Pasillos | Finalizado

Capítulo 9 | Perdición

Me dirigí a lo de Jezabel, tratando de acostumbrar mi rodilla al constante movimiento de mi piel herida sobre ella. Dejé la bicicleta justo en la entrada al ingresar y extrañamente había más gente de lo habitual moviéndose. El piso de madera sonaba con cada paso, y yo me sumé al movimiento subiendo las escaleras en búsqueda de Jezabel. Llegué a su oficina y levantó la mirada de donde estaba: sobre su escritorio.

—Michelle, por fin llegas.

—Vine lo más rápido que pude, Jezabel. ¿Qué es lo que pasa? —Respondí cojeando levemente, acercándome a su escritorio hasta estar frente a ella.

—Mira, me dejaron estos paquetes. ¿Puedes hacerme el favor de entregármelos? —Volvió a bajar la mirada a la planilla sobre la mesa, apuntando los renglones con el índice mientras movía el dedo, bajándolo.

Simplemente murmuré un sí, observando los paquetes que iban intercalando los tamaños. Eran alrededor de unos 5, todos con apariencia de ser manejables sin el uso de bolsa.

—Acá tengo las direcciones anotadas en un papel.

Tomé la nota que me había extendido sin dirigirme la mirada, bastante movida con el lápiz que tenía entre los dedos. Simplemente tomé los paquetes, acomodándolos bien para que ninguno cayera del soporte de mi brazo e iniciar mi camino.

Tomé la bicicleta y revisé las calles, mentalizando un mapa antes de empezar a pedalear para unirme al asfalto de la calle.

Tuve que detenerme a un costado, mi celular vibrando en mi bolsillo. Lo saqué del pantalón y revisé: era Rosa. Me estaba llamando. Atendí la llamada, levantando la mirada hacia lo que quedaba de calle frente a mí.

—¿Hola? —Fruncí el ceño, mirando el césped en la vereda, que no crecía en el borde de la calle ni de casualidad.

—Ey, Michelle.

—Rosa, ¿qué pasó?

Al otro lado sonaba el silencio. Irónico.

—¿Para quién estás trabajando?

¿?

—Rosa, ¿por qué me estás preguntando eso?

—¿Para QUIÉN estás trabajando?

—Rosa, no entiendo.

—Michelle, dímelo. Por favor.

—Para una chica que se llama Jezabel. No sé si la conoces.

...

—Michelle, ¿por qué para ella?

—Me ofrecieron el trabajo. Sabes que necesito para pagar lo que tengo pendiente de la universidad.

—¿No tienes otra opción más fiable?

—Rosa, ni siquiera me ayudaste en lo económico con respecto al tema. No vengas a reclamarme un trabajo donde, a pesar de todo, estoy para conseguir ese dinero extra que necesito.

—¿Encontraste ese trabajo tú sola? ¿O quién te recomendó el trabajo? ¿Iván?

—Qué te importa.

—Michelle, por favor. Te estoy preguntando solamente.

—Pareces acusadora. ¿Estás celosa de algo acaso?

—No sé qué quieres pensar. Estoy preguntando por ti.

—Tenemos que hablarlo cara a cara. Voy para tu casa.

—Michelle, no. Ahora no puedo. Ven mañana u otro día. Ahora estoy ocupada.

—Yo también. Tengo que hacer unas entregas.

...

Antes de seguir hablando me cortó la llamada.

Miré indignada la pantalla del celular, sin creer lo que había pasado. Quedé sobre la bicicleta por unos segundos, mirando cada parte de esta mientras pensaba. Lo guardé en el mismo bolsillo y salí hacia donde tenía que entregar cada paquete.

No pareció pesado. El tiempo voló. Solamente eran 4 paquetes.

Ni siquiera le mandé mensaje a Rosa. Fui directo a su casa.

Al llegar allí miré de reojo la casa de Iván al otro lado de la calle. Aún mantuve mis manos sobre los manubrios, pensando en qué hacer al ingresar a la casa de Rosa si es que se me permitía. Bajé del vehículo y lo dejé a un costado, acomodándome la ropa antes de empezar a subir los pocos escalones que la entrada tiene.

Toqué la puerta, suspirando para calmar mi inquietud. El picaporte tembló al compás de la cerradura sonando y la puerta se abrió, mostrándose ante mí a Rosa con su delantal apenas empezando a desgastarse, de un color verde pastel. Tenía el cabello amarrado, y su expresión al verme fue de sorpresa.

—Michelle, te dije que estoy ocupada. Podrías haber venido mañana...

Se mostró ligeramente angustiada, acercándose solamente dos pasos ligeros mientras se mantenía recostada en la puerta, y una de sus manos mantenía ese cuchillo que había pedido por encargue y yo se lo entregué.

—Rosa, tenemos que hablar... —murmuré suavemente, inclinando la cabeza hacia un lado y mirándola a los ojos, manteniendo mis manos en los bolsillos del pantalón—. Hace rato ya vengo pensando en que tenemos que aclarar la pelea ocurrida en la facultad.

Apretó los labios, mirando en dirección a la calle detrás mía, para luego volver a mirarme con la misma expresión.

—Te extraño... No quiero que sigamos así de tensas la una con la otra... Quiero que aclaremos las cosas...

Permaneció en silencio.

—Bueno, pasa. —Se hizo a un lado, indicándome con el brazo que pase y dirigiendo su mirada al suelo.

Pasé, y apenas pisé el interior noté que estaba él. Iván.

—¿Iván? —Me detuve en seco, mirándolo como si no perteneciera allí.

Estaba de pie a un lado de la isla de la cocina de Rosa, mirándome con las cejas alzadas.

—¡Michelle! No esperaba que vinieras.

—¿Por qué estás aquí?

Rosa cerró la puerta detrás mía, caminando hacia la cocina que conectaba en una misma habitación lo que también era el living.

—Vino a... hablar. —Mencionó mientras caminaba, para luego voltearse a mirarme con una expresión suave pero a la vez que se inclinaba a la seriedad.

Permanecí en silencio, asintiendo con la cabeza y mirando a otro lado. La mesa del living, entre la televisión y el sofá, estaba ordenada. En el sentido de que solo la adornaba el florero que siempre acompañaba a Rosa desde que la conozco. La cocina tenía presente una tabla de madera, algunas verduras y de fondo una olla a, lo que parecía, fuego bajo. Los dos estaban cocinando juntos.

—Y... ¿Qué están cocinando? —pregunté para aligerar el ambiente, mirando de reojo la televisión para luego mirarla a ella—. Hay un muy buen olor, sinceramente.




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