Las alarmas comenzaron a sonar.
Agudas.
Constantes.
Aterradoras.
El monitor cardíaco de Isabella emitía un pitido frenético mientras los números descendían a una velocidad imposible.
Los médicos reaccionaron de inmediato.
Las enfermeras corrieron.
Las puertas se abrieron.
Los equipos de emergencia aparecieron.
Y en medio de todo aquel caos…
Owen permaneció inmóvil.
Porque había comprendido algo.
Una vez más.
Habían llegado tarde.
—¡Despejen la habitación!
Gritó uno de los médicos.
—¡Ahora!
Denisse sintió que alguien la empujaba suavemente hacia atrás.
Gabriel.
—Ven.
—No.
—Denisse.
—Ella iba a decirnos quién era.
El dolor en la voz de Isabella todavía resonaba en su cabeza.
La mujer.
La mujer que dirige todo.
La mujer.
Siempre la mujer.
Y ahora alguien intentaba silenciarla.
Como habían silenciado a Nathan.
Como habían intentado silenciar a Adriana.
Como habían hecho desaparecer a Victoria.
El patrón era evidente.
Demasiado evidente.
Las puertas se cerraron.
Y todos quedaron afuera.
Esperando.
Los minutos comenzaron a pasar.
Lentos.
Crueles.
Interminables.
La lluvia seguía golpeando los ventanales de la clínica.
La madrugada parecía eterna.
Denisse observó a Owen.
Sus manos estaban cerradas en puños.
La mandíbula tensa.
Los ojos oscuros.
Era un hombre acostumbrado a controlar situaciones.
Pero aquello estaba fuera de su alcance.
Y la impotencia lo estaba destruyendo.
Sin pensarlo demasiado…
Denisse tomó su mano.
Owen bajó la mirada.
Sus dedos se entrelazaron automáticamente.
Como si buscaran refugio.
Como si ambos necesitaran recordar que seguían juntos.
Porque el mundo entero parecía empeñado en separarlos.
Y aun así…
seguían encontrándose.
Siempre.
Sebastián observó aquella escena desde el otro extremo del pasillo.
Y una sombra cruzó sus ojos.
Celos.
Oscuros.
Silenciosos.
Peligrosos.
Porque empezaba a comprender que ya había perdido.
No la guerra.
A Denisse.
Y aquella derrota le dolía mucho más de lo que estaba dispuesto a admitir.
Una hora después.
Las puertas finalmente se abrieron.
El médico salió.
Agotado.
Sudoroso.
Pálido.
Todos se pusieron de pie.
—¿Y bien?
Preguntó Owen.
El hombre respiró profundamente.
—Vivirá.
Un suspiro colectivo recorrió el pasillo.
Pero duró apenas unos segundos.
Porque el médico continuó.
—Por ahora.
El alivio desapareció.
—¿Qué significa eso?
Preguntó Gabriel.
—Que utilizó una sustancia muy extraña.
—¿Veneno?
El médico asintió.
—Sí.
Pero no uno común.
Silencio.
—Nunca había visto algo así.
—¿Qué hace?
Preguntó Adriana.
El médico tragó saliva.
—Afecta selectivamente la memoria.
El aire desapareció.
—¿Qué?
—Destruye recuerdos específicos.
La sangre abandonó el rostro de todos.
Porque aquello era peor que la muerte.
Mucho peor.
—No entiendo.
Dijo Denisse.
—La persona seguirá viva.
Explicó el médico.
—Pero podría olvidar partes completas de su vida.
El terror invadió el pasillo.
Porque todos comprendieron inmediatamente.
No querían matar a Isabella.
Querían borrar lo que sabía.
Querían destruir la información.
No a la persona.
Y aquello demostraba algo aterrador.
La organización seguía funcionando.
Perfectamente.
Y seguía protegiendo sus secretos.
Entonces apareció otro médico.
Llevaba algo en una bolsa transparente.
—Encontramos esto.
Todos observaron.
Era una pequeña tarjeta negra.
Sin nombre.
Sin identificación.
Solo una frase escrita en letras plateadas.
Una frase que hizo que el corazón de Denisse se acelerara.
“El pasado nunca muere.”
Debajo había un símbolo.
Un reloj de arena.
El emblema de Kronos.
La amenaza era evidente.
Descarada.
Y profundamente personal.
Horas después.
El amanecer comenzaba a aparecer.
Pero nadie había dormido.
Nadie podía.
La guerra acababa de entrar en una nueva etapa.
Y todos lo sabían.
Fue entonces cuando Richard recibió una llamada.
Contestó.
Escuchó.
Y quedó inmóvil.
Completamente inmóvil.
—¿Qué ocurre?
Preguntó Gabriel.
Richard no respondió.
—Richard.
Finalmente levantó la mirada.
Y parecía haber envejecido diez años.
—Encontraron algo en la caja fuerte de Alexander.
Silencio.
—¿Qué?
—Un archivo.
Denisse sintió que el corazón se aceleraba.
Otra vez.
Siempre otro archivo.
Otro secreto.
Otra bomba.
—¿Qué contiene?
Richard tragó saliva.
—Videos.
Elena palideció.
Porque ya había visto lo que los videos podían hacer.
—¿Videos de qué?
Richard cerró los ojos.
—De Victoria.
El mundo volvió a detenerse.
—No…
Susurró Elena.
—Sí.
—¿Cuántos?
—Cuarenta y tres grabaciones.
La sangre abandonó todos los rostros.
Porque cuarenta y tres grabaciones significaban algo.
Muchísimo.
Significaban años.
Años documentados.
Años de secretos.
Años de verdades ocultas.
—¿Qué dicen?
Preguntó Owen.
Richard negó lentamente.
—No lo sé.
—¿Por qué?
La respuesta llegó como un golpe.
—Porque hay una contraseña.
Silencio.
—¿Y cuál es?
Richard sostuvo la mirada de Denisse.
Y aquello hizo que el corazón de ella se detuviera.