El espejo del ascensor siempre ha sido mi peor enemigo, un recordatorio implacable de todo lo que intento ocultar. Hoy, mientras subo a la última planta de la sede en Milán, el reflejo me devuelve la imagen de una mujer que parece estar a punto de romperse bajo el peso de sus propios secretos. Llevo mi habitual traje sastre azul marino, dos tallas más grande, una armadura de tela con la que intento inútilmente camuflar las curvas que tanto me incomodan y que el mundo parece empeñado en juzgar. Mis manos, apretadas contra mi maletín de cuero gastado, tiemblan con un ritmo frenético que delata mi ansiedad.
Hoy es el día del juicio. El día en que el gran Alessio, el hombre cuyo nombre se susurra con temor en los pasillos de cristal, toma el mando directo de la logística del imperio.
Cuando las puertas se abren, el caos me recibe de bofetada, un torbellino de eficiencia fría que caracteriza a la élite financiera de Italia. Teléfonos sonando como disparos, asistentes corriendo con el rostro pálido y una tensión eléctrica que se puede cortar con un cuchillo. Camino hacia la oficina principal, sintiendo que cada paso pesa una tonelada. De repente, un mareo repentino me obliga a detenerme, haciendo que las paredes de mármol giren a mi alrededor. Últimamente, siento que mi mente se desconecta, como si hubiera un cortocircuito en mi alma. Es una sensación aterradora, como si alguien más estuviera empujando desde el otro lado de una puerta cerrada, alguien que no conoce el miedo ni la vergüenza.
—¡Usted! ¡La del café! —Un grito autoritario, cargado de una impaciencia brutal, me saca de mi trance.
Me giro y el aire abandona mis pulmones. Lo veo. Alessio está de pie junto a su escritorio de cristal negro, con la mandíbula tensa y una elegancia que resulta casi ofensiva. Su mirada, fría como el acero, recorre mi cuerpo con un desdén tan evidente que siento que la piel me arde bajo la ropa. No soy lo que él esperaba para su equipo de élite; no encajo en el estándar de perfección anoréxica que suele rodearlo. Lo leo en sus ojos: para él, soy solo un estorbo visual.
—No soy la del café, señor —respondo, intentando que mi voz no flaquee. —Soy Amyra, la jefa de logística —añado, aunque mis palabras suenan mucho más pequeñas y vulnerables de lo que desearía frente a un depredador como él.
Él suelta una risa seca, un sonido desprovisto de cualquier rastro de humor, y camina hacia mí con la parsimonia de un lobo que ha encontrado una presa fácil. El olor a sándalo, tabaco caro y puro poder me rodea, asfixiándome. Se detiene a escasos centímetros, invadiendo mi espacio vital de una forma que debería ser ilegal, obligándome a inclinar la cabeza hacia atrás para sostenerle la vista.
—¿Logística? —pregunta, arrastrando las palabras con un desprecio que me hace encoger los hombros. —¿Parece que apenas puede cargar con su propia presencia, y espera que crea que puede gestionar los movimientos de mi imperio? —su pregunta es un dardo envenenado directo a mi mayor inseguridad.
El insulto me golpea en el pecho, recordándome cada trauma y cada palabra cruel que he escuchado desde joven. Estoy a punto de bajar la mirada, de pedir disculpas por existir, cuando algo ocurre en lo más profundo de mi ser. Es como una explosión interna. Un calor abrasador sube por mi columna vertebral, consumiendo mi timidez en un incendio repentino. Mi pulso se acelera a niveles peligrosos y, por un segundo, el azul de mis ojos parece encenderse con un destello escarlata que no reconozco.
El miedo se evapora, reemplazado por una furia fría, una confianza descarada y una sed de sangre que Amyra nunca ha sentido.
Doy un paso adelante, acortando la distancia que él mismo había impuesto, invadiendo su territorio. Por primera vez, es Alessio quien parpadea, sorprendido por el cambio repentino en mi postura. Mis hombros se yerguen y mi barbilla se levanta con un orgullo que nunca he poseído.
—Mi capacidad de carga no es algo que usted pueda juzgar por la talla de mi falda o el ancho de mi silueta, señor —suelto, con una voz que ya no me pertenece, una voz que suena a seda prohibida y a una amenaza latente. —Si quiere resultados, deje de mirar mi cuerpo con ojos de juez y empiece a mirar mis números con ojos de empresario. O quizás… —hago una pausa deliberada, dejando que mi mirada recorra su rostro perfecto con una audacia pecaminosa—, es que le asusta que una mujer como yo sea más inteligente, más capaz y mucho más peligrosa de lo que sus prejuicios le permiten ver.
El silencio que sigue es sepulcral, el tipo de silencio que precede a una tormenta en los viñedos de Italia. Los empleados de afuera han dejado de respirar. Alessio me observa, pero ya no hay desdén en su mirada; ahora hay una curiosidad peligrosa, un fuego oscuro que empieza a arder en sus pupilas. Es como si acabara de descubrir una grieta fascinante en un muro que creía impenetrable.
—Vaya… —murmura, y su voz baja un octava, volviéndose una caricia ronca que me eriza el vello de la nuca. —Parece que hay fuego bajo toda esa tela sobrante, Amyra. Un fuego que muerde.
Siento que mi control empieza a resbalar, que la adrenalina de Violetta se retira a las sombras de mi mente, dejándome de nuevo con el peso de mi propia timidez. Me quedo ahí, jadeando levemente, consciente de que acabo de retar al hombre más poderoso del país y de que, de alguna forma retorcida y oscura, él ha disfrutado cada segundo de mi rebelión.
He cruzado una línea de la que no hay retorno. Mientras él vuelve a su escritorio sin apartar los ojos de los míos, sé que esta no será la última vez que me ponga a prueba, y temo que la próxima vez, la mujer que responda no sea Amyra, sino la asesina que habita en mis sombras.