El beso terminó.
Pero el mundo no volvió a moverse.
Durante unos segundos, Denisse permaneció inmóvil frente a Owen.
Tan cerca que podía sentir el calor de su respiración.
Tan cerca que podía escuchar el ritmo acelerado de su corazón.
Y aquello era un problema.
Un enorme problema.
Porque ya no podía seguir fingiendo.
Ya no podía seguir diciendo que aquello era solo atracción.
O dependencia.
O confusión.
No.
Era mucho peor.
Era amor.
Un amor intenso.
Peligroso.
Adictivo.
El tipo de amor que destruye vidas.
El tipo de amor del que nadie sale ileso.
Los ojos grises de Owen permanecían clavados en ella.
Como si estuviera luchando contra el impulso de volver a besarla.
Como si apenas conservara el control.
—Denisse…
Su voz salió ronca.
Profunda.
Masculina.
Ella tragó saliva.
—No digas nada.
—Necesito decirlo.
—No.
Porque sabía exactamente qué quería decir.
Y tenía miedo de escucharlo.
Mucho miedo.
Owen avanzó apenas unos centímetros.
—Te amo.
El tiempo se detuvo.
Completamente.
Denisse sintió que el corazón explotaba dentro de su pecho.
Aquellas dos palabras atravesaron todas sus defensas.
Todas.
Porque no eran una estrategia.
No eran una seducción.
No eran una promesa vacía.
Eran verdad.
La verdad más simple.
La más poderosa.
La más devastadora.
—Owen…
—No me importa lo que descubran.
No me importa lo que digan.
No me importa quién seas.
La intensidad de su mirada era insoportable.
—Lo único que me importa eres tú.
Las lágrimas aparecieron en los ojos de Denisse.
Porque durante toda su vida había deseado escuchar algo así.
Y ahora que finalmente ocurría…
todo era más complicado que nunca.
Mucho más.
A miles de kilómetros.
Gabriel Parker apagó lentamente la pantalla.
La sonrisa seguía en sus labios.
Pero sus ojos eran oscuros.
Vacíos.
Peligrosamente vacíos.
El hombre sentado frente a él lo observó con cautela.
—Parece feliz.
Gabriel soltó una pequeña risa.
—No.
—Entonces no entiendo.
Gabriel caminó hacia una enorme pared cubierta de fotografías.
Elena.
Denisse.
Valentina.
Richard.
Owen.
Todos estaban allí.
Todos.
Como piezas de un tablero.
Como piezas de una partida que llevaba más de veinte años jugando.
—La felicidad es frágil.
Dijo suavemente.
—Y las cosas frágiles son fáciles de romper.
Aquella misma noche.
Valentina no podía dormir.
Permanecía sola en una habitación del segundo piso.
Mirando una fotografía antigua.
La única que conservaba de su infancia.
La única prueba de que alguna vez había existido antes de convertirse en una sombra.
Sus dedos recorrieron el borde gastado de la imagen.
Y por primera vez en años…
lloró.
No por rabia.
No por odio.
No por venganza.
Por tristeza.
Porque había visto a Denisse.
Porque había descubierto que no era el monstruo que imaginó durante años.
Porque la realidad era más cruel.
Denisse también era una víctima.
Un golpe suave en la puerta interrumpió sus pensamientos.
—¿Quién?
—Soy yo.
Richard.
Valentina cerró inmediatamente el álbum.
—Vete.
—Necesitamos hablar.
—No.
Silencio.
—Por favor.
Aquella palabra la sorprendió.
Richard Parker jamás pedía nada.
Jamás.
Y precisamente por eso abrió la puerta.
Solo un poco.
Lo suficiente para verlo.
Y lo que encontró la desconcertó.
Parecía diez años más viejo.
Quizás veinte.
—¿Qué quieres?
Richard tardó varios segundos en responder.
Como si cada palabra fuera una batalla.
—Pedirte perdón.
Valentina sintió que el aire se volvía hielo.
—¿Qué?
—Te fallé.
Aquello la dejó sin reacción.
Porque había esperado mentiras.
Excusas.
Manipulación.
Pero no eso.
Jamás eso.
—No sabes cuánto.
La voz de Valentina tembló.
—Lo sé.
—No.
No lo sabes.
Sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas.
—Me robaron toda una vida.
Richard bajó la mirada.
Y no intentó defenderse.
Porque no podía.
Porque ella tenía razón.
Mientras tanto.
En otra parte de la residencia.
Owen revisaba documentos.
Informes.
Registros.
Cualquier cosa relacionada con Gabriel.
Necesitaba respuestas.
Porque algo no encajaba.
Demasiadas piezas estaban fuera de lugar.
Y entonces encontró algo.
Un archivo antiguo.
Clasificado.
Sellado.
Oculto durante décadas.
Su pulso se aceleró.
Lo abrió.
Y el mundo cambió otra vez.
Dentro había una prueba genética.
Muy antigua.
Casi destruida por el tiempo.
Pero perfectamente legible.
Los nombres hicieron que el corazón le golpeara violentamente.
Gabriel Parker.
Denisse.
Valentina.
Y debajo…
una palabra.
Una única palabra.
Pero suficiente para destruir todas las teorías existentes.
INCOMPATIBLE.
Owen se quedó inmóvil.
No entendía.
Volvió a leer.
Y volvió a leer.
Y volvió a leer.
El resultado no cambiaba.
Gabriel no era el padre biológico.
No podía serlo.
Era científicamente imposible.
—¿Qué demonios…?
El susurro escapó de sus labios.
Porque si Gabriel no era el padre…
entonces toda la historia estaba construida sobre una mentira.
Y eso significaba algo aterrador.
Alguien aún más importante seguía oculto.