El mundo explotó.
No metafóricamente.
No emocionalmente.
No simbólicamente.
Explotó.
Porque durante décadas habían construido toda la historia sobre una premisa simple.
Dos hermanas.
Victoria y Elena.
Las gemelas.
Las inseparables.
Las sobrevivientes.
Las víctimas.
Las protagonistas de una tragedia imposible.
Y ahora…
una tercera mujer acababa de surgir de las sombras.
Una tercera mujer con el mismo rostro.
Los mismos ojos.
La misma sangre.
Y una sonrisa infinitamente más peligrosa.
—Mi nombre es Valeria Valmont.
El silencio posterior fue tan absoluto que resultó aterrador.
Denisse sintió que las piernas dejaban de responder.
Porque aquella mujer era como mirarse a sí misma dentro de veinte años.
Como mirar a Elena.
Como mirar a Victoria.
Como mirar un reflejo deformado por la oscuridad.
—No.
Susurró Elena.
La voz le temblaba.
—Eso es imposible.
Valeria sonrió.
Una sonrisa elegante.
Controlada.
Cruel.
—Siempre dices lo mismo, hermana.
Elena retrocedió.
Como si acabara de ver un fantasma.
Porque para ella aquello era peor que Alexander.
Mucho peor.
Alexander era una amenaza.
Valeria era un recuerdo.
Un recuerdo enterrado.
—Moriste.
Valeria soltó una pequeña carcajada.
—No.
Silencio.
—Fui borrada.
La frase cayó como una piedra.
—¿Qué significa eso?
Preguntó Owen.
Valeria giró lentamente hacia la cámara.
Y durante un instante sus ojos parecieron atravesarla.
—Significa que alguien decidió que yo no debía existir.
El aire desapareció.
Porque aquella frase sonaba demasiado familiar.
Exactamente igual que la historia de Denisse.
Exactamente igual que la historia de Victoria.
Exactamente igual que todas las historias relacionadas con Kronos.
Personas eliminadas.
Personas ocultadas.
Personas convertidas en fantasmas.
Victoria levantó la cabeza.
Las lágrimas seguían corriendo por sus mejillas.
—No tenías que volver.
Valeria la observó.
Y por primera vez apareció una emoción genuina.
Dolor.
Un dolor antiguo.
Profundo.
Nunca resuelto.
—Claro que tenía que volver.
Silencio.
—Porque ustedes me dejaron atrás.
La culpa atravesó el rostro de Elena.
Y también el de Victoria.
Porque aquella acusación no era nueva.
Era una herida abierta desde hacía décadas.
—No fue así.
Dijo Elena.
—¿No?
Valeria avanzó un paso.
—¿De verdad quieres hablar del pasado?
La tensión aumentó.
—Valeria…
—¿Quieres hablar de la noche en que eligieron salvarse ustedes?
La sangre abandonó el rostro de Elena.
Porque sí recordaba.
Recordaba demasiado.
Y aquello hizo que Denisse comprendiera algo.
Las hermanas ocultaban secretos incluso entre ellas.
Secretos enormes.
Secretos capaces de sobrevivir generaciones.
Alexander permanecía en silencio.
Observando.
Como si estuviera esperando.
Como si supiera que algo mucho más grande estaba por ocurrir.
Y eso inquietó a Owen.
Porque Alexander jamás hacía nada sin una razón.
Jamás.
Entonces Denisse habló.
—¿Qué quieres?
Valeria la miró.
Y durante unos segundos nadie habló.
Porque había algo extraño en aquella mirada.
No parecía odio.
No parecía cariño.
Parecía fascinación.
Como si estuviera contemplando una obra inacabada.
—A ti.
El corazón de Owen se endureció inmediatamente.
—Ni lo sueñes.
Valeria sonrió.
—Siempre tan protector.
Owen dio un paso adelante.
Instintivamente.
Colocándose delante de Denisse.
Como un escudo.
Como una barrera.
Como un hombre dispuesto a destruir el mundo antes de perderla.
Y aquello no pasó desapercibido para nadie.
Especialmente para Valeria.
—Ahora entiendo.
Murmuró.
—Entiendes qué.
Preguntó Denisse.
—Por qué todo se salió de control.
Silencio.
—Te enamoraste.
La frase cayó sobre la sala.
Y nadie la contradijo.
Porque ya no tenía sentido hacerlo.
Porque era verdad.
Una verdad inmensa.
Irreversible.
Peligrosa.
Pero verdad.
Valeria observó a Owen.
Luego a Denisse.
Y lentamente comenzó a reír.
Una risa suave.
Elegante.
Pero profundamente inquietante.
—Qué ironía.
—¿Qué tiene de irónico?
Preguntó Gabriel.
Valeria sonrió.
—Que precisamente eso era lo único que no debía ocurrir.
El miedo volvió a crecer.
Porque aquellas palabras significaban algo.
Muchísimo.
—Explícate.
Dijo Owen.
Valeria lo observó.
—¿Aún no lo entiendes?
Silencio.
—Toda esta guerra comenzó por amor.
La habitación quedó inmóvil.
—No.
Susurró Elena.
Porque ella sí entendía.
Antes que nadie.
Mucho antes que todos.
Y el terror apareció en su rostro.
—No lo digas.
Valeria sonrió.
—¿Por qué?
—No.
—Ya es hora.
Victoria cerró los ojos.
Como si estuviera reviviendo una pesadilla.
Una vez más.
—Por favor.
Pero Valeria ya había tomado una decisión.
Y nadie parecía capaz de detenerla.
—Kronos no nació por dinero.
Silencio.
—No nació por poder.
Más silencio.
—Ni siquiera nació por ambición.
El corazón de Denisse latía violentamente.
Porque algo le decía que aquella verdad cambiaría todo.
Una vez más.
—Entonces ¿por qué nació?
Preguntó.
Valeria sostuvo su mirada.
Y respondió.
—Porque tres hermanas se enamoraron del mismo hombre.