El tiempo se detuvo.
Literalmente.
Nadie respiró.
Nadie habló.
Nadie se movió.
Las pantallas de seguridad iluminaban el salón con una luz azulada y fantasmal.
Y en todas ellas aparecía el mismo rostro.
El mismo hombre.
El mismo fantasma.
El mismo nombre.
Alexander Parker.
—No…
Susurró Richard.
Su voz se quebró.
Porque aquello era imposible.
Absolutamente imposible.
Alexander Parker estaba muerto.
Habían llorado su muerte.
Habían enterrado su cuerpo.
Habían construido un imperio sobre las cenizas de su ausencia.
Y sin embargo…
allí estaba.
Observándolos.
Sonriendo.
Vivo.
Denisse sintió un escalofrío tan intenso que le recorrió toda la columna.
Porque aquel hombre no parecía un anciano escondido durante décadas.
Parecía exactamente el mismo depredador que aparecía en las fotografías antiguas.
Más viejo.
Sí.
Pero igual de peligroso.
Igual de poderoso.
Igual de aterrador.
La cámara se acercó lentamente a su rostro.
—Veo que finalmente encontraron los archivos.
Silencio.
—Los felicito.
Gabriel apretó los puños.
—Maldito bastardo.
Alexander sonrió.
Como si hubiera escuchado perfectamente.
Como si estuviera allí.
Como si pudiera verlos.
Y quizás podía.
Porque Kronos siempre parecía verlo todo.
—Han tardado más de lo que esperaba.
Continuó.
—Pero menos de lo que temía.
Elena permanecía inmóvil.
Sus ojos estaban clavados en Victoria.
No en Alexander.
Victoria.
Atada.
Pálida.
Agotada.
Pero viva.
Después de tantos años.
Viva.
Las lágrimas comenzaron a caer por sus mejillas.
Porque acababa de recuperar a su hermana.
Y la estaba perdiendo otra vez.
—¿Dónde está?
Rugió Owen.
Alexander lo observó.
Y sonrió.
—Ah.
El heredero Parker.
Silencio.
—Siempre tan impulsivo.
—¿Dónde está Victoria?
Alexander ignoró la pregunta.
Sus ojos recorrieron lentamente la habitación.
Uno por uno.
Como un rey examinando a sus súbditos.
Hasta que finalmente se detuvieron sobre Denisse.
Y algo cambió.
Algo profundo.
Algo oscuro.
Algo emocional.
Por primera vez…
su sonrisa desapareció.
—Así que eres tú.
El corazón de Denisse comenzó a golpear violentamente.
Porque aquella mirada era extraña.
No parecía odio.
No parecía amor.
Parecía algo mucho peor.
Posesión.
—Has crecido.
La sangre abandonó el rostro de todos.
Porque aquellas palabras sonaban íntimas.
Demasiado íntimas.
Como si hubiera estado observándola durante años.
Como si conociera cada detalle de su vida.
Como si jamás la hubiera perdido de vista.
—¿Quién eres?
Preguntó Denisse.
El silencio cayó.
Alexander sonrió nuevamente.
Una sonrisa triste.
Casi melancólica.
—Esa es una pregunta muy complicada.
—Respóndela.
—Lo haré.
Victoria levantó la cabeza bruscamente.
—¡NO!
El grito atravesó la transmisión.
—¡NO LE DIGAS NADA!
Alexander la observó.
Y durante un instante…
su expresión se endureció.
Una oscuridad aterradora cruzó sus ojos.
—Siempre tan desafiante.
Victoria tembló.
No por ella.
Por Denisse.
Y aquello fue suficiente para que todos lo comprendieran.
Victoria sabía algo.
Algo terrible.
Algo capaz de destruir a su hija.
Entonces Alexander volvió a mirar la cámara.
—Antes de continuar…
quiero mostrarles algo.
Chasqueó los dedos.
Y una segunda pantalla apareció detrás de él.
Una enorme pantalla.
Con decenas de fotografías.
Miles.
Miles de fotografías.
La sangre abandonó el rostro de Owen.
Porque conocía aquellas imágenes.
Reconoció inmediatamente algunos lugares.
La universidad.
Una cafetería.
Un parque.
La oficina donde Denisse trabajó años atrás.
Su antiguo apartamento.
La estación de tren.
El hospital donde estuvo internada una vez.
Fotografías.
Miles de fotografías.
De Denisse.
Tomadas durante años.
Durante décadas.
La habitación quedó paralizada.
Porque aquello no era vigilancia.
Era obsesión.
Una obsesión enfermiza.
Una obsesión monstruosa.
—Dios mío.
Susurró Adriana.
Alexander observó las imágenes.
Y sonrió.
—Jamás la perdí.
El corazón de Owen comenzó a llenarse de furia.
Una furia salvaje.
Animal.
Porque aquel hombre había estado observándola.
Siguiéndola.
Controlándola.
Toda su vida.
—Tú hiciste esto.
—Sí.
Respondió Alexander.
Sin vergüenza.
Sin remordimiento.
Sin arrepentimiento.
—¿Por qué?
Preguntó Denisse.
Y por primera vez…
Alexander pareció vulnerable.
Apenas un segundo.
Un instante.
Pero ocurrió.
—Porque eras todo lo que me quedaba.
El aire desapareció.
—¿Qué?
Victoria cerró los ojos.
Como si estuviera presenciando una tragedia inevitable.
—No.
Susurró.
—No lo hagas.
Pero Alexander continuó.
—Durante años intenté protegerte.
—¿Protegerme?
Denisse sintió rabia.
—¿Llamas protección a destruir mi vida?
—Te mantuve viva.
Silencio.
—Porque otros querían matarte.
Aquella frase golpeó la habitación.
Porque sonaba sincera.
Y eso era lo peor.
Porque los monstruos más peligrosos siempre creen que tienen razón.
Entonces ocurrió algo inesperado.
Sebastián dio un paso adelante.
Y habló.
—Estás mintiendo.