Pasión Oscura

CAPÍTULO 37: EL HIJO DEL ESCÁNDALO

El silencio fue absoluto.

Brutal.

Inhumano.

Durante varios segundos nadie reaccionó.

Nadie respiró.

Nadie parpadeó.

Porque las palabras acababan de atravesar la sala como una bala.

“Dice que tiene un bebé. Y afirma que el padre es Owen.”

Denisse sintió que el mundo se inclinaba bajo sus pies.

No.

Aquello no podía estar ocurriendo.

No después de todo.

No después de descubrir que no eran hermanos.

No después de sobrevivir a secuestros, asesinatos y conspiraciones.

No ahora.

No cuando finalmente había comenzado a aceptar lo que sentía por él.

Owen quedó inmóvil.

Completamente inmóvil.

Como una estatua.

Como si el cerebro hubiera dejado de funcionar.

Porque aquella noticia era imposible.

Absolutamente imposible.

—Eso no es cierto.

Su voz sonó fría.

Cortante.

Definitiva.

El guardia tragó saliva.

—Señor…

—No es cierto.

Repitió.

Y esta vez hubo algo más.

Furia.

Una furia oscura que comenzaba a crecer lentamente.

Denisse observó su perfil.

Y lo conocía lo suficiente para saber que estaba diciendo la verdad.

Owen no parecía sorprendido.

Parecía ofendido.

Como alguien acusado de un crimen que no cometió.

—Necesito verla.

Dijo finalmente.

—Ahora.

Sebastián observó toda la escena.

Y una sonrisa apenas perceptible apareció en sus labios.

No pasó desapercibida para Gabriel.

—¿Te parece divertido?

Preguntó.

Sebastián lo miró.

—Me parece interesante.

—¿Qué cosa?

—La sincronización.

El comentario hizo que varias personas se miraran entre sí.

Porque tenía razón.

Otra vez.

Todo estaba ocurriendo en el momento exacto.

La aparición de Nathan.

La revelación de Victoria.

La herencia secreta.

Y ahora Isabella.

Demasiadas coincidencias.

—Alguien está moviendo las piezas.

Murmuró Adriana.

Y aquella frase volvió a despertar el miedo.

Porque seguían sin saber quién era el verdadero enemigo.

Una hora después.

La tormenta continuaba golpeando la ciudad.

Las calles brillaban bajo las luces nocturnas.

Y el convoy avanzaba hacia una clínica privada protegida por seguridad armada.

Denisse viajaba junto a Owen.

El silencio entre ambos era diferente ahora.

Más pesado.

Más frágil.

Más peligroso.

Porque existía una pregunta.

Una única pregunta.

Y ninguno quería formularla.

Finalmente fue Denisse quien rompió el silencio.

—¿Hay alguna posibilidad?

Owen giró lentamente la cabeza.

Y entendió exactamente qué estaba preguntando.

—No.

La respuesta llegó sin vacilar.

—¿Estás seguro?

—Sí.

—¿Completamente?

La mandíbula de Owen se tensó.

—Jamás tuve una relación con Isabella.

El corazón de Denisse dio un pequeño salto.

Una parte de ella necesitaba escuchar aquello.

Necesitaba creerlo.

—Pero ella estaba obsesionada contigo.

Dijo.

—Lo sé.

—Y tú sabías que estaba enamorada.

Owen cerró los ojos unos segundos.

—Sí.

—¿Entonces?

—Entonces cometí un error.

Denisse lo observó.

—¿Cuál?

La respuesta tardó varios segundos.

—Pensé que podía manejar la situación.

La lluvia golpeó los cristales.

—Y no pude.

Aquellas palabras contenían culpa.

Mucha culpa.

Porque Owen estaba acostumbrado a controlar empresas.

Mercados.

Millones de dólares.

Personas.

Negociaciones.

Pero los sentimientos humanos eran otra cosa.

Y los sentimientos obsesivos…

eran impredecibles.

Cuando llegaron a la clínica, los esperaba Gabriel.

Había llegado antes.

—Está arriba.

Dijo.

—¿Cómo está?

Gabriel suspiró.

—Alterada.

Confundida.

Asustada.

—¿Y el bebé?

El silencio duró apenas un segundo.

Pero fue suficiente.

—Existe.

Owen quedó inmóvil.

—¿Qué?

—El bebé existe.

La tensión explotó nuevamente.

Porque una cosa era una mentira.

Otra muy distinta era un niño real.

Denisse sintió que el corazón se aceleraba.

Y por primera vez apareció una pequeña grieta en su confianza.

Pequeña.

Mínima.

Pero estaba allí.

Porque la realidad era simple.

Existía un bebé.

Y alguien debía ser el padre.

Subieron.

La habitación estaba custodiada.

Dos guardias.

Una enfermera.

Y un médico.

Cuando la puerta se abrió…

Isabella levantó inmediatamente la cabeza.

Y comenzó a llorar.

—¡OWEN!

Intentó levantarse de la cama.

Pero los médicos la detuvieron.

—Tranquila.

Ella no escuchaba.

Solo lo miraba a él.

Como si fuera la única persona del mundo.

Como si hubiera esperado ese momento durante años.

—Pensé que no vendrías.

Owen permaneció inmóvil.

—¿Dónde está el bebé?

La pregunta fue directa.

Fría.

Sin emoción.

Isabella pareció herida.

—Ni siquiera preguntas cómo estoy.

—¿Dónde está?

Las lágrimas aparecieron nuevamente.

—En neonatología.

El corazón de Denisse se aceleró.

Neonatología.

Aquello significaba que era real.

Demasiado real.

—¿Cuántos meses?

Preguntó Owen.

—Nació hace tres semanas.

La tensión aumentó.

Porque las fechas comenzaban a importar.

Mucho.

—¿Y dices que es mío?

Isabella asintió.

—Sí.

Silencio.

—Mientes.

La respuesta fue inmediata.

Y algo cambió en el rostro de Isabella.

Dolor.

Verdadero dolor.

—No.

—Sí.

—No.

—Jamás estuve contigo.

Las palabras golpearon la habitación.




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