La alarma perforó el silencio.
Aguda.
Constante.
Amenazante.
Durante unos segundos nadie logró comprender lo que estaba ocurriendo.
Todos seguían atrapados en las últimas palabras de Victoria.
“El hombre que te dio la vida es también el hombre que intentó matarme.”
Aquella frase había explotado dentro de la habitación como una bomba.
Pero entonces apareció algo todavía más imposible.
Más aterrador.
Más inexplicable.
La pantalla de la computadora seguía mostrando el mismo mensaje.
ACCESO REMOTO DETECTADO
USUARIO IDENTIFICADO: VICTORIA VALMONT
Denisse sintió que el corazón se detenía.
Porque había dos posibilidades.
Y ambas eran aterradoras.
La primera:
Victoria estaba viva.
La segunda:
Alguien estaba utilizando su identidad.
Y ninguna de las dos prometía algo bueno.
—Eso es imposible.
Murmuró Gabriel.
Richard parecía incapaz de respirar.
—El sistema reconoce huellas digitales.
Claves biométricas.
Protocolos imposibles de falsificar.
Elena dio un paso hacia la pantalla.
—Victoria murió.
Nadie respondió.
Porque por primera vez…
nadie estaba completamente seguro.
Habían encontrado un cuerpo.
Sí.
Pero también habían encontrado demasiados muertos que seguían vivos.
Adriana.
Nathan.
Y quizás…
Victoria.
Entonces la pantalla volvió a cambiar.
Las ventanas comenzaron a abrirse automáticamente.
Archivos.
Directorios.
Carpetas ocultas.
Miles de documentos aparecieron.
Y una nueva línea de texto comenzó a escribirse sola.
Como si alguien estuviera conectado.
Como si alguien estuviera observándolos en ese mismo instante.
Como si alguien estuviera allí.
Hola, Denisse.
El aire desapareció.
Elena comenzó a temblar.
Gabriel retrocedió.
Y Owen sintió que todos los músculos de su cuerpo se tensaban.
Porque aquello ya no parecía una grabación.
Parecía una conversación.
La frase siguiente apareció lentamente.
Si estás leyendo esto…
significa que llegaste más lejos de lo que imaginé.
Denisse sintió lágrimas acumulándose en sus ojos.
Porque quería creer.
Quería desesperadamente creer.
Pero tenía miedo.
Mucho miedo.
—¿Es ella?
Susurró.
Nadie pudo responder.
Entonces apareció una nueva frase.
No confíes en nadie.
La habitación quedó inmóvil.
Y la siguiente línea fue aún peor.
Ni siquiera en los Parker.
Richard cerró los ojos.
Gabriel apretó la mandíbula.
Porque aquello significaba algo.
Muchísimo.
Entonces ocurrió.
Una videollamada comenzó a entrar.
Directamente en la computadora.
Nadie tocó nada.
Nadie la aceptó.
Pero la conexión se abrió sola.
La pantalla quedó negra durante unos segundos.
Y entonces apareció una imagen.
Borrosa.
Temblorosa.
Una habitación.
Oscura.
Antigua.
Y una mujer sentada frente a una cámara.
El corazón de Elena se detuvo.
Porque conocía aquel rostro.
Porque lo había visto toda su vida.
Porque era su propio rostro.
Solo que más envejecido.
Más cansado.
Más triste.
—Victoria.
Susurró.
La mujer de la pantalla observó fijamente la cámara.
Y luego sonrió.
Una sonrisa pequeña.
Dolorosa.
—Hola, Elena.
Elena rompió a llorar.
Porque aquella voz era real.
Porque ningún sistema podía imitar aquello.
Ninguna inteligencia artificial.
Ningún engaño.
Era ella.
O al menos parecía serlo.
—No.
Susurró Elena.
—No puede ser.
La mujer de la pantalla también lloraba.
—Lo sé.
Su voz se quebró.
—Yo tampoco podía creer que siguieras viva.
La habitación explotó emocionalmente.
Porque décadas de dolor acababan de colisionar.
Décadas.
Denisse no podía apartar la mirada.
Porque estaba observando a la mujer que le había dado la vida.
La mujer cuyo rostro veía cada mañana en el espejo.
La mujer que había perseguido sin saberlo toda su existencia.
Y entonces Victoria la miró.
Directamente.
Como si nada más existiera.
Como si el resto del mundo desapareciera.
—Hola, mi amor.
Las lágrimas comenzaron a caer por el rostro de Denisse.
—Mamá.
La palabra salió sola.
Sin pensar.
Sin filtros.
Sin defensas.
Y Victoria comenzó a llorar.
Porque había esperado escuchar aquello durante más de veinticinco años.
—Perdóname.
El silencio se hizo absoluto.
—Perdóname por no estar.
Denisse ya no podía contener las lágrimas.
Porque toda una vida de preguntas estaba encontrando finalmente una respuesta.
Y aun así…
seguían faltando demasiadas piezas.
—¿Estás viva?
Preguntó.
Victoria permaneció en silencio.
Demasiado tiempo.
Y aquello fue suficiente.
Porque la respuesta era complicada.
Muy complicada.
—Estoy escondida.
La tensión regresó inmediatamente.
—¿Dónde?
Preguntó Owen.
Victoria lo observó.
Y algo extraño apareció en su mirada.
Reconocimiento.
Como si supiera perfectamente quién era.
—Así que tú eres Owen Parker.
El silencio cayó nuevamente.
—Me conoces.
—Más de lo que imaginas.
Aquella frase provocó una alarma inmediata en la mente de Owen.
Porque ya había escuchado esas palabras antes.
Nathan.
Nathan había dicho exactamente lo mismo.
Y aquello no podía ser casualidad.
Entonces Victoria se puso seria.
Muy seria.
—No tenemos mucho tiempo.
—¿Por qué?
Preguntó Gabriel.