Pasión Oscura

CAPÍTULO 19: LA VERDAD QUE ARDE

La mansión Parker no había vuelto a dormir.

Ni siquiera en silencio.

Porque el silencio ahora estaba contaminado.

Lleno de sospechas.

De miradas que no se sostenían.

De nombres que nadie se atrevía a pronunciar en voz alta.

Denisse permanecía en la biblioteca, sentada frente a la mesa donde aún estaban los documentos abiertos.

Pero ya no los miraba.

Porque no podía.

Su mente seguía atrapada en una sola idea:

alguien no debía existir.

Y ese alguien… era ella o su hermana.

O ambas.

O ninguna.

Esa incertidumbre era peor que cualquier verdad.

Owen estaba de pie junto a la ventana.

Inmóvil.

Vigilante.

Como si el mundo exterior pudiera atravesar el vidrio en cualquier momento.

Como si la guerra ya estuviera dentro.

—No deberías quedarte sola —dijo sin girarse.

Denisse soltó una risa breve.

Sin humor.

—Ya no estoy sola desde hace mucho tiempo.

Owen la miró.

—No te acostumbres a eso.

La frase quedó suspendida en el aire.

Denisse levantó la vista.

—¿Por qué?

Owen tardó un segundo.

Demasiado honesto.

—Porque cuando todo explote… nadie va a poder prometerte nada.

El corazón de Denisse se tensó.

—¿Ni siquiera tú?

El silencio fue la respuesta más peligrosa.

En otro sector de la mansión.

Richard Parker caminaba por el pasillo de los archivos privados.

Solo.

Con la espalda recta.

Pero con la mente rota.

Había cosas que no se podían decir sin destruirlo todo.

Y él lo sabía mejor que nadie.

Se detuvo frente a una puerta metálica.

Sellada.

Oculta.

Prohibida.

Colocó su mano sobre el panel de acceso.

El sistema tardó en responder.

Como si dudara.

Como si incluso la tecnología recordara lo que había dentro.

La puerta se abrió.

Y el pasado lo recibió como un golpe.

Elena no estaba lejos.

Pero tampoco estaba cerca.

Estaba atrapada en su propio encierro.

En una casa vieja, oculta entre los límites de la ciudad y el olvido.

Isabella la observaba desde el otro extremo del salón.

Ya no tenía miedo.

O al menos no el mismo miedo.

Porque el miedo cambia cuando se vuelve constante.

—Ellos ya saben lo de las gemelas —dijo Isabella.

Elena no respondió.

Estaba mirando una cuna vacía.

Una de dos.

Siempre una de dos.

—¿Por qué sigues escondiéndote? —insistió Isabella.

Elena cerró los ojos.

—Porque aún no están listos.

—¿Listos para qué?

Elena giró lentamente.

Y en sus ojos había algo roto.

Algo maternal.

Algo peligroso.

—Para saber qué hicieron aquella noche.

Denisse se levantó de golpe.

No podía seguir sentada.

No podía seguir quieta.

No podía seguir atrapada en su propia cabeza.

—Necesito aire —dijo.

Owen dio un paso hacia ella.

—Te acompaño.

—No.

La respuesta fue inmediata.

Demasiado rápida.

Demasiado frágil.

Owen frunció el ceño.

—Denisse—

—No necesito escolta para respirar.

La frase dolió más de lo que parecía.

Silencio.

Owen la observó.

Y entendió algo.

No era rechazo.

Era saturación.

Era miedo.

Era identidad rompiéndose en tiempo real.

—No salgas del perímetro —dijo finalmente.

Denisse lo miró.

—¿O qué?

—O voy a ir a buscarte.

La tensión volvió a encenderse.

Pero esta vez no era romántica.

Era peligrosa.

Denisse salió sin responder.

El jardín estaba húmedo.

El cielo todavía oscuro.

El viento frío atravesaba la piel como una advertencia.

Denisse caminó sin rumbo.

Intentando no pensar.

Intentando no sentir.

Pero el cuerpo no obedece cuando la mente está rota.

Se detuvo cerca de la fuente central.

Y fue ahí cuando la vio.

Una figura.

A lo lejos.

Inmóvil.

Observándola.

Denisse se tensó.

—¿Quién está ahí?

La figura no respondió.

Solo avanzó.

Lentamente.

Sin prisa.

Sin miedo.

Cuando la luz del exterior lo alcanzó…

Denisse sintió que el aire desaparecía.

Era ella.

La otra.

Su reflejo.

La hermana gemela.

Idéntica.

Pero no igual.

Porque había algo en su mirada que Denisse no tenía.

Algo duro.

Algo aprendido.

Algo construido con dolor.

—Hola, Denisse —dijo la mujer.

Su voz era idéntica.

Demasiado idéntica.

Denisse retrocedió un paso.

—No te acerques.

La mujer sonrió.

Una sonrisa fría.

Calculada.

—No vine a hacerte daño.

—Eso dicen todos antes de hacerlo.

—Tienes razón.

El silencio cayó como una amenaza.

Denisse la observó.

—¿Quién eres?

La mujer inclinó la cabeza ligeramente.

—Depende de quién lo pregunte.

—Soy tu hermana.

La frase cayó como una piedra.

Pero la reacción de la otra mujer no fue emoción.

Fue evaluación.

Como si midiera cada palabra.

Cada reacción.

Cada debilidad.

—Eso es lo que te dijeron —respondió ella.

Denisse frunció el ceño.

—¿No lo eres?

La mujer avanzó un paso.

—Soy muchas cosas.

Otro paso.

—Pero hermana… no es la que más me gusta.

El aire se volvió frío.

Denisse sintió un escalofrío profundo.

—¿Qué quieres?

La respuesta fue directa.

Sin emoción.

Sin dudas.

—Quiero lo que me quitaron.

Denisse apretó los puños.

—No te quitaron nada.

Una risa breve.

Casi cruel.

—Eso es lo que te hicieron creer a ti.

El viento sopló más fuerte.

Y entonces la mujer sacó algo de su bolsillo.

Una fotografía.

La misma imagen de Elena con los dos bebés.




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