Pasión Oscura

CAPÍTULO 26: EL NOMBRE BORRADO

La fotografía cayó de las manos de Valentina.

El sonido del papel golpeando el suelo pareció ensordecedor.

Alexander Valmont.

El verdadero padre.

El hombre que jamás había oído nombrar.

El hombre cuya existencia había sido eliminada.

Borrada.

Enterrada.

Como si nunca hubiera vivido.

Como si nunca hubiera amado.

Como si nunca hubiera existido.

Pero existió.

Y alguien se había asegurado de que el mundo lo olvidara.

Valentina respiró agitadamente.

Volvió a tomar la fotografía.

La observó una vez más.

Elena sonreía.

Una sonrisa luminosa.

Libre.

Feliz.

Completamente distinta a la mujer rota que conocían ahora.

Y el hombre a su lado…

la miraba con amor verdadero.

No con obsesión.

No con posesión.

No con control.

Con amor.

Un amor sereno.

Profundo.

Real.

Y eso hizo que una verdad horrible apareciera en la mente de Valentina.

Sebastián jamás había amado a Elena.

La había deseado.

La había necesitado.

La había reclamado.

Pero amar…

amar era otra cosa.

Denisse despertó sobresaltada.

El corazón desbocado.

La respiración acelerada.

Había vuelto a tener el mismo sueño.

Una y otra vez.

Siempre el mismo.

Una mujer corriendo.

Un hombre gritando.

Lluvia.

Sangre.

Y dos bebés llorando.

Cada noche los detalles eran más claros.

Más nítidos.

Más reales.

Como si no fueran sueños.

Como si fueran recuerdos.

Abrió los ojos.

Todavía era de madrugada.

La habitación permanecía oscura.

Silenciosa.

Pero algo no estaba bien.

Lo sintió inmediatamente.

Aquella sensación.

Aquella incomodidad.

Aquella certeza inexplicable.

No estaba sola.

Denisse se incorporó bruscamente.

Y vio una figura sentada junto a la ventana.

El corazón casi se le salió del pecho.

—¿Quién está ahí?

La figura permaneció inmóvil.

Entonces la luz de la luna iluminó parcialmente su rostro.

Y Denisse sintió un escalofrío.

Era Elena.

—Dios mío…

Denisse saltó de la cama.

—¿Eres tú?

Las lágrimas aparecieron inmediatamente en los ojos de Elena.

—Sí.

La voz era suave.

Temblorosa.

Llena de emociones contenidas durante décadas.

Denisse se quedó inmóvil.

Porque durante años había imaginado aquel momento.

Durante años había soñado con conocerla.

Y ahora estaba allí.

A pocos metros.

Real.

Viva.

Respirando.

—Mamá…

La palabra escapó sin permiso.

Y Elena se rompió.

Completamente.

Las lágrimas comenzaron a correr libremente.

Porque había esperado aquel instante durante veinticuatro años.

Veinticuatro años.

Dos décadas de culpa.

De dolor.

De ausencia.

De miedo.

Y ahora su hija estaba frente a ella.

—Perdóname.

La voz se quebró.

—Por favor, perdóname.

Denisse ya estaba llorando.

Porque había demasiadas emociones.

Demasiadas heridas.

Demasiadas preguntas.

—¿Por qué te fuiste?

Elena cerró los ojos.

Y aquella pregunta pareció atravesarla.

—Porque intentaban matarlas.

—¿Quién?

—Sebastián.

El nombre cayó como una piedra.

—¿Por qué?

Elena bajó la mirada.

Y respondió algo que nadie esperaba.

—Porque estaba obsesionado conmigo.

Al mismo tiempo.

En otra habitación.

Owen observaba documentos financieros.

Pero su mente estaba lejos.

Muy lejos.

Estaba pensando en Denisse.

Como siempre.

Y aquello comenzaba a ser un problema.

Porque cada día era peor.

Más intenso.

Más profundo.

Más inevitable.

Escuchó pasos apresurados en el pasillo.

La puerta se abrió violentamente.

Valentina entró.

Pálida.

Agitada.

Con la fotografía en la mano.

—Tenemos un problema.

Owen se puso de pie inmediatamente.

—¿Qué pasó?

Ella le mostró la imagen.

Y observó cómo el color abandonaba lentamente el rostro de Owen.

—¿Dónde encontraste esto?

—En los archivos secretos.

Owen leyó la inscripción.

Y comprendió instantáneamente la magnitud del descubrimiento.

—Alexander Valmont…

—Es nuestro verdadero padre.

El silencio cayó entre ambos.

Pesado.

Brutal.

Devastador.

—Entonces Sebastián…

—Nos mintió toda la vida.

Owen apretó la mandíbula.

Porque aquello confirmaba algo peor.

Mucho peor.

—No.

Valentina lo miró.

—¿Qué?

—Esto significa que Sebastián no solo ocultó la verdad.

Owen levantó lentamente la mirada.

Y el horror apareció en sus ojos.

—Significa que probablemente asesinó a Alexander.

A cientos de kilómetros.

Sebastián Valmont permanecía solo.

Sentado frente a una enorme chimenea.

Las llamas iluminaban parcialmente su rostro.

Creando sombras inquietantes.

Monstruosas.

En sus manos sostenía una vieja carta.

Una carta escrita por Elena.

Veinticuatro años atrás.

La había leído miles de veces.

Memorizado cada palabra.

Cada frase.

Cada coma.

Cada error.

Porque para él aquella carta era una reliquia.

Un tesoro.

Una enfermedad.

Y mientras la observaba…

sonrió.

—Pronto volverás conmigo.

Susurró.

Como si Elena pudiera escucharlo.

Como si estuviera allí.

Como si nunca se hubiera ido.

Porque esa era la verdadera tragedia de Sebastián.

No estaba enamorado.

Estaba consumido.

De regreso en la residencia.

Elena seguía frente a Denisse.

Y cada segundo hacía más difícil contener las emociones.

—¿Dónde está Valentina?




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