La imagen de Sebastián Valmont ocupaba todas las pantallas.
Su sonrisa seguía allí.
Serena.
Elegante.
Controlada.
Como si no estuviera liderando un asalto.
Como si no acabara de encontrar el escondite más protegido de la familia Parker.
Como si aquella guerra no existiera.
Y eso era precisamente lo que lo hacía tan aterrador.
Porque los hombres peligrosos gritan.
Amenazan.
Pierden el control.
Pero Sebastián no.
Sebastián sonreía.
Y eso era mucho peor.
Elena retrocedió un paso.
Luego otro.
Y otro más.
Hasta que su espalda chocó contra la pared.
Su rostro había perdido todo color.
Sus manos temblaban.
Y Denisse lo vio.
Lo comprendió.
Aquel no era el miedo de una mujer perseguida.
Era el miedo de alguien que conocía exactamente de qué era capaz su perseguidor.
—Mamá…
Elena apenas logró mirarla.
Sus ojos estaban llenos de terror.
Un terror antiguo.
Profundo.
Demasiado real.
—No pueden dejar que entre.
Su voz salió quebrada.
—No pueden.
Owen observó las pantallas.
Su expresión se volvió fría.
Peligrosamente fría.
El tipo de expresión que aparecía cuando estaba a punto de destruir a alguien.
—No entrará.
Una explosión sacudió nuevamente el edificio.
Los ventanales vibraron.
El techo tembló.
Y las alarmas comenzaron a sonar con más intensidad.
Un guardia apareció corriendo.
—¡Han derribado el perímetro norte!
Silencio.
Otro guardia irrumpió segundos después.
—¡Y el este!
La tensión explotó.
Porque aquello ya no era una amenaza.
Era una invasión.
Afuera.
Sebastián continuaba avanzando.
Lentamente.
Sin prisa.
Vestido con un impecable traje oscuro.
Bajo la lluvia.
Como si estuviera caminando hacia una cena elegante.
Como si nada pudiera tocarlo.
A su alrededor, decenas de hombres armados tomaban posiciones.
Pero él apenas les prestaba atención.
Su mirada permanecía fija en la residencia.
En una ventana específica.
La ventana donde sabía que estaba Elena.
Porque siempre sabía dónde estaba Elena.
Siempre.
—Señor.
Uno de sus hombres se acercó.
—La resistencia es más fuerte de lo previsto.
Sebastián sonrió.
—Nunca dudé de Owen Parker.
—¿Quiere que avancemos?
Sebastián negó lentamente.
—No.
—¿No?
—Todavía no.
Observó la residencia.
Como quien observa una obra de arte.
Como quien contempla algo que ama.
Algo que considera suyo.
—Primero quiero verla.
Dentro de la casa.
Valentina observaba las cámaras.
Y por primera vez desde que comenzó toda aquella historia…
sintió auténtico pánico.
Porque ella sí sabía quién era Sebastián.
Ella sí había vivido con él.
Ella sí había visto lo que ocultaba detrás de aquella máscara perfecta.
Y aquello era peor que cualquier monstruo.
Porque los monstruos evidentes pueden identificarse.
Pero Sebastián parecía normal.
Respetable.
Carismático.
Incluso encantador.
Hasta que era demasiado tarde.
Denisse se acercó.
—¿Qué pasa?
Valentina tardó en responder.
Porque no quería decirlo.
Porque decirlo lo volvía real.
Finalmente habló.
—Cuando tenía doce años…
Sebastián encerró a un hombre durante semanas.
El silencio cayó inmediatamente.
—¿Qué?
—Lo mantuvo encerrado porque creyó que había coqueteado con Elena.
El corazón de Denisse se aceleró.
—Eso es imposible.
Valentina soltó una risa amarga.
—Ojalá lo fuera.
Nadie habló.
Porque la verdad comenzaba a mostrar un rostro aterrador.
Owen activó un panel de seguridad.
Puertas blindadas comenzaron a cerrarse.
Sectores completos quedaron aislados.
La residencia se convirtió en una fortaleza.
Pero incluso él sabía que aquello solo compraría tiempo.
Nada más.
Porque Sebastián había planeado esto durante años.
Y los hombres obsesionados nunca improvisan.
Preparan.
Calculan.
Esperan.
Y luego atacan.
Richard Parker permanecía en silencio.
Demasiado silencio.
Denisse lo observó.
Y algo no encajó.
—Tú sabías.
Richard levantó lentamente la mirada.
—¿Qué?
—Sabías lo peligroso que era.
El silencio fue suficiente.
—Lo sabías.
Richard cerró los ojos.
—Sí.
La respuesta cayó como una bomba.
Elena giró inmediatamente hacia él.
Y la furia apareció por primera vez en sus ojos.
—¡Entonces por qué no hiciste nada!
Richard permaneció inmóvil.
—Lo intenté.
—¡NO!
El grito de Elena hizo eco por toda la habitación.
Veinticuatro años de dolor explotando de golpe.
—¡Me dejaste sola!
Las lágrimas comenzaron a correr por sus mejillas.
—¡Sabías lo que estaba haciendo!
—Elena…
—¡Sabías que me perseguía!
—Yo…
—¡SABÍAS QUE MATÓ A ALEXANDER!
El mundo se detuvo.
Completamente.
Nadie respiró.
Nadie habló.
Porque aquellas palabras acababan de confirmar oficialmente la sospecha.
Sebastián había asesinado al verdadero padre de las gemelas.
Y Elena acababa de decirlo delante de todos.
Afuera.
Como si pudiera sentirlo.
Como si estuviera conectado con ellos.
Sebastián sonrió.
Una sonrisa lenta.
Satisfecha.
—Ya lo recordó.
Murmuró.
Uno de sus hombres lo observó confundido.
—¿Quién?
—Elena.
La lluvia resbalaba por su rostro.
Pero él ni siquiera parecía notarlo.
Porque estaba demasiado concentrado.
Demasiado cerca de conseguir aquello que había perseguido durante más de dos décadas.