El eco de mis propias palabras todavía resonaba en mis oídos mientras caminaba a toda prisa por el pasillo de mármol pulido. Mi corazón martilleaba contra mis costillas con tal fuerza que temía que alguien pudiera escucharlo. ¿Qué demonios había sido eso? Yo no era así. Amyra no desafiaba a los hombres poderosos; Amyra se disculpaba por ocupar espacio, bajaba la mirada y contaba hasta diez antes de emitir una opinión. Sin embargo, aquel destello de confianza —esa voz de seda y fuego que no reconocía como mía— me había dejado exhausta, como si algo dentro de mí hubiera corrido un maratón mientras yo solo observaba desde el fondo de mi propia mente.
Necesitaba aire. O mejor dicho, necesitaba cafeína para estabilizar el temblor de mis manos.
Me dirigí a la pequeña zona de descanso del ala ejecutiva, un lugar decorado con un minimalismo tan frío como el propio Alessio. Con movimientos mecánicos, serví un café solo en una taza de cerámica blanca. El aroma intenso y amargo subió por mis fosas nasales, pero no logró calmarme. Mientras esperaba a que la bebida se enfriara un poco, me apoyé contra la encimera y cerré los ojos. En la oscuridad de mis párpados, volví a ver su rostro: esa mandíbula tensa, la elegancia ofensiva y, sobre todo, esa mirada de acero que parecía querer desvestir no solo mi cuerpo, sino mis secretos más oscuros.
—Concéntrate, Amyra —susurré para mí misma, apretando la taza—. Tienes un imperio que gestionar, aunque él crea que no puedes ni con tu presencia.
Decidida a volver a mi escritorio y hundirme en las hojas de cálculo para olvidar el encuentro anterior, salí de la estancia. Caminaba rápido, demasiado rápido. El exceso de tela de mi traje azul marino, ese que usaba como armadura para camuflar mis curvas, se enredaba ligeramente entre mis piernas mientras intentaba mantener el equilibrio. Mis pensamientos estaban a kilómetros de distancia, preguntándome por qué mi mente se sentía tan fragmentada últimamente, por qué sentía que había una puerta en mi interior que golpeaba con fuerza queriendo abrirse.
Doblé la esquina del pasillo principal, justo donde los ventanales mostraban el cielo gris de Milán, y entonces el mundo se detuvo.
Él estaba allí.
Alessio caminaba en dirección opuesta, hablando por un teléfono de última generación. Su chaqueta gris grafito estaba desabrochada, revelando una camisa blanca impecable que se ajustaba a su torso con una precisión casi cruel. No tuve tiempo de reaccionar. No tuve tiempo de frenar. El impacto fue inevitable.
Mi hombro chocó contra su pecho rígido como una roca. La taza de cerámica resbaló de mis dedos y, en un arco lento y agonizante, el líquido oscuro salió despedido. El café, todavía humeante, salpicó con violencia la blancura inmaculada de su camisa, extendiéndose como una mancha de pecado justo sobre su corazón. El sonido de la porcelana rompiéndose contra el suelo fue como un disparo en el silencio del pasillo.
El aire se volvió denso, irrespirable.
—¡Oh, Dios mío! —El grito salió de mi garganta antes de que pudiera procesarlo.
Mis manos, impulsadas por un pánico ciego, se movieron solas. Sin pensar en las consecuencias, me acerqué a él y comencé a frotar su pecho con las palmas de mis manos, intentando en vano detener el avance de la mancha.
—Lo siento tanto, de verdad, yo... no lo vi, estaba distraída... ¡Señor, por favor, perdóneme! —balbuceaba, sintiendo cómo el calor de su cuerpo traspasaba la tela húmeda de la camisa.
Podía sentir el relieve de sus músculos bajo mis dedos. Era como tocar fuego sólido. La piel de mis palmas ardía en contacto con el café y con él. Mi respiración se volvió errática mientras mis ojos se fijaban en la mancha que ahora ocupaba gran parte de su pecho, justo donde el latido de su corazón se sentía firme y constante.
De repente, unas manos grandes y fuertes me sujetaron por las muñecas, deteniendo mi movimiento frenético. El contacto fue eléctrico, una sacudida que recorrió mis brazos y se instaló en mi vientre con una fuerza devastadora. Obligué a mis ojos a subir, encontrándome con los suyos.
Alessio no gritaba. No estaba furioso de la manera ruidosa en que esperaba. Estaba algo mucho peor: estaba intensamente presente. Sus ojos oscuros estaban fijos en los míos, analizando cada milímetro de mi expresión, desde mi pánico hasta esa sombra de deseo que yo misma me negaba a admitir.
—¿Es que ha decidido que hoy es el día de ponerme a prueba, Amyra? —Su voz era un susurro ronco, una caricia de peligro que hizo que mis rodillas flaquearan—. Primero me desafía frente a mi equipo y ahora intenta marcarme con fuego amargo.
—Fue un accidente... —logré decir, aunque mi voz apenas fue un hilo—. Soy una torpe, yo solo quería...
—¿Qué quería? —me interrumpió, dando un paso hacia adelante, obligándome a retroceder hasta que mi espalda chocó contra la fría pared de mármol del pasillo—. ¿Quería tocarme? ¿Es eso?
El tono de su pregunta era una trampa. Me tenía atrapada entre la pared y su cuerpo humedecido por el café. Podía olerlo de nuevo: sándalo, poder y ahora, el aroma terroso del grano tostado. La cercanía era insoportable y adictiva a la vez. Mi mente empezó a nublarse de nuevo. Ese calor familiar, esa vibración en la base de mi cráneo que anunciaba la llegada de ella, empezó a manifestarse.
Sentí cómo mi columna se enderezaba contra el mármol. Mis muñecas, todavía presas en su agarre, dejaron de luchar.
—Quizás —dije, y mi voz cambió de nuevo, volviéndose profunda y cargada de una intención que Amyra nunca tendría—, quizás solo quería ver si el gran Alessio es capaz de mantener el control cuando las cosas se ensucian.
Él guardó silencio, pero sus dedos apretaron un poco más mis muñecas, no para hacerme daño, sino para asegurar que no me fuera a ninguna parte. Bajó la mirada hacia mis labios por un segundo que pareció durar una eternidad, y luego volvió a mis ojos. La tensión sexual en el pasillo era tan tangible que casi podía verse.