Pasión Oscura

CAPÍTULO 25: EL HOMBRE SIN ROSTRO

El silencio que siguió a la llamada fue peor que cualquier grito.

Peor que cualquier disparo.

Peor que cualquier amenaza.

Porque las amenazas podían enfrentarse.

Pero aquello…

Aquello era incertidumbre.

Y la incertidumbre era el enemigo más cruel de todos.

Nadie se movió durante varios segundos.

La pantalla del teléfono seguía iluminada sobre la mesa.

Como una prueba de que aquello había ocurrido realmente.

Como una herida abierta.

Richard Parker parecía haberse convertido en piedra.

Su rostro había perdido todo color.

Sus manos temblaban.

Y aquello era algo que nadie había visto jamás.

Porque Richard Parker nunca temblaba.

Nunca.

Denisse fue la primera en reaccionar.

—¿Quién era?

Silencio.

—Richard.

Más silencio.

—¿QUIÉN ERA?

La voz explotó dentro de la habitación.

Richard levantó lentamente la mirada.

Y lo que apareció en sus ojos provocó escalofríos.

Miedo.

Miedo verdadero.

Miedo antiguo.

—El hombre al que más he temido toda mi vida.

Nadie habló.

Nadie respiró.

Porque aquellas palabras eran imposibles.

Richard Parker era un hombre que controlaba corporaciones.

Gobiernos.

Millones.

Influencias.

Imperios.

¿Y ahora decía tener miedo?

Owen fue el primero en comprender la gravedad de aquello.

—Dime su nombre.

Richard cerró los ojos.

Como si pronunciarlo fuera abrir una puerta sellada.

Como si aquel nombre tuviera poder.

Finalmente habló.

—Sebastián Valmont.

El aire desapareció de la habitación.

Valentina palideció inmediatamente.

Denisse lo notó.

—Tú lo conoces.

Valentina tragó saliva.

—Sí.

—¿Quién es?

La mujer bajó lentamente la mirada.

Y cuando volvió a levantarla…

sus ojos estaban llenos de recuerdos dolorosos.

—Es el hombre que me crió.

El mundo explotó.

Denisse sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.

—¿Qué?

Valentina asintió lentamente.

—Durante toda mi infancia pensé que era mi padre.

Nadie habló.

Porque nadie podía.

—Viví con él.

Comí en su mesa.

Crecí bajo sus reglas.

Bajo su control.

Bajo su sombra.

Su voz comenzó a quebrarse.

—Y durante años creí que me amaba.

Richard cerró los ojos.

Como si aquellas palabras fueran cuchillos.

—Pero no era amor.

Valentina sonrió amargamente.

—No.

Nunca lo fue.

Era obsesión.

Control.

Posesión.

Era otra cosa.

Algo mucho más oscuro.

Muy lejos de allí.

En una enorme propiedad escondida entre montañas.

Un hombre observaba una pared repleta de fotografías.

Miles de fotografías.

Denisse.

Valentina.

Elena.

Richard.

Owen.

Gabriel.

Todos.

Absolutamente todos.

La habitación parecía un santuario construido con secretos.

Una prisión hecha de recuerdos.

Una obsesión convertida en arquitectura.

El hombre apoyó una mano sobre una imagen de Elena.

La más grande de todas.

La más cuidada.

La más importante.

—Pronto terminará.

Su voz fue apenas un susurro.

Detrás de él apareció Gabriel Parker.

Vivo.

Real.

Y claramente incómodo.

—Esto está yendo demasiado lejos.

Sebastián sonrió.

—Demasiado tarde para eso.

Gabriel apretó la mandíbula.

—Prometiste que nadie saldría herido.

—Y tú prometiste muchas cosas hace veinticuatro años.

El silencio se volvió peligroso.

Porque allí había una historia mucho más grande.

Mucho más antigua.

Mucho más terrible.

De lo que cualquiera imaginaba.

Aquella tarde.

Denisse necesitó salir.

Respirar.

Pensar.

Demasiadas verdades.

Demasiadas mentiras.

Demasiados nombres.

Ya no sabía qué creer.

Ni siquiera sabía quién era.

Caminó sola por los jardines de la residencia.

Intentando poner orden dentro de su mente.

Sin éxito.

Porque una pregunta seguía persiguiéndola.

¿Quién era realmente su padre?

Y más importante aún…

¿Por qué todos parecían tener miedo de la respuesta?

—Sabía que te encontraría aquí.

La voz de Owen apareció detrás de ella.

Como siempre.

Como inevitablemente.

Denisse sonrió sin querer.

—Empiezo a creer que me espías.

—No necesito hacerlo.

—¿Por qué?

—Porque siempre sé dónde estás.

Aquello debería haberla incomodado.

Pero no lo hizo.

Porque era Owen.

Porque cuando él decía cosas posesivas…

sonaban extrañamente seguras.

Como si el mundo fuera menos peligroso.

Como si ella estuviera protegida.

Y odiaba admitir cuánto le gustaba aquello.

Owen se acercó lentamente.

La observó durante varios segundos.

Como si estuviera memorizándola.

Como si temiera perderla.

Finalmente habló.

—¿Estás bien?

Denisse soltó una pequeña risa.

—¿Parezco estar bien?

—No.

—Entonces ya tienes tu respuesta.

El silencio se instaló entre ellos.

Cómodo.

Doloroso.

Íntimo.

—Tengo miedo.

La confesión salió sin permiso.

Sin filtros.

Sin orgullo.

Owen dio un paso más.

—Yo también.

Aquello la sorprendió.

—Tú nunca tienes miedo.

—Eso creía.

Sus ojos se encontraron.

Y por un instante desapareció el resto del mundo.

—¿Y ahora?

La voz de Denisse apenas fue un susurro.

Owen sostuvo su mirada.

Y respondió con absoluta honestidad.

—Ahora te tengo a ti.

Y eso me da más miedo que cualquier enemigo.

El corazón de Denisse se aceleró.

Porque entendía exactamente lo que quería decir.

Porque ella sentía lo mismo.




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