Pasión Escalofriante

Capítulo 6: El día después

Desperté antes que él.

La luz de la mañana se colaba entre las persianas, pintando rayas de oro sobre su espalda desnuda. Julián dormía de lado, el rostro relajado, los labios entreabiertos, como si aún habitara un sueño que no quería abandonar.

Me quedé mirándolo.
No por curiosidad.
Sino por vértigo.

Había algo profundamente íntimo en observar a alguien así: sin defensa, sin poses. Verlo dormido fue, quizás, más revelador que todo lo que pasó anoche.

Me levanté con cuidado, buscando no despertarlo. Caminé hasta la cocina envuelta en una de sus camisas, esa de lino blanco que me había parecido peligrosa anoche. Olía a él. A deseo contenido y a silencios largos.

Mientras el café se preparaba, me descubrí sonriendo. No era una sonrisa eufórica. Era suave. Casi tímida. Como si mi cuerpo estuviera agradeciéndome por haberme permitido sentir.

—¿Siempre sonríes así por las mañanas o es culpa mía?

Su voz me sobresaltó.

Giré. Estaba apoyado en el marco de la puerta, con el cabello revuelto y una mirada entre dormida y hambrienta. Tenía ese aire desordenadamente hermoso que solo tienen los hombres cuando no se dan cuenta de que están siendo observados.

—No lo sé… —respondí, bajando la mirada—. No suelo quedarme a dormir.

Él se acercó sin decir nada más. Tomó una taza, sirvió café, y me la ofreció.

—Entonces gracias… por haberte quedado.

Hubo un silencio breve, pero cargado.

—¿Y tú? —pregunté—. ¿Sueles invitar mujeres a pasar la noche?

Me miró, serio. No ofendido, no molesto. Solo… honesto.

—No. Pero contigo fue distinto desde el primer momento. No te busqué por deseo. Te busqué porque algo en ti me desafía. Me asusta un poco… y me atrae aún más.

Tragué saliva. No supe qué responder.

—No quiero presionarte —agregó—. Pero tampoco quiero fingir que esto fue solo una noche bonita.

Me acerqué. Apoyé mi frente en su pecho. Sentí el latido tranquilo de su corazón. Cerré los ojos. No por cansancio. Sino porque me costaba sostener tanto vértigo despierta.

—No fue solo una noche —le susurré.

Él me abrazó.
Y en ese abrazo, entendí algo.
Habíamos cruzado un umbral.
Y ya no podíamos volver.




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