La explosión sacudió la residencia como si una bomba hubiera detonado bajo sus cimientos.
El suelo se inclinó.
Los ventanales estallaron en miles de fragmentos.
Las luces desaparecieron.
Y durante un segundo interminable…
todo quedó envuelto en oscuridad.
Gritos.
Alarmas.
Cristales rompiéndose.
Pasos.
Órdenes.
Caos.
El mundo entero parecía derrumbarse.
—¡DENISSE!
La voz de Owen atravesó la confusión.
Instintivamente la buscó.
Y cuando la encontró, ya estaba corriendo hacia ella.
La envolvió con sus brazos justo cuando otra explosión hizo temblar el edificio.
La protegió con su cuerpo.
Como si fuera un escudo humano.
Como si estuviera dispuesto a recibir cualquier golpe antes que ella.
Y quizás era exactamente eso.
—¡Han entrado!
El grito resonó desde el pasillo principal.
Los guardias comenzaron a movilizarse.
Armas listas.
Radios encendidas.
Puertas bloqueadas.
Pero todos sabían la verdad.
Sebastián no había venido para intimidar.
Había venido para ganar.
Y los hombres como él jamás retrocedían.
Valentina tomó la mano de Elena.
—Tenemos que movernos.
Elena parecía paralizada.
Sus ojos seguían fijos en una de las pantallas destruidas.
Como si todavía pudiera ver el rostro de Sebastián allí.
Como si todavía escuchara su voz.
—Mamá.
La voz de Denisse la hizo reaccionar.
Elena giró.
Observó a sus dos hijas.
Y algo cambió dentro de ella.
Algo profundo.
Algo feroz.
Durante veinticuatro años había huido.
Había sobrevivido.
Había soportado.
Pero ya no estaba sola.
Ahora tenía algo que proteger.
Y una madre capaz de perderlo todo es peligrosa.
Pero una madre que recupera a sus hijos…
puede convertirse en una fuerza imparable.
Owen tomó el control de la situación.
Como siempre.
Porque en medio del caos parecía volverse más fuerte.
Más frío.
Más peligroso.
—Richard.
El patriarca levantó la mirada.
—¿Cuántas salidas quedan?
—Dos.
—¿Seguras?
Richard no respondió.
Y aquella ausencia de respuesta fue suficiente.
—Maldita sea.
Otro estruendo resonó en la distancia.
Más cerca.
Mucho más cerca.
Mientras tanto.
Sebastián avanzaba por el interior de la propiedad.
Sin correr.
Sin apresurarse.
Sus hombres abrían camino.
Pero él caminaba lentamente.
Como un rey regresando a su castillo.
Como si supiera exactamente dónde estaba cada persona.
Como si hubiera recorrido aquellos pasillos cientos de veces.
Porque, en cierto modo…
era verdad.
Había estudiado cada plano.
Cada salida.
Cada punto ciego.
Durante años.
Todo aquello había sido preparado.
Todo.
Se detuvo frente a un retrato antiguo.
Una fotografía familiar de los Parker.
Sonrió.
—Richard.
Susurró.
—Siempre tan predecible.
En el nivel superior.
Denisse corría junto a Owen.
Elena.
Valentina.
Richard.
Victoria.
Todos avanzaban hacia una salida de emergencia oculta.
Pero el miedo crecía con cada paso.
Porque los disparos ya se escuchaban dentro del edificio.
Demasiado cerca.
Demasiado reales.
Y porque algo no dejaba de atormentar a Denisse.
Una pregunta.
Una pregunta que necesitaba responder.
—¿Por qué?
Owen la miró.
—¿Qué?
—¿Por qué Sebastián está tan obsesionado?
El silencio cayó sobre el grupo.
Porque era una pregunta que todos evitaban.
Finalmente fue Elena quien respondió.
Su voz temblaba.
—Porque nunca aceptó perder.
Denisse la observó.
—Explícame.
Elena cerró los ojos.
Y el pasado volvió.
Veinticinco años atrás.
Una noche.
Un baile benéfico.
Música.
Luces.
Champán.
Sebastián Valmont era joven.
Brillante.
Admirado.
Deseado.
Y estaba convencido de que algún día Elena sería su esposa.
Todo el mundo lo creía.
Incluso él.
Hasta que apareció Alexander.
Y en cuestión de meses…
todo cambió.
Elena se enamoró.
Profundamente.
Irremediablemente.
Pero no de Sebastián.
De Alexander.
Aquella fue la primera derrota de Sebastián.
Y jamás la perdonó.
—Cuando me casé con Alexander…
Sebastián dejó de ser el hombre que conocíamos.
La voz de Elena estaba rota.
—Se volvió más oscuro.
Más obsesivo.
Más peligroso.
Valentina apretó la mandíbula.
Porque ella también había visto esa oscuridad.
Porque había vivido con ella.
—Nunca dejó de perseguirte.
Dijo.
Elena negó lentamente.
—No.
Nunca.
Y aquellas palabras helaron la sangre de todos.
Porque significaban algo terrible.
Veinticuatro años.
Veinticuatro años de obsesión.
Veinticuatro años de persecución.
Veinticuatro años esperando.
Nadie normal hacía eso.
Nadie cuerdo.
De repente.
Un disparo.
La bala impactó contra la pared.
A centímetros de ellos.
Todos se lanzaron al suelo.
—¡Cubranse!
Los guardias respondieron inmediatamente.
Intercambio de fuego.
Gritos.
Pasos.
El enemigo estaba allí.
Habían llegado.
Owen tomó a Denisse por la cintura.
La acercó a él.
Demasiado cerca.
Demasiado íntimamente.
Pero en aquel momento no importó.
Porque el peligro era real.
Porque podían morir.
Y cuando la muerte se acerca…
las mentiras pierden valor.
—No te alejes de mí.
Su voz sonó grave.
Autoritaria.
Posesiva.
Denisse levantó la mirada.