El rostro de Elena ocupó cada rincón de la mente de Owen durante todo el regreso.
La lluvia golpeaba violentamente el parabrisas de la camioneta.
Los limpiaparabrisas iban y venían.
Pero nada lograba borrar aquella imagen.
Elena.
Viva.
Después de más de veinte años.
Después de una búsqueda que había consumido familias enteras.
Después de secretos.
Mentiras.
Traiciones.
Y sangre.
A su lado, el teléfono encontrado en el galpón permanecía sobre el asiento.
Como una bomba a punto de explotar.
Porque el video no dejaba lugar a dudas.
La mujer que aparecía abrazando a la pequeña Denisse era Elena.
Y había dicho aquellas dos palabras.
Mi hija.
Owen apretó la mandíbula.
Algo no encajaba.
Nada encajaba.
Y eso era precisamente lo que más lo inquietaba.
Alguien quería que vieran ese video.
Alguien quería que creyeran algo.
La pregunta era por qué.
Y la respuesta podía destruirlos a todos.
Mientras tanto…
En la mansión Parker.
Denisse no podía respirar.
Sentada frente a una de las enormes ventanas del segundo piso observaba la tormenta.
La oscuridad parecía infinita.
Como el caos dentro de ella.
Las palabras resonaban una y otra vez.
Mi hija.
Mi hija.
Mi hija.
Como un eco imposible de silenciar.
Toda su vida había crecido pensando que era una persona común.
Una mujer sencilla.
Una empleada más.
Una chica que había aprendido a sobrevivir sola.
A luchar sola.
A levantarse sola.
Y ahora…
Todo aquello comenzaba a desmoronarse.
Su identidad.
Su pasado.
Su apellido.
Su origen.
Nada parecía real.
La puerta se abrió.
Victoria Parker entró.
Por primera vez, Denisse observó algo extraño en aquella mujer elegante e imponente.
Miedo.
Miedo verdadero.
Victoria cerró la puerta lentamente.
—Necesitamos hablar.
Denisse se volvió.
—Perfecto.
Victoria permaneció inmóvil.
—Hay cosas que no puedo contarte.
—Todos dicen lo mismo.
—Porque algunas verdades destruyen vidas.
—Las mentiras también.
El comentario golpeó a Victoria.
Y ambas lo supieron.
Durante varios segundos ninguna habló.
Hasta que Denisse rompió el silencio.
—¿Soy hija de Elena?
Victoria cerró los ojos.
—No lo sé.
—¿Eso es verdad?
—Sí.
—¿De verdad no lo sabe?
—No.
Aquello sorprendió a Denisse.
Porque parecía sincero.
—Entonces dígame algo que sí sepa.
Victoria levantó la mirada.
Y por primera vez dejó caer la máscara.
—Sé que Elena desapareció porque alguien quiso borrarla del mapa.
El corazón de Denisse se aceleró.
—¿Quién?
—No lo sé.
—¿La mataron?
—No.
—¿La secuestraron?
—No lo sé.
—¿Qué sabe entonces?
Victoria tragó saliva.
—Sé que Elena tenía miedo.
Mucho miedo.
Y que antes de desaparecer dijo una frase que jamás olvidé.
Denisse sintió escalofríos.
—¿Cuál?
Victoria la observó.
—“Si descubren quién es el padre, todos morirán.”
El mundo pareció detenerse.
Cuando Owen regresó a la mansión eran casi las tres de la madrugada.
Estaba agotado.
Empapado.
Furioso.
Y cada vez más confundido.
Subió directamente al segundo piso.
Necesitaba verla.
Necesitaba asegurarse de que estuviera bien.
Necesitaba sentir que seguía allí.
Aunque jamás lo admitiría.
Encontró la habitación vacía.
La cama intacta.
El baño vacío.
El corazón le dio un vuelco.
—¿Denisse?
Nada.
Salió al pasillo.
Comenzó a caminar.
Cada vez más rápido.
Cada vez más preocupado.
Hasta que finalmente la encontró.
En la terraza cubierta.
Observando la tormenta.
Sola.
Hermosa.
Vulnerable.
Y completamente ajena al efecto que producía en él.
Durante unos segundos se quedó observándola.
Simplemente observándola.
Porque algo estaba cambiando.
Y ya no podía negarlo.
Aquello iba mucho más allá del deseo.
Mucho más allá de la obsesión.
Mucho más allá de la atracción.
Era peligroso.
Porque comenzaba a parecerse al amor.
Y Owen Parker jamás había permitido que nadie tuviera ese poder sobre él.
Nunca.
Denisse sintió su presencia.
Giró lentamente.
Sus ojos se encontraron.
Y todo volvió a desaparecer.
La tormenta.
Los secretos.
La familia.
Los secuestradores.
Todo.
Solo quedaron ellos.
—¿Estás bien?
Ella soltó una pequeña risa amarga.
—No.
Owen avanzó.
—Yo tampoco.
Eso la sorprendió.
Porque era una confesión.
Y Owen jamás confesaba nada.
—Mi vida es una mentira.
—No.
—Ni siquiera sé quién soy.
—Sigues siendo Denisse.
—¿Y si no?
—Lo eres.
—¿Cómo puedes estar tan seguro?
Porque te conozco.
Las palabras quedaron suspendidas entre ambos.
Y fueron mucho más íntimas de lo que deberían.
Mucho más peligrosas.
Denisse sintió que el corazón le dolía.
Porque quería creerle.
Quería hacerlo desesperadamente.
Pero había demasiados secretos.
Demasiadas sombras.
Demasiadas preguntas.
—¿Por qué me proteges tanto?
Owen no respondió enseguida.
La observó.
Como si estuviera luchando contra sí mismo.
Finalmente habló.
—Porque cuando estás en peligro no puedo pensar.
El aire desapareció.
—Owen…
—Porque cuando desapareces siento que me vuelvo loco.
El corazón de Denisse golpeó violentamente contra sus costillas.
—No digas eso.
—Es la verdad.
—No.
—Sí.
—No debería importarte tanto.