Pasión Oscura

CAPÍTULO 32: LA DESAPARICIÓN

El humo lo cubrió todo.

Las luces parpadearon.

Los gritos resonaron por el corredor.

Durante varios segundos nadie pudo ver nada.

Absolutamente nada.

Solo polvo.

Ruido.

Caos.

Y la sensación aterradora de que algo acababa de salir terriblemente mal.

Denisse tosió.

Intentó abrir los ojos.

Intentó encontrar a Owen.

Porque incluso en medio del desastre lo buscaba instintivamente.

Siempre a él.

Una mano firme sujetó su cintura.

La atrajo hacia un pecho familiar.

Protector.

Sólido.

Seguro.

—Estoy aquí.

La voz grave de Owen atravesó el caos.

Y por un instante el miedo disminuyó.

Solo un poco.

Solo lo suficiente para respirar.

Cuando el humo comenzó a disiparse…

la realidad golpeó con brutalidad.

Una parte del corredor había desaparecido.

El muro estaba destruido.

Había escombros por todas partes.

Cristales rotos.

Hierro doblado.

Pedazos de concreto.

Pero aquello no fue lo peor.

Lo peor fue lo que faltaba.

O mejor dicho…

quien faltaba.

Adriana.

Había desaparecido.

—¡MALDITA SEA!

Gabriel fue el primero en reaccionar.

Corrió hacia el lugar donde había estado segundos antes.

Nada.

No había cuerpo.

No había sangre.

No había rastros.

Solo vacío.

—No.

Susurró.

—No, no, no…

Porque comprendía exactamente lo que aquello significaba.

Alguien la había sacado de allí.

Alguien que no podía permitir que hablara.

Richard permanecía inmóvil.

Observando el espacio vacío.

Y el terror comenzó a reflejarse en sus ojos.

Porque conocía demasiadas cosas.

Demasiadas historias.

Demasiados secretos.

Y sabía perfectamente que Adriana estaba viva por una razón.

Había sobrevivido durante décadas por una razón.

Y ahora…

alguien intentaba silenciarla.

Definitivamente.

Sebastián observaba los escombros.

Sin decir una palabra.

Demasiado tranquilo.

Demasiado sereno.

Demasiado controlado.

Y aquello llamó inmediatamente la atención de Owen.

Porque los hombres inocentes reaccionaban.

Los culpables calculaban.

Y Sebastián parecía estar calculando.

—¿Dónde está?

La voz de Gabriel fue un rugido.

Nadie respondió.

—¡¿DÓNDE ESTÁ?!

Las paredes parecieron temblar.

Pero el silencio continuó.

Hasta que Sebastián habló.

—No fui yo.

Gabriel giró inmediatamente.

Los dos hombres quedaron frente a frente.

Y por primera vez parecían olvidarse del resto del mundo.

Dos depredadores.

Dos enemigos.

Dos hombres que llevaban décadas destruyéndose mutuamente.

—No te creo.

Dijo Gabriel.

Sebastián sostuvo su mirada.

—Lo sé.

—Si le pasa algo…

—No fui yo.

Repitió.

Y algo en su voz hizo que Denisse se estremeciera.

Porque parecía sincero.

Y eso era aún más aterrador.

Si Sebastián no era responsable…

entonces había alguien más.

Alguien oculto.

Alguien observando desde las sombras.

Alguien que estaba siempre un paso adelante.

Elena comprendió lo mismo.

Y el miedo volvió.

Porque Adriana había dicho algo antes de desaparecer.

Algo fundamental.

Algo que todos seguían ignorando.

El verdadero enemigo sigue entre nosotros.

Aquella frase regresó una y otra vez.

Como un eco.

Como una advertencia.

Como una sentencia.

Mientras los guardias inspeccionaban la zona destruida…

Valentina encontró algo.

Un pequeño objeto metálico.

Oculto entre los escombros.

Lo recogió lentamente.

Y sintió que el corazón se aceleraba.

—Owen.

La voz salió apenas como un susurro.

Él se acercó.

Observó el objeto.

Y su expresión cambió inmediatamente.

—¿Qué es?

Preguntó Denisse.

Owen permaneció inmóvil unos segundos.

Demasiados segundos.

—Un emblema.

—¿De quién?

El silencio volvió.

Y cuando finalmente respondió…

la tensión aumentó.

—De la Fundación Kronos.

Richard palideció.

Gabriel también.

Y aquello fue suficiente para que todos comprendieran que era importante.

Muy importante.

—¿Qué demonios es Kronos?

Preguntó Denisse.

Nadie respondió inmediatamente.

Porque nadie quería hacerlo.

Finalmente fue Gabriel.

—Una organización.

—¿Qué clase de organización?

Gabriel soltó una risa amarga.

Sin humor.

Sin alegría.

Solo cansancio.

—La clase de organización que no debería existir.

La tensión creció.

Porque aquella respuesta no explicaba nada.

Y al mismo tiempo explicaba demasiado.

—Hace décadas…

continuó Gabriel…

algunas de las familias más poderosas del país comenzaron a colaborar en secreto.

Empresarios.

Políticos.

Banqueros.

Jueces.

Personas con influencia.

Personas con poder.

Personas acostumbradas a obtener siempre lo que querían.

Elena cerró los ojos.

Porque conocía aquel nombre.

Y lo odiaba.

—¿Y qué hacían?

Preguntó Valentina.

Gabriel la observó.

Y la respuesta heló la sangre de todos.

—Decidían el destino de otras personas.

El silencio explotó.

Porque aquello sonaba imposible.

Pero también sonaba real.

Demasiado real.

—No.

Susurró Denisse.

—Sí.

Gabriel asintió.

—Matrimonios.

Herencias.

Empresas.

Fortunas.

Carreras.

Incluso nacimientos.

Todo podía manipularse.

Todo podía comprarse.

Todo podía decidirse.

El corazón de Denisse comenzó a latir con fuerza.

Porque una idea horrible estaba formándose en su mente.




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