Pasión Oscura

CAPÍTULO 33: EL HEREDERO OCULTO

El silencio se volvió insoportable.

Las palabras de Richard seguían suspendidas en el aire.

“Descubrirás quién es el verdadero dueño de la fortuna Parker.”

Nadie habló.

Nadie se movió.

Porque aquella frase era mucho más peligrosa de lo que parecía.

No hablaba solo de dinero.

No hablaba solo de empresas.

Hablaba de poder.

Y el poder había destruido aquella familia durante treinta años.

Owen permaneció inmóvil.

Con la mandíbula tensa.

Los puños cerrados.

La mirada perdida en algún punto invisible.

Porque sentía que el suelo seguía desapareciendo bajo sus pies.

Primero descubrió que Richard no era su padre.

Luego que Gabriel sí lo era.

Después apareció Adriana.

Luego Kronos.

Y ahora…

otra verdad lo esperaba.

Otra bomba.

Otro secreto.

Otra herida.

¿Cuántas mentiras podían esconderse dentro de una sola familia?

Denisse lo observó.

Y algo dentro de ella se rompió.

Porque detrás de aquella apariencia fría…

podía ver al hombre agotado.

Al niño que nunca conoció la verdad.

Al hombre que llevaba toda una vida cargando secretos que ni siquiera sabía que existían.

Sin pensarlo.

Tomó su mano.

Simplemente la tomó.

Owen bajó la mirada.

Observó sus dedos entrelazados.

Y durante un segundo interminable…

todo desapareció.

Los disparos.

Las explosiones.

Las conspiraciones.

El miedo.

Solo existía ella.

Aquello no pasó desapercibido.

Sebastián los observó.

Y una sombra oscura cruzó sus ojos.

Porque comenzaba a comprender algo.

Algo que no le gustaba.

Algo que no podía controlar.

El vínculo entre ellos era más fuerte de lo que había imaginado.

Mucho más fuerte.

—Voy solo.

Dijo Owen finalmente.

—Ni hablar.

Respondió Denisse.

Él la miró.

—Es peligroso.

—Precisamente por eso.

—Denisse…

—No.

La firmeza en su voz sorprendió incluso a ella misma.

—Ya estoy cansada de que todos decidan por mí.

El silencio cayó.

Y Owen no supo qué responder.

Porque en el fondo…

la entendía.

Durante demasiados años ella había sido una pieza dentro del tablero de otros.

Una ficha.

Un secreto.

Una víctima.

Pero ya no quería serlo.

Y aquella determinación la hacía aún más hermosa.

Más peligrosa.

Más irresistible.

—Voy contigo.

Repitió.

Owen sostuvo su mirada.

Y comprendió que era inútil discutir.

Porque aquella mujer podía parecer frágil.

Pero tenía una fuerza capaz de derribar montañas.

Finalmente asintió.

—No te apartarás de mi lado.

Una leve sonrisa apareció en los labios de Denisse.

—Eso suena como una orden.

—Lo es.

La tensión entre ambos fue inmediata.

El calor.

La electricidad.

Aquella atracción imposible que parecía crecer en medio del desastre.

Y por un instante…

olvidaron que no estaban solos.

Hasta que Valentina carraspeó.

Con evidente incomodidad.

—¿Podemos concentrarnos en la posible guerra familiar?

Denisse se sonrojó inmediatamente.

Owen no.

Ni siquiera un poco.

Y aquello hizo que Gabriel soltara una risa inesperada.

La primera risa sincera en mucho tiempo.

Pero duró poco.

Porque la realidad regresó.

Siempre regresaba.

Treinta minutos después.

Un convoy blindado abandonó la residencia.

La lluvia seguía cayendo.

Pesada.

Oscura.

Como si el cielo también estuviera de duelo.

Dentro del vehículo principal viajaban Owen y Denisse.

Solos.

Por primera vez en horas.

Y el silencio entre ellos era intenso.

Demasiado intenso.

—¿Tienes miedo?

Preguntó Owen.

Denisse observó la lluvia detrás de la ventana.

—Sí.

—Yo también.

Ella giró inmediatamente.

Sorprendida.

Porque jamás imaginó escucharlo admitir algo así.

—Pensé que eras invencible.

Murmuró.

Una sonrisa triste apareció en los labios de Owen.

—Eso pensaba yo también.

Las palabras dolieron.

Porque revelaban más de lo que pretendían.

Denisse lo observó.

Y comprendió algo.

El hombre que todos veían.

El multimillonario.

El heredero.

El jefe dominante.

El empresario temido.

Era apenas una parte.

Debajo de todo aquello existía alguien más.

Alguien herido.

Alguien solo.

Alguien cansado.

—Owen.

Él levantó la mirada.

—¿Qué?

Denisse dudó.

Porque las palabras eran peligrosas.

Pero ya no podía seguir ignorándolas.

—Pase lo que pase…

no me arrepiento de haberte conocido.

El corazón de Owen se detuvo.

Literalmente.

Porque aquellas palabras significaban mucho más.

Muchísimo más.

La observó.

Durante largos segundos.

Y por primera vez en toda la noche…

la dureza desapareció de sus ojos.

—Yo sí me arrepiento.

Denisse sintió una puñalada.

Hasta que él continuó.

—Porque si no te hubiera conocido…

todo esto sería mucho más fácil.

El aire desapareció.

Y entonces ocurrió.

Sin planearlo.

Sin pensarlo.

Sin medir consecuencias.

Owen tomó su rostro entre las manos.

Y la besó.

Fue un beso desesperado.

Profundo.

Intenso.

Como si el mundo estuviera terminando.

Como si aquella fuera la última oportunidad.

Como si ambos necesitaran comprobar que seguían vivos.

Que seguían allí.

Que eran reales.

La lluvia golpeaba los cristales.

El vehículo avanzaba por la oscuridad.

Y durante unos segundos…

solo existieron ellos.

Pero la felicidad nunca duraba demasiado.




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