—Disculpe. ¿Qué?
Lo miré frunciendo el ceño de forma extraña, cruzándome de brazos, sin aplicar siquiera apenas presión. ¿Manipulados? No quería creer lo que el señor buscaba referirse.
—Claro. Un sacudón no pudo haber dejado esa apariencia en el interior. Ni siquiera creo que alguien tan fuerte para sacudirlo podría dejar esos daños. —Mencionó con la mirada hacia un costado, en el piso, encogiéndose de hombros.
Quedé callada, mirando a la nada y procesando lo que él había mencionado, buscando qué decir. No dije nada al final en un largo minuto.
—Perdón, señorita... ¿Michelle, puede ser? Pero, como usted está en este tema, me sentí en la responsabilidad de comunicarle lo que vi. Trabajo en esto, y usted debe de estar al tanto de lo que hay en el interior de lo que se supone que, en teoría, usted averió.
Asentí con la cabeza, suspirando y rascándome la nuca.
—Sí, señor. Muchas gracias por avisarme. —Exhalé volviendo a mirar sus ojos al llevar la cabeza levemente hacia atrás, manteniendo una expresión en la que buscaba reflejar comprensión y agradecimiento.
Sonrió y asintió con la cabeza.
—Bueno, señorita. Tengo que ingresar a seguir con lo que estaba. No le quito más tiempo.
—Lo mismo digo. Adiós, y muchas gracias. —Respondí saludándolo levemente con la mano, volteándome para regresar a la bicicleta tirada al borde de la calle.
¿Manipulada? No, no quería creerlo. ¿Quién habría hecho algo así? ¿Fue algún plan? ¿Alguna trampa? ¿Alguna mala configuración? ¿Mal mantenimiento? No... El señor Héctor debe de tener experiencia de hace años, y se nota que es un buen hombre. No confío en que él haya sido responsable de un mal manejo en esto...
—¿Iván? Hola —saludé con el celular en la oreja luego de marcarle—. ¿Estás libre?
—Hola. Sí, sí. Recién salgo de la clase de las 13:30 y estoy a nada de casa. ¿Qué pasó?
—Me habló el señor este que se encarga del mantenimiento de las máquinas de la universidad. ¿Podemos juntarnos?
—Sí, sí, no hay drama. Ven ya si quieres.
Luego de unos minutos toqué su puerta, con la bicicleta pegada a la pared del costado de su casa. La abrió lo que parecía en menos de 10 segundos, y me recibió sonriente.
—Me dijo que fue, al parecer, un saboteo. —Confesé con la mirada hacia abajo luego de habernos instalado en su sofá, frunciendo el ceño levemente y dejando mis manos flácidas, con los codos sobre mis rodillas.
Su expresión cambió a una confundida y desconcierto, mirándome con el mismo ceño que el mío. Me miró de arriba para abajo, en el asiento a mi lado, notándose que le había pasado lo mismo que a mí cuando el señor Héctor me comentó la noticia.
—¿Saboteada? —murmuró mirándome a los ojos, recostándose en el respaldo, con las manos sobre sus muslos y la mirada en la mesa del centro—. ¿No podría ser, sin querer, una mala instalación de los componentes? Podría ser eso y lo estarán tomando como que fue intencional, no lo sé.
Fruncía más el ceño, como que si su mente enfocada a la abogacía que estaba estudiando le buscara la quinta vuelta a lo que nos enteramos.
—No creo, Iván. El señor Héctor tiene años trabajando ahí. No parece alguien que se confunda con algo así.
Se quedó callado, como analizando la situación. Se cubrió la boca con los nudillos, mirando a la nada.
—No sabría qué decirte... —murmuró—. No entiendo lo que podría haber pasado, la verdad.
—Yo tampoco llego a entender, en serio. Trato de pensarlo pero la cabeza no me da. Tengo mucho estos últimos días, y para colmo tengo que pagar el alquiler. —Me pasé una mano por el rostro, rodando los ojos y tirando la cabeza hacia atrás contra el respaldo.
—¿No hay cámaras o algo por ese pasillo donde está la máquina? —Finalmente me miró, quitándose la mano de la boca.
Volteé a mirarlo, encogiéndome de hombros.
—Supongo que sí. Debe haber si es una institución educativa.
Entrecerró los ojos y volvió a mirar a la nada. Mantuvo una expresión seria, mirando el florero pequeño que estaba frente a nosotros. Las comisuras de sus labios bajaron levemente, con el antebrazo sobre el reposabrazos acolchado.
—¿Sabes...? —murmuró, sin mirarme—. La gente con experiencia también se equivoca. No pienses que porque sepan algo hace años signifique que no puedan cometer un error.
Mantuve mi mirada en él, hasta que la bajé, apretando los labios. Solo se escuchó por un momento el sonido del reloj de la pared detrás nuestra.
—Lo sé, y eso me deja con más dudas de lo ocurrido...
Iván dejó escapar un pequeño suspiro por la nariz, todavía mirando el florero.
—Si realmente fue sabotaje... —murmuró— entonces alguien quería que pareciera tu culpa.
Levanté la cabeza lentamente.
—¿Mi culpa?
—Bueno... —se encogió de hombros—. Tú estabas ahí cuando pasó. Fuiste la que sacudió la máquina. Si algo estaba mal adentro, es fácil que piensen que lo rompiste tú.
Sentí un pequeño peso en el pecho.
—Pero yo no hice nada de eso...
—Lo sé —respondió enseguida, levantando una mano como calmando la situación—. Solo digo cómo lo verían los demás.
Volvió a mirar la mesa, pensativo.
—A veces cuando alguien quiere meterte en problemas... lo único que tiene que hacer es empujarte un poquito.
Lo miré de reojo, en silencio, manteniendo mi rostro de una forma que trate de no mostrar ninguna emoción. Volteé a mirar la ventana, apoyando la sien en la palma de mi mano, con el codo sobre el reposabrazos. Suspiré hondo, pero tratando de no hacer ruido para que Iván no note que hice tal gesto.
—Ya quiero que todo termine... —murmuré—. Ya no doy más...
—Ya va a terminar, Michelle. No te preocupes. Sé fuerte. —Respondió con una suave sonrisa, inclinándose a acariciar mi rodilla en un gesto animado, mirándome a los ojos con una calidez que demostraba su apoyo hacia mí.
Simplemente le sonreí luego de dirigirle la mirada, posando mi mano sobre la suya.