La lluvia caía con fuerza sobre la ciudad.
Las luces de los edificios se deformaban detrás de las gotas que golpeaban los ventanales de los automóviles.
Todo parecía borroso.
Distante.
Irreal.
Como la vida de Denisse.
Apretó con fuerza el volante.
Necesitaba alejarse.
De la mansión.
De los Parker.
De Owen.
Sobre todo de Owen.
Porque si lo que había escuchado era verdad…
si realmente compartían la misma sangre…
entonces cada beso.
Cada mirada.
Cada caricia.
Cada latido.
Era una condena.
Y el dolor de aquella idea era tan insoportable que apenas podía respirar.
Las lágrimas corrían por sus mejillas.
Pero no intentó detenerlas.
Por primera vez en mucho tiempo estaba completamente sola.
Y quizás era exactamente lo que necesitaba.
O eso creía.
Porque Owen Parker jamás iba a dejarla desaparecer.
—¡¿Qué quieres decir con que se fue?!
La voz de Owen hizo temblar toda la sala principal.
Los guardias intercambiaron miradas nerviosas.
Nadie quería ser quien respondiera.
—Señor Parker…
—¡RESPONDE!
—Las cámaras muestran que salió hace veinte minutos.
El silencio posterior fue aterrador.
Owen apretó los puños.
Una vena palpitaba peligrosamente en su cuello.
Richard observaba desde el otro extremo de la habitación.
Más pálido que nunca.
Más envejecido que nunca.
—Déjala ir.
Aquellas palabras provocaron una explosión.
Owen giró lentamente.
—¿Qué dijiste?
—Necesita tiempo.
—No.
—Owen…
—¡NO!
Su voz retumbó por toda la mansión.
—Ella está sola.
—Está confundida.
—Está en peligro.
—Siempre estuvo en peligro.
—Y ahora más que nunca.
Richard guardó silencio.
Porque sabía que era verdad.
Porque alguien había comenzado una guerra.
Y Denisse era el objetivo principal.
Owen tomó las llaves de una de las camionetas.
—La encontraré.
—No puedes obligarla a volver.
Owen clavó sus ojos en él.
Fríos.
Oscuros.
Implacables.
—Mírame hacerlo.
Y salió.
A cientos de kilómetros de allí.
La gemela observaba varias pantallas.
En una aparecía la transmisión de las cámaras externas de la mansión.
En otra.
La ubicación GPS del automóvil de Denisse.
Una sonrisa apareció lentamente en sus labios.
—Ya salió.
El hombre que estaba junto a ella asintió.
—Tal como predijiste.
—Porque el dolor siempre es predecible.
La sonrisa desapareció.
—Especialmente cuando se trata de amor.
Su mirada se volvió distante.
Oscura.
Melancólica.
Durante apenas un segundo.
Porque después regresó la frialdad.
—Preparen todo.
—¿Esta noche?
—Esta noche.
—¿Y Owen?
Ella sonrió.
—Owen hará exactamente lo que espero.
El automóvil de Denisse avanzaba por una carretera secundaria.
Ya había dejado atrás la ciudad.
Ya había dejado atrás las luces.
Ahora solo existían la lluvia y la oscuridad.
Y sus pensamientos.
Los peores enemigos.
Recordó el primer día que conoció a Owen.
Su arrogancia.
Su intensidad.
Su mirada.
Recordó cada discusión.
Cada acercamiento.
Cada vez que él la había protegido.
Cada vez que había aparecido cuando lo necesitaba.
Y eso era lo más cruel.
Porque la historia no debería haber ocurrido.
Pero ocurrió.
Y ahora dolía demasiado.
Su teléfono comenzó a sonar.
Owen.
Lo ignoró.
Volvió a sonar.
Y otra vez.
Y otra.
Hasta que finalmente apagó el aparato.
No podía escucharlo.
Porque si escuchaba su voz…
volvería.
Y si volvía…
se rompería.
Una hora después.
La lluvia se volvió más intensa.
Y entonces algo apareció frente a ella.
Una figura.
En medio de la carretera.
Denisse frenó bruscamente.
Las ruedas chirriaron.
El automóvil se detuvo a pocos metros.
El corazón casi se le salió del pecho.
La figura permaneció inmóvil.
Bajo la lluvia.
Observándola.
Denisse ya sabía quién era.
Antes incluso de distinguir su rostro.
La gemela.
Su hermana.
Su reflejo.
Su pesadilla.
Abrió la puerta.
Bajó del vehículo.
La lluvia las envolvió inmediatamente.
Como una cortina.
Como un escenario.
Como el comienzo de algo inevitable.
—¿Me estabas siguiendo?
La mujer sonrió.
—No.
Te estaba esperando.
—¿Qué quieres de mí?
—La verdad.
—Ya estoy cansada de esa palabra.
—Entonces prepárate.
Porque apenas conoces una parte.
Denisse avanzó un paso.
—¿Por qué me dijiste que Owen era familia?
La expresión de la gemela cambió.
Por primera vez pareció dudar.
Por primera vez pareció sentir algo.
—Porque necesitabas alejarte de él.
—¿Por qué?
Silencio.
—¿Por qué?
La voz de Denisse se quebró.
—¡Respóndeme!
La mujer bajó la mirada.
Y cuando volvió a levantarla…
sus ojos estaban llenos de una tristeza inesperada.
—Porque si sigues a su lado…
vas a morir.
El mundo pareció detenerse.
En ese mismo instante.
Owen conducía a máxima velocidad.
Las manos aferradas al volante.
La mandíbula rígida.
El corazón descontrolado.
No podía perderla.
No después de todo.
No ahora.
No cuando finalmente había aceptado lo que sentía.
Porque ya no podía negarlo.
Ya no.
No era deseo.
No era obsesión.
No era costumbre.
Era amor.
Un amor feroz.
Intenso.
Peligroso.
Capaz de destruirlo.
Y aun así no le importaba.