El disparo resonó como un trueno.
Seco.
Brutal.
Irreversible.
Durante un segundo nadie entendió lo que acababa de ocurrir.
Nathan Parker permaneció inmóvil.
Sus ojos abiertos.
La sangre expandiéndose lentamente sobre el suelo de cemento.
La carpeta cayó de sus manos.
Los documentos volaron por el aire.
Hojas.
Fotografías.
Contratos.
Nombres.
Secretos.
Décadas de secretos flotando en medio del caos.
Y una sola palabra quedó suspendida en la memoria de todos.
Victoria.
—¡NO!
Gabriel fue el primero en moverse.
Corrió hacia Nathan.
Se arrodilló junto a él.
Buscando un pulso.
Una respiración.
Cualquier señal.
Pero ya era tarde.
Demasiado tarde.
Nathan Parker había muerto.
Por segunda vez.
Y esta vez parecía definitivo.
Elena temblaba.
Richard había quedado paralizado.
Sebastián observaba la escena con una expresión imposible de descifrar.
Y Denisse sentía que el corazón quería escapar de su pecho.
Porque Nathan estaba a punto de revelar la verdad.
La verdad definitiva.
La verdad que todos habían esperado durante años.
Y alguien acababa de silenciarlo.
—¡CIERREN TODAS LAS SALIDAS!
Rugió Owen.
Su voz llenó la sala.
Autoritaria.
Dominante.
Peligrosa.
Los guardias reaccionaron inmediatamente.
Corrieron.
Desplegaron posiciones.
Bloquearon accesos.
Pero todos sabían que probablemente era inútil.
El asesino había preparado aquello.
Había esperado el momento perfecto.
Y había disparado exactamente cuando debía hacerlo.
Denisse observó el lugar desde donde había venido la bala.
Oscuridad.
Sombras.
Nada más.
Nadie visible.
Ningún movimiento.
Ninguna respuesta.
Solo vacío.
Y aquello era aún más aterrador.
Entonces ocurrió.
Valentina recogió una de las hojas caídas.
La observó.
Y palideció.
Completamente.
—Owen…
La voz salió apenas como un susurro.
Él giró.
—¿Qué pasa?
Valentina no respondió.
Simplemente le entregó el documento.
Owen lo leyó.
Y el color desapareció de su rostro.
—¿Qué dice?
Preguntó Denisse.
Nadie respondió.
—¿Qué dice?
Insistió.
Finalmente Owen levantó la mirada.
Y sus ojos reflejaban algo cercano al horror.
—Es una lista.
—¿De qué?
—De pagos.
Pagos realizados durante treinta años.
El silencio cayó nuevamente.
—¿Pagos para qué?
Preguntó Gabriel.
Owen tragó saliva.
—Para comprar jueces.
Comprar fiscales.
Comprar policías.
Comprar políticos.
La sala quedó congelada.
Porque aquello ya no era una conspiración familiar.
Era algo mucho más grande.
Mucho más oscuro.
Era una organización.
Un sistema.
Una maquinaria.
Kronos.
Y entonces Denisse vio algo.
Una firma.
Pequeña.
Casi invisible.
Al final del documento.
—¿Quién es?
Preguntó.
Señalándola.
Owen observó.
Y por primera vez en toda la noche pareció realmente sorprendido.
—No puede ser.
—¿Qué?
—Esta firma.
—¿Qué tiene?
Owen levantó lentamente la mirada.
—Pertenece a Victoria.
El aire desapareció.
Todos giraron.
Al mismo tiempo.
Instintivamente.
Hacia Victoria Parker.
La mujer permanecía inmóvil.
Pálida.
Observando los documentos.
Observando el cuerpo de Nathan.
Observando la sangre.
Y por primera vez…
parecía asustada.
—No.
Susurró.
—No fui yo.
Richard la observó.
—Victoria…
—NO FUI YO.
Las lágrimas comenzaron a correr por sus mejillas.
—¡No entienden nada!
La tensión explotó.
Porque los hechos comenzaban a señalarla.
La última palabra de Nathan.
Su firma.
Su reacción.
Todo.
Pero Denisse sintió algo.
Una intuición.
Una alarma.
Porque aquello parecía demasiado obvio.
Demasiado perfecto.
Demasiado conveniente.
Y las cosas convenientes rara vez eran verdad.
Sebastián comenzó a aplaudir lentamente.
Una vez.
Dos veces.
Tres.
El sonido resonó por toda la sala.
—Maravilloso.
Todos giraron hacia él.
—Treinta años de secretos.
Y finalmente llegan exactamente donde alguien quería que llegaran.
Owen lo observó.
—¿Qué estás insinuando?
La sonrisa de Sebastián regresó.
Aquella sonrisa elegante.
Oscura.
Terrible.
—Que están mirando a la persona equivocada.
Silencio.
—¿Y quién sería la correcta?
Preguntó Gabriel.
Sebastián bajó la mirada hacia Nathan.
—La pregunta correcta no es quién disparó.
—Entonces cuál es.
—Quién quería que Nathan hablara.
Nadie entendió.
Al menos no inmediatamente.
Hasta que Adriana reaccionó.
Y su rostro perdió todo color.
—Dios mío.
Elena la observó.
—¿Qué?
Adriana parecía incapaz de respirar.
—No vinieron a detenerlo.
—¿Quiénes?
—Kronos.
El silencio cayó nuevamente.
—Vinieron a usarlo.
Un escalofrío recorrió la sala.
Porque de pronto todo comenzaba a encajar.
Nathan aparece.
Revela parte de la verdad.
Genera caos.
Provoca desconfianza.
Y muere antes de completar la revelación.
Exactamente lo suficiente para destruir a todos.
Pero no lo suficiente para exponer a nadie.
Era una operación perfecta.
—Entonces seguimos sin saber quién es el líder.
Dijo Denisse.
—No.
Respondió Adriana.
Todos la miraron.
—Nathan alcanzó a decir el nombre.