Pasion Fragmentada: Entre el Ceo y el Mafioso

Capítulo 3: Fragmentos de una noche perdida

El resto de la jornada laboral fue un desfile de sombras y susurros que apenas logré procesar. El incidente del café había dejado una marca, no solo en la camisa de Alessio, sino en la atmósfera misma de la oficina. Cada vez que pasaba cerca de su despacho, sentía una presión invisible en el pecho, una mezcla de vergüenza punzante y un deseo prohibido que me hacía estremecer. Sin embargo, el golpe final llegó a las seis de la tarde.

Estaba terminando de organizar las rutas de transporte cuando vi a Alessio salir hacia el ascensor privado. No iba solo. A su lado, riendo con una confianza que yo jamás poseería, caminaba una mujer que parecía sacada de una revista de moda. Era alta, extremadamente delgada, con piernas interminables y un vestido que se ajustaba a su cuerpo como una segunda piel. Él ni siquiera giró la cabeza hacia mi puesto. Pasó por mi lado como si yo fuera parte del mobiliario, un objeto invisible y gris que no merecía ni un segundo de su atención.

El contraste me dolió más de lo que estaba dispuesta a admitir. Allí estaba yo, con mis curvas que intentaba esconder y mi inseguridad a cuestas, mientras él se marchaba con alguien que representaba todo lo que yo no era.

Llegué a mi pequeño apartamento en las afueras de Milán sintiéndome derrotada. Me quité los zapatos y me dejé caer en el sofá, dejando que el silencio me rodeara.

—Fue un día terrible —susurré al vacío, frotando mis sienes—. Primero el reto, luego el café... y luego esa mirada de indiferencia.

Me preparé una cena ligera, pero apenas pude probar bocado. Me sentía extraña, como si mi cuerpo no fuera del todo mío. Había una vibración bajo mi piel, un zumbido constante en mis oídos que me hacía sentir alerta, casi eléctrica. Traté de convencerme de que era solo el estrés acumulado, la humillación de ver a Alessio con otra mujer mientras yo seguía atrapada en este ciclo de autodesprecio. Me duché con agua caliente, intentando lavar la sensación de las manos de Alessio sujetando mis muñecas, pero el recuerdo parecía tatuado en mi memoria.

Finalmente, me acosté. El sueño me atrapó de inmediato, pero no fue un descanso tranquilo. Tuve visiones de luces de neón, el olor a tabaco caro y el roce de un cuero frío contra mi espalda. Escuché una voz ronca llamándome "conejita", una palabra que debería haberme asustado, pero que en el sueño me hacía arder de una forma que Amyra nunca permitiría.

Al día siguiente, el sonido del despertador fue como un martillazo dentro de mi cráneo.

—Maldita sea... —gemí, cubriéndome los ojos con la almohada.

Me levanté con un dolor de cabeza punzante, una migraña que parecía nacer detrás de mis ojos. Me sentía como si hubiera corrido un maratón o como si hubiera bailado hasta el amanecer, aunque mis últimos recuerdos eran simplemente cerrar los ojos en mi habitación. Me arrastré hasta el baño, necesitando agua fresca para despertar mis sentidos entorpecidos.

Cuando me eché el cabello hacia atrás para lavarme la cara, me quedé petrificada frente al espejo.

Mi respiración se detuvo. Allí, justo en el lado izquierdo de mi cuello, resaltando contra mi piel pálida, había una marca inconfundible. Un chupón violáceo, fresco y marcado con una intensidad que delataba una pasión feroz.

Me toqué la marca con la punta de los dedos, sintiendo un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío del baño. Mis dedos temblaban. Busqué en mi memoria, desesperada por encontrar una explicación, un rostro, un momento. Pero no había nada. Mi noche era un lienzo en blanco desde el momento en que me quedé dormida en mi cama.

—¿Qué... qué es esto? —mi voz salió quebrada, apenas un susurro de terror.

Empecé a revisar mi cuerpo con frenesí. Mis muñecas estaban ligeramente enrojecidas, como si alguien las hubiera sujetado con fuerza, de la misma manera que Alessio lo había hecho en el pasillo, pero con una intención mucho más oscura. En la silla junto a mi cama, vi algo que me heló la sangre: un vestido negro de encaje que no recordaba haber comprado jamás, tirado en el suelo como si hubiera sido arrancado con prisa.

El pánico empezó a asfixiarme. No recordaba haber salido. No recordaba a nadie en mi apartamento. Y sin embargo, mi cuerpo llevaba las marcas de un encuentro que mi mente se negaba a mostrarme.

Me dejé caer en el suelo del baño, abrazando mis rodillas. La sensación de fragmentación que había sentido en la oficina ahora era un abismo abierto bajo mis pies. ¿Quién era yo cuando cerraba los ojos? ¿A dónde iba mi conciencia cuando la oscuridad me reclamaba? El dolor de cabeza aumentó, como si algo dentro de mi mente estuviera golpeando para salir, riéndose de mi confusión.

Me puse una bufanda de seda, a pesar del calor que empezaba a hacer en la ciudad, para ocultar la marca de mi cuello. Tenía que ir a trabajar. Tenía que fingir que todo estaba bien, que seguía siendo la Amyra eficiente y predecible. Pero mientras caminaba hacia la salida, una imagen fugaz cruzó mi mente: un par de ojos oscuros, llenos de tatuajes y una sonrisa depredadora en un bar lleno de sombras.

No era Alessio. Era alguien más. Alguien que me conocía de una forma que yo aún no me conocía a mí misma.




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