía lo de la mudanza.
Sacudí la cabeza. No tenía sentido seguir pensando en eso. Cuando llegué a la cafetería, el reloj marcaba las seis menos cinco. Empujé la puerta de vidrio y el olor a café recién molido me golpeó casi de inmediato. La máquina de espresso silbaba detrás del mostrador y varias mesas ya estaban ocupadas. Levanté la mirada hacia detrás del mostrador casi por reflejo. Iván no estaba ahí.