El silencio que siguió al video fue peor que cualquier disparo.
Nadie habló.
Nadie respiró.
La imagen congelada de Isabella seguía reflejada en la gigantesca pantalla del centro de seguridad de la mansión Parker.
Su rostro cubierto de lágrimas.
Sus manos atadas.
Su mirada aterrorizada.
Y aquella pregunta.
Aquella maldita pregunta.
—¿Quién es realmente Denisse?
Las palabras parecían seguir resonando dentro de las paredes.
Dentro de la mente de todos.
Pero especialmente dentro de la de Denisse.
Sintió un vacío extraño en el pecho.
Como si alguien hubiera arrancado una parte de ella y hubiera dejado un agujero imposible de llenar.
Porque por primera vez en su vida…
no estaba segura de quién era.
—Apaguen eso —ordenó Owen con una voz oscura.
La pantalla quedó negra.
El jefe de seguridad tragó saliva.
—Señor Parker…
—Ahora.
La pantalla desapareció.
Sin embargo, el miedo permaneció allí.
Más vivo que nunca.
Denisse sintió una mano cálida rodear la suya.
Owen.
Él estaba de pie junto a ella.
Tan cerca que podía sentir el calor de su cuerpo.
Tan cerca que podía percibir el perfume masculino que ya comenzaba a reconocer incluso con los ojos cerrados.
Tan cerca que el corazón le dolió.
Porque una parte de ella quería confiar.
Y otra quería huir.
—Mírame —dijo Owen.
Denisse levantó los ojos.
Aquella mirada gris la atravesó.
Intensa.
Dominante.
Peligrosa.
Pero también llena de algo que jamás había visto antes.
Miedo.
Owen Parker estaba asustado.
Y eso era casi imposible.
—No importa quién seas —dijo él.
Denisse sintió un nudo en la garganta.
—Importa para todos los demás.
—Para mí no.
Aquellas palabras impactaron como una explosión.
Porque parecían sinceras.
Demasiado sinceras.
Durante varios segundos nadie dijo nada.
Hasta que Richard Parker rompió el silencio.
—Sí importa.
Todos giraron hacia él.
El patriarca tenía el rostro pálido.
Más pálido de lo normal.
Y eso resultaba inquietante.
Porque Richard Parker era un hombre que jamás mostraba debilidad.
Jamás.
—Padre… —dijo Owen.
—Hay cosas que ya no podemos seguir ocultando.
El aire pareció congelarse.
Victoria Parker se puso de pie de inmediato.
—Richard.
—No.
Él negó con la cabeza.
—Esto ha ido demasiado lejos.
Los ojos de Denisse se movieron entre ambos.
Algo estaba ocurriendo.
Algo enorme.
Y todos parecían saberlo menos ella.
—¿Qué me están ocultando? —preguntó.
Nadie respondió.
—¿Quién soy?
Silencio.
—¡¿Quién soy?!
La desesperación estalló en su voz.
Y entonces sucedió.
Richard Parker la observó durante varios segundos.
Como si estuviera viendo un fantasma.
Como si estuviera viendo a alguien muerto.
O peor.
A alguien que jamás debería haber regresado.
—Te pareces demasiado a ella.
El corazón de Denisse se detuvo.
—¿A quién?
Richard cerró los ojos.
—A Elena.
Dos horas después.
La mansión continuaba en estado de emergencia.
Equipos armados vigilaban cada acceso.
Drones sobrevolaban los jardines.
Vehículos blindados rodeaban el perímetro.
Y aun así…
nadie se sentía seguro.
Los enemigos habían logrado infiltrarse una vez.
Podían hacerlo otra vez.
Denisse estaba en una de las bibliotecas privadas.
Sola.
O al menos eso creía.
Observó una antigua fotografía.
Una mujer sonreía frente al mar.
Cabello oscuro.
Ojos claros.
Belleza natural.
Elegancia.
Y una sonrisa imposible de ignorar.
Elena.
La mujer desaparecida.
La mujer que Owen había buscado durante diez años.
La mujer que aparecía en el misterioso video.
La mujer a la que ella se parecía demasiado.
Denisse recorrió la imagen con los dedos.
Y sintió escalofríos.
Era perturbador.
Era como mirarse a sí misma dentro de veinte años.
La puerta se abrió.
Owen entró.
Ella no levantó la vista.
—¿Es ella?
—Sí.
Denisse siguió observando la fotografía.
—Nos parecemos.
—Sí.
—Demasiado.
—Sí.
El silencio volvió a instalarse.
Finalmente ella levantó los ojos.
—¿Qué relación tenía contigo?
Algo oscuro cruzó por el rostro de Owen.
Algo doloroso.
—Era mi mejor amiga.
Denisse sintió una extraña punzada.
—¿Solo eso?
Owen la observó.
Y entonces apareció una sonrisa mínima.
Peligrosa.
Masculina.
Devastadora.
—¿Estás celosa?
Denisse abrió la boca.
Pero ninguna respuesta salió.
Porque sí.
Quizás estaba celosa.
Y eso era absurdo.
Absolutamente absurdo.
Sin embargo…
allí estaba.
Aquella sensación ardiente.
Irracional.
Molesta.
—No seas ridículo.
Owen avanzó.
Un paso.
Luego otro.
Luego otro.
Hasta quedar frente a ella.
Muy cerca.
Demasiado cerca.
—Estás celosa.
—No.
—Sí.
—No.
—Sí.
Denisse intentó apartarse.
Pero él atrapó su cintura.
Su respiración se cortó.
Aquella cercanía era peligrosa.
Demasiado peligrosa.
—Owen…
—Dime que no te importa.
Ella levantó la mirada.
Y quedó atrapada.
Como siempre.
Aquellos ojos.
Aquella intensidad.
Aquella forma de observarla como si fuera la única mujer existente.
—No me importa.
—Mentirosa.
Su voz salió ronca.
Baja.
Provocadora.
Y entonces sucedió.
Algo cambió entre ellos.
Una tensión eléctrica.
Irresistible.